Acapulqueños, ¿los primeros refugiados climáticos?

Efrén García Villalvazo

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Por : Efrén E García Villalvazo

Por supuesto que ya tuvimos una probadita de esta migración apresurada.  Días después del huracán Otis e incluso en esa misma madrugada una estampida de habitantes de la ciudad salió corriendo de los límites de Acapulco -y del huracán- dejando a su suerte a familiares, amigos, conciudadanos, viviendas y negocios.  Mal se vieron que cuando más podían haber aportado por ese lugar que les ha dado tanto durante tantos años, en su hora más obscura salieron huyendo apenas ventearon incomodidades.  Los que nos quedamos supimos lo que era volver a la “edad media” de la falta de electricidad, internet, agua potable, alimento, acceso libre y seguro a las calles y alumbrado público durante más de 15 días, más de 20 en mi caso.

En los siguientes días atestiguamos la segunda fase de esta migración forzosa en la que muchos conciudadanos ante la falta de servicios se mudaron temporalmente a Chilpancingo, Coyuca, Atoyac y otros centros poblacionales cercanos al municipio de Acapulco.  Algunos, pasado el primer susto y asegurada la electricidad, regresaron a medias.  Otros hicieron una migración con regreso parcial con compras a Chilpo o a Coyuca de Benítez, en donde  con muchas y quizá justificadas quejas toleraron que fuéramos a hacer el super y reducir el abasto al que están acostumbrados.

Los hay también que se fueron para no volver.  La ciudad de México, Cuernavaca, Querétaro, Los Cabos, Cancún Puerto Vallarta y Puebla absorbieron a esta gente con valiosos conocimientos de cómo opera la ciudad de Acapulco como destino turístico y muchos de ellos ya están en otros destinos laborando en una de las semanas vacacionales más importantes del año.    No fueron pocos los que superados por el miedo de lo que vivieron y ante la perspectiva de que se repita un fenómeno meteorológico similar simplemente agarraron pa’l cerro, hacia las que ahora son las partes “altas” del territorio mexicano.  Es la marca de lo que serán las grandes migraciones humanas procurando quedar fuera del alcance del oleaje marino.

Se dieron casos como el del cierre sorpresivo de la Universidad Americana de Acapulco en el que se pierden varias docenas de puestos de trabajo especializado junto con el potencial profesional de los alumnos que ahí se formaban, los cuales en este momento buscan como retomar sus estudios en una universidad que ya les dijo que no ha resuelto como cumplir con el compromiso que como alma mater les había ofrecido durante su carrera.  En el patio de nuestra propia casa ha iniciado la era de los refugiados climáticos del puerto

El asunto preocupa desde el punto de vista de que a nivel mundial el 50-60% de la población se encuentra ubicada en la zona costera, es decir, ahí donde hay condiciones suficientes para que se produzcan un evento de tsunami, los ya frecuentes eventos de mar de fondo, huracanes y como remate, en el caso de Acapulco por su ubicación, sismos de grandes proporciones.  La suma del total de gente a nivel mundial viviendo en las zonas bajas llega nada menos que a 600 millones.

En el caso de México, 17 de las 32 entidades federativas tienen 156 municipios con acceso directo al mar, sumando el 21 % de territorio nacional, mientras que ahí habitan alrededor de 16 millones de habitantes que representan el 15% del total del país, de acuerdo a un estudio de dinámica poblacional en la zona costera mexicana del año 2005.   Resulta evidente el nivel de vulnerabilidad que existe en una quinta parte del país y la sexta parte de su población a la vista de los últimos fenómenos meteorológicos alimentados por el agua cálida del Océano Pacífico, la cual por cierto presenta una clara tendencia al alta.  Esto significa que con mayor frecuencia tendremos eventos de mar de fondo, tormentas, huracanes de categorías altas tal como el que acabamos de sobrevivir.

La impresión en general es la de que no creímos la capacidad que tenía el huracán Otis para producir daños catastróficos, y en esa noche del 24 de octubre nos preparamos para tolerar el remojón tradicional que conocemos con el tipo de tormentas que conocemos.  Hubo avisos, quizá insuficientes para vencer nuestra incredulidad, pero en ellos se mencionaba claramente la peligrosidad del huracán.  Muchos de los tripulantes de embarcaciones que resultaron afectados tenían los conocimientos y el acceso suficiente a la información para saber lo que iba a pasar y eligieron hacer frente al meteoro.  Conocemos los resultados y el efecto que ha provocado en el ánimo colectivo de los ciudadanos del puerto, siendo de esperar que se emprendiera la huida lejos de la costa, lejos de los huracanes, lejos del Cambio Climático.

Sin embargo, el asunto no es tan sencillo.  Del Cambio Climático no se huye con un simple cambio de código postal; a lo más que se puede aspirar es a rehuir durante algún tiempo los efectos, que podrán trasladarse fácilmente fuera de la zona costera a manera de lluvias, sequías y otros fenómenos que ahora mismo se están presentando en muchas partes del mundo.

Los refugiados climáticos como hemos dicho buscarán desplazarse fuera de las áreas bajas de los continentes hacia las partes más altas, y eso significará el crecimiento rápido de las ciudades existentes para poder acomodar a la población migrante, junto con sus respectivos nuevos establecimientos de trabajo, lo cual implicará nuevas emisiones que vendrán a consolidar los cambios en el clima que ahora comienzan a manifestarse.

Los nuevos límites determinados por el mar durante su lento pero inexorable crecimiento para cubrir la zona costera se hacen evidentes.  Franjas de alto valor inmobiliario ahora se ven -es más que evidente- en alto riesgo de perder su valor si no se toman acciones inmediatas que consideren soluciones en las que el funcionamiento natural de la playa y el océano sean tomadas en cuenta.  Ya hemos visto como una tormenta con un manotazo puede cambiar el rumbo económico, social y ambiental de toda una ciudad y parte de un estado en tan solo unas horas, condenándoles a padecer estrecheces  durante meses y probablemente años, con un altísimo costo de reconstrucción que se refleja en cada uno de los ciudadanos avecindados en este lugar, con mención especial en los más pobres de la población.

Acapulco como destino turístico se debe preparar para conservar sus playas como el activo principal que son.  Ahora más que nunca se requiere de un programa que reordene y proteja la zona federal marítimo terrestre de manera profesional y responsable.  De ello depende su desempeño futuro en condiciones de destino turístico competitivo.

Twitter: @OceanEfren

* El autor es oceanólogo (UABC), ambientalista y asesor pesquero y acuícola. Promotor de la ANP Isla La Roqueta, del Corredor Marino de Conservación del Pacífico Sur Oriental además de impulsor de la recuperación ecológica de la playa Manzanillo.

 

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