Memoria Costeña

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EL COACOYUL
 
Visitar el Coacoyul, dentro de la geografía zihuatanejense, es motivo para emocionarse, ya que un cúmulo de sentimientos se anidan en el alma, como la gratitud, el cariño y el recuerdo de la convivencia con sus habitantes.
 De entrada, nos encontramos con Juan Herrera, “El Gato”, como cariñosamente se dirigen a él sus centenares de amigos, un hombre que ama a esta población y que durante decenios siempre ha buscado como beneficiarla comunitariamente; que gusto nos dio saludarlo y saber que se encuentra bien, junto a su familia; con una atención que le agradecemos infinitamente, inmediatamente nos refirió que la información que le solicitábamos, sin dudarlo y de forma extraordinaria, la encontraríamos con el Arquitecto Jesús Espino Mercado, una persona estudiosa y trabajadora, que es el papá de José María, que es a la vez un excelente ser humano y mejor artista plástico, convirtiéndose ambos, en un papá y un hijo de ejemplos a seguir.
 Lo buscamos, lo encontramos y nos atendió de maravilla, al ritmo de la música que se desarrollaba en la fiesta de los vecinos. Y aquí la tienen ustedes como una más de nuestras orgullosas raíces costeñas.
 
“EL COACOYUL DE MI AÑORANZA”122
 
 “El origen etimológico de esta población se puede traducir, desde la lengua náhuatl, como:
“Lugar de culebras”
 
aunque en la búsqueda comunitaria de sus raíces, se plantea como el lugar donde abundan las palmeras de coacoyul, de la que de forma consecuente se extrae una de las bebidas exuberantes y atractivas de esta región, que es la tuba.
Los antecedentes más remotos acerca de la conformación geo-comunitaria se tienen de 1764, en el que a nombre del rey español Carlos III, a través de una cédula real se otorgan  las tierras realengas, traducido como la tierra y las aguas baldías, a favor de Felipe Valdeolívar, originario de Petatlán, por $300.00 pesos, que se encuentran entre el río de San Jeronimito hasta el arroyo de los Llanos o Temaloacan y desde el Filo Mayor hasta el Océano Pacífico, entre los que se encontraba el Coacoyul; actualmente este territorio pertenece a los municipios de Petatlán, Zihuatanejo de Azueta y la Unión, misma que dice:
 
“… y seguimos por el dicho arroyo hasta la orilla de la mar, de donde se volvió a tomar el camino real que va a Petatlán y en el paraje nombrado el Agua Salada, me apié y cogí de la mano al dicho don Felipe Valdeolívar y en el real nombre de su majestad, le di posesión de éste paraje y en señal de ello arrancó zacate, tiró piedra y vertió agua, según ceremonia acostumbrada y siguiendo el mismo rumbo, por el camino real llegamos al paraje que llaman Zihuatanejo y cogí de la mano al que le di posesión y desde ahí fuimos a otro paraje llamado Coacoyul y desde ahí por un arroyo arenoso nombrado la Presa, (parte del arroyo del Coacoyul) salimos a la playa de la mar, en busca del cerro llamado Xolotepec (El Guamilule, de la Barra de Potosí) en el que colinda con las tierras de San Bartolomé, capellanía de los señores  curas de Petatlán”.
 
Al triunfo de la Independencia de México hubo un reparto de tierras entre los capitanes y elementos que fungían como jefes en los ejércitos liberales, saliendo mayormente beneficiados en esta región la familia Galeana, que al igual que otras familias prominentes generaron una cadena de haciendas, en toda la Costa Grande.
 Desde 1836, el Coacoyul aparece ya con el registro de hacienda, conteniendo más de 35 mil hectáreas a nombre de Juana Teresa Galeana, sobrina de don Hermenegildo. Más tarde, la hacienda coacoyulense fue llevando una vida en consonancia con el resto de nuestra región guerrerense, como una zona eminentemente ganadera y algodonera.
 En 1843, la dueña la vendió al Teniente Coronel Vicente Amaro, lugarteniente de don Vicente Guerrero, que a su vez las heredó a sus hijos Manuel y Amalia García, descendientes naturales. Una vez fallecido don Manuel, en el año de 1909, fue Amalia la que tomó absoluta posesión, a la vez que contrajo matrimonio con don Sabás Mosqueda, vecino de Valle de Santiago Guanajuato y comerciante de ganado en estas regiones; a la muerte de ambos, heredaron a su hijo Jesús Mosqueda García, con los posteriores acontecimientos.
 
  
 
En la parte ganadera, esta hacienda sumaba siete ranchos: desde Ocote del Peregrino, Murga, el Zarco y gran parte de zonas serranas, en donde se llegaban a herrar hasta 1000 becerros al año, por lo que podemos deducir que para que hubiera esa producción vacuna, el número total de reses se triplicaba.
 En el aspecto de la producción del algodón, su hacienda llegó a ser una de las más importantes y valoradas de la región, por la calidad de sus productos; inicialmente aquí se encontraba una despepitadora de algodón, en donde hoy se encuentran las canchas de futbol de la hacienda y, desde ahí, se trasladaba a las fábricas de telares de manta ubicadas en aquellos tiempos en el Ticuí y Aguas Blancas, estableciendo un corredor industrial y comercial que venían a beneficiar a muchas familias costeñas.
La vida costeña de Guerrero transitó con los obstáculos propios de la época: el 80% aproximadamente de los habitantes de nuestro país vivían en el medio rural, con pocos servicios públicos y, en particular, bajo una singular sinfonía de flora y fauna entre la Sierra Madre del Sur y el Océano Pacífico; los habitantes costeños se dedicaban a trabajar sus tierras, con familias numerosas y tradicionales, con mujeres hermosas y sus hombres bragados y trabajadores.
 Así llegamos por los años de 1936, cuando arribó a la presidencia de México don Lázaro Cárdenas del Río, el mejor presidente que ha tenido nuestro país, y fue a don Jesús Mosqueda al que le afectó la creación del ejido, ya que a su enorme posesión de una superficie de 37, 577 hectáreas, se le decomisaron 32, 170 has. a favor de varios ejidatarios y pequeñas propiedades del rumbo, en especial a las personas que tenían arrendadas las tierras de labor; así, quedando el casco de la hacienda en lo que hoy es la parte central de nuestro poblado, tras el decreto presidencial con fecha del 16 de julio de 1937 y ejecutado el 2 de septiembre de 1941, dotando de tierras al poblado denominado el Coacoyul con una extensión de 3, 424 has. para su aprovechamiento comunitario.
 Entre las primeras familias que poblaron en esta nueva etapa se encontraron los Solís, Avendaño, Gómez, Campos, Martínez, Espino, que en su mayoría habían sido trabajadores de la misma hacienda.  
De mi niñez, recuerdo nuestros paseos en un arroyo muy limpio, las tierras de labranza con yunta de bueyes, habiendo 800 habitantes; entonces la población aún no tenía la energía eléctrica, no había agua entubada, ni carretera asfaltada. Entonces se sembraba y cosechaba maíz, ajonjolí y copra principalmente.
 Alguna vez trabajó una escuela con un solo maestro en un grupo multigrado; posteriormente, en la Escuela Primaria “Leona Vicario” se podía estudiar hasta el cuarto grado y de los maestros que laboraron ahí, recuerdo a uno que se apellidaba Canul y a su esposa, que me parece que venían del estado de Yucatán, al Profesor Benjamín Alcaide, que hasta la fecha sigue entre nosotros y muchos más que se llevaron nuestra gratitud y cariño; tiempo después, nos levantábamos diariamente a las cinco de la mañana para irnos en el único autobús que había rumbo a Zihuatanejo, a la Escuela Primaria “Vicente Guerrero”, o bien, él que podía permanecía de lunes a viernes allá y se venía a caballo a pasar los fines de semana a nuestro querido pueblo; aquí las mujeres llevaban el agua en cántaros sobre la cabeza, o la acarreábamos en burros, dentro de las cuatro latas que aguantaban y se acomodaban en los lomos, o también, en las pipas jaladas por una carreta.
  En el mes de noviembre nunca faltó el festejo del “Día de Muertos”, con su “Danza del Cortés”, que se festejaba en todas las haciendas de nuestra costa aunque en este tiempo sólo en Coacoyul (y Agua de Correa) se mantiene la tradición.
 También, allá por los años 70’s, en el 73 para ser preciso, se levantó un campamento para iniciar la construcción del aeropuerto, que fue inaugurado en 1975, con el fenómeno de que muchos de los trabajadores que vinieron de fuera, tanto profesionistas como técnicos, se casaron con las mujeres del pueblo y decidieron venirse a radicar aquí.
 Otra de las grandes fortunas coacoyulenses, es que ha sido semillero de grandes deportistas, especialmente en el futbol, tanto en la rama varonil como en la femenil, pues ha dado muchos talentos deportivos que se han convertido en el orgullo de nuestra población, así como un gran puñado de profesionistas, mismos que han vestido de dignidad y decoro a esta tierra suriana. Por todo lo recordado y que seguimos viviendo hasta la fecha, hoy más que nunca nos sentimos orgullosos de nuestras raíces y honrados con nuestra tierra; ojalá que las generaciones de niños y jóvenes que conviven vayan siempre por las sendas de la sana convivencia y amor a la vida”.
 
P.D. Así se terminó una plática ilustrativa y pedagógica, donde el arqui Jesús vertió toda su sapiencia, pasión y amor por su tierra, en la que siempre ha buscado la paz, la tranquilidad y la sana convivencia entre sus paisanos, siendo un ejemplo portentoso para su familia, sus amigos y los seres humanos que cotidianamente están a su lado. 

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