Por: Lupita Jaimes
Reportera
“Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que supone nuestra filosofía” (Hamlet, de W. Shakespeare)
Los seres humanos somos diferentes y únicos, cada uno busca su credo, religión o doctrina a su manera, por eso es interesante hoy en día desarrollar una conciencia de respeto a la diversidad cultural, sobre todo, si reconocemos que nuestro país es una Nación pluricultural donde coexisten diversas cosmovisiones sobre lo sagrado. Esta multiculturalidad es producto del mestizaje cultural que se desarrollo a partir del encuentro de dos proyectos civilizatorios; la cultura Occidental y la cultura Mesoamericana .
Reconocer esta realidad multicultural desde una posición teórica y racionalista no implica comprometer nuestra identidad religiosa y, sobre todo, nuestra integridad física.
Sin embargo, ser parte activa de un ritual sagrado nos permite asomarnos a otra ventana, compartir cantos, danzas y ofrendas al ritmo del tambor y con el sonido trascendental de los atecocolis (caracoles), envueltos nuestros cuerpos por el aroma del copal es otra experiencia de alteridad religiosa.
El día del ritual, el 6 de enero, salimos a las 6 de la mañana, a pesar del inmenso frío que se sentía iniciamos el recorrido hacia La Montaña sagrada al sur de la ciudad de Chilapa.
Cuatro hombres y yo iniciamos la caminata de poder para ir a ofrendar a “Nanantzin tlalli texayatl”, fieles a la tradición de nuestros venerables abuelos Cohuixcas. Llevamos los regalos al poder que reside en ese lugar.
Don José, me comentó durante el recorrido que debemos entender a los Reyes magos como una metáfora para poder movilizar su significado literal y aproximarnos a una significación más profunda, ya que de lo que realmente se trata es de honrar al poder con ofrendas y, esto precisamente era la razón de subir a La Montaña sagrada en esta fecha. También me comentó que iban sólo cuatro hombres porque cada uno era el guardián de uno de los rumbos del universo, (norte, sur, este y oeste) y que afortunadamente acepté acompañarlos para ocupar la posición del centro, de tal manera que los cinco formamos el quincuince, figura sagrada en la cosmovisión antigua que se forma con cinco puntos y que representa la unidad.
Al entrar al bosque nos recibió el canto de los pájaros. Todavía no salía el sol. Caminamos entre los encinos y por las estrechas veredas, empezamos a bajar y fuimos testigos de los deslaves que produjo la tormenta “Manuel”.
Don José iba al frente tocando su tambor y nos recomendó que sintonizaramos nuestros pasos y pensamientos al ritmo del tambor para afinar nuestra atención personal. Un momento se detuvo frente a un enorme árbol que estaba derribado a un lado de la senda, ahí le dimos alcance, cuando estábamos todos reunidos nos dio la mala noticia que el camino estaba bloqueado por un deslave y le pidió a Miguel Ángel que se adelantara para ver la posibilidad de poder pasar, a poco rato Miguel Angel regresó y le dijó que no era posible continuar, entonces tomamos la decisión de regresar ya que no era posible llegar hasta el santuario de la “nantzin tlalli Texayatl”, sin embargo, algo muy profundo en nuestro interior no permitió que desistiéramos de nuestro propósito y empezamos a rodear el abismo, entre los grandes árboles descubrimos uno que llamó nuestra atención: un encino muy viejo donde todavía hay rastros de ofrendas, ahí percibimos los rayos del sol en lo alto de sus ramas, sentimos la energía que impregna ese lugar. Describir esa experiencia racionalmente deforma la autenticidad de este evento.
Seguimos caminando y no encontrábamos una ruta que nos llevará a nuestro destino, pero ya no podíamos dar marcha atrás, caminamos con esa firme voluntad que hace que las cosas sucedan y, por fin, Don José se detuvo cuando a un lado del sendero descubrió dos enormes rocas, recargadas una sobre otra, ahí se detuvo y empezó a sacar las velas y flores de cempoaxochitl (flor de veinte pétalos), y se arrodilló frente a la entrada y empezó a entonar cantos con su tambor, los demás compañeros hicieron sonar sus caracoles. Yo me dedique a mi arte, la fotografía. En este recinto sagrado sentí y percibí en las llamas de las velas un color azul muy intenso. No sentí temor, ni pavor alguno. Le comenté a Don José mis observaciones y mi estado de ánimo, le dije que el poder de este lugar era positivo, no había energía negativa. El simplemente me dijo: “el poder es poder y ya. El poder es poder, solo poder y puede ser usado para bien o para mal, pero eso ya depende de la intención de los hombres”.
Y efectivamente hay hombres y mujeres que tienen poder y lo utilizan para hacer el bien, pero que también existen personas que lo utilizan para hacer el mal.
A partir de este momento, observé que el guía del grupo empezó a caminar con mucha seguridad por la senda, siempre tocando su tambor y en ocaciones entonaba sus cantos, de vez en cuando se detenia para observar a su alrededor y volvía a emprender la caminata, llegamos a un punto donde el camino esta casi cortado por un gran deslave, yo iba atrás y no me percaté cuando Don José y Miguel Angel ya habían cruzado, cuando llegué al lugar del deslave me horrorice por la profundidad del abismo, sentí que mis pies empezaron a sudar y el temor se apoderó de mi por miedo a caer en el profundo barranco. Don José empezó a tocar su tambor y Juanito y Othón empezaron a pasar con mucha dificultad agarrándose de las raíces de árboles y arbustos para buscar un apoyo y poder pasar; Miguel Angel me tendió su mano y con la ayuda de una rama logré estar del otro lado.
Nuestra osadía fue enormemente recompensada, ya que al cabo de algunos minutos de caminar, Don José se detuvo y con mucho júbilo nos señaló unas enormes rocas que estaban a poca distancia, lleno de una enorme satisfacción exclamó: “Ahí está la representación de Nanatzin tlalli texayatl, nuestra madrecita nos espera”.
Estando en el lugar sagrado, empezó inmediatamente el ritual: Don José se dirigió a mí para solicitarme que yo encendiera el fuego, en ese momento me comentó que debe ser una mujer la que lo prenda. El saco de su mochila un sahumerio con la figura de huehueteotl, y empecé acomodar el carbón dentro de él para, ya con las brasas encendidas, ofrecer el copal, tabaco, romero y otros plantas que llevaban para tal fín.
Yo por ser la única mujer di inicio al ritual, me subí como sahumadora para purificar con el inciencio la sagrada roca, en ese momento me sentí parte de ellos y dejé de ser una simple observadora de los acontecimientos.
Después de sahumar a nuestra deidad, hice lo mismo con Don José a quien le entregue el sahumerio y el abanico de plumas de águila, cada uno de los cuatro varones fueron pasando a entregar su ofrenda. Miguel Ángel colocó las cadenas de flores de cempoalxochitl en la parte alta de la roca sagrada, Juanito encendió una veladora blanca y la colocó en el orificio de ésta a la altura del corazón de la texayatl; por su parte, Othón encendió otra veladora roja que colocó a los pies de nuestra venerable Nanatzin tlalli texayatl. Todos al mismo tiempo cantaban y danzaban con un sentimiento que poco a poco fue abriendo mi corazón, todos estábamos gozando, nos sentíamos afortunados por estar honrando este sagrado lugar donde se percibe una energía especial. Al ir a ese lugar, experimentas algo único, un no sé qué, pero realmente es algo especial, una pureza como la que se respira en el bosque de este cerro sagrado.
Después de concluir con este ritual nos encaminamos a un “dolmen”. El dólmem es una formación de dos enormes rocas que están una sobre otra y forman una pequeña cueva, dentro de ella, en ese espacio se concentra el poder, ahí reside el “Wakan”, algo misterioso, los cuatro hombres van a esa fuente de poder, lo utilizan y le rinden homenaje, le ofrendan incienso de copal, flores y fuego. Wakan tanka, es el gran espíritu, el origen del poder: es el espíritu del sol, el águila sagrada. Se inicia el ritual, yo voy al frente pero siento un escalofrió al penetrar en el lugar, la obscuridad y una energía muy fuerte invade todo mi ser y me impide seguir más adentro, Don José al ver que me detengo en el umbral, insiste a seguir más adentro. Me resisto. Siento como esa enorme roca me va a aplastar y decido regresar, sólo se quedan Don José y Miguel Ángel, ambos colocan las velas encendidas en el interior, posteriormente ingresan Juanito y Othón a dar su ofrenda de fuego, todos cantan y danzan al son del tambor, sudan y muy eufóricos agradecen a los guardianes del lugar por permitirnos estar ahí, los caracoles con su sonido transcedental, penetran y se expanden por todo el universo. El ofrecimiento una vez más se ha consumado, todos satisfechos por haber cumplido iniciamos el regreso a casa.
Haber convivido con estos cuatro varones me llena de energía, su mirada, su forma de hablar, su silencio, me dice todo lo que sintieron, sólo me resta agradecerles a cada uno de ellos su generosidad por permitirme ser parte de este sagrado ritual ancestral