Para los niños una atmosfera de comprensión respeto y afecto

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Por: José Nieves Sebastián Pérez

Aquel día, de un caluroso verano, Maia, una niña de apenas seis años de edad, mostraba su bello rostro inundado de un llanto inconsolable, debido a que por desobedecer las instrucciones de su madre, ésta como castigo, no le permitió ver su programa de televisión favorito. Súbitamente, en un arranque de volubilidad, suspendió su llanto, tomó unas hojas y lápices de colores y comenzó a dibujar a una niña con alas doradas desplazándose sobre el mar, llevando de compañeras a varias gaviotas. De esta forma, a través del dibujo, logró sobreponerse a su leve y temporal infortunio, además de haber encontrado un nuevo juego, una diferente idealidad.

Candorosa pero extraordinaria filosofía mostraba esta pequeña, quien en lugar de persistir en el desaliento, como lo hacen los adultos, aprovechó la ocasión para instrumentar un juego distinto, una diversión singular y bella.

Se aprecia, en esta breve referencia, una fuente de abundante sabiduría para la acción. Todos, en el trayecto de nuestras vidas, debiéramos imitar a esta niña. Ante el cambio de circunstancias que la vida suele imponernos y que frustra nuestros sueños y propósitos, debemos buscar en nuestro entorno, otras y tal vez mejores opciones, para realizar los proyectos de vida que nos imponemos.

En los niños encontramos esa plasticidad emocional, una excepcional facilidad para adaptarse a los cambios repentinos, ese ánimo de rehacerse, de mejorarse, ese anhelo de ir siempre adelante, similar a la vida que avanza sin anclas en el pasado. Ellos son proactivos porque siempre preguntan: ¿Y mañana qué vamos a hacer?
Los niños, por su candor y ternura, son como mensajeros celestiales, será por eso que los recibimos con profundo regocijo, porque intuimos en ellos la esperanza de mejores tiempos. Estamos obligados a proporcionarles la crianza correcta, saturada de afecto y buenos ejemplos.

Otro rasgo distintivo de los niños es su acentuada vocación para la búsqueda constante, para hurgar aquí y allá, por el sólo placer de develar los misterios que se le presentan y por conocer siempre cosas nuevas, Albert Einstein decía que en esto radica “la esencia de toda religión y toda ciencia”.

La risa de los niños, otro rasgo sobresaliente en ellos, siempre tan espontánea, explosiva y sincera, es un componente indispensable para su felicidad presente y futura. De ellos también aprendemos que el sentido del humor que practican con tanta intensidad, está lo inesperado, lo creativo y divertido, buscando la proporción y el equilibrio, para hacer menos áspera la suerte adversa que en ocasiones nos invade.

A propósito de este día del niño, vaya la sugerencia para que hoy y siempre, en todos los hogares construyamos una atmósfera donde se respire comprensión, respeto, buenos hábitos, intenso afecto, armonía y felicidad. Que volquemos nuestras acciones a los niños enfermos, a los huérfanos, a los que por trabajar no estudian, a los de capacidades diferentes y a los que viven en miseria. Los niños son el activo humano más valioso que poseemos; hagamos todo por ellos. Khalil Gibrán llegó a expresar: “protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños.”

¡Muchas, muchas felicidades a todos los niños de Acapulco, Guerrero y México!

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