Enseñar o inspirar a las nuevas generaciones, es la elección

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Por José Nieves Sebastián Pérez

El oficio de profesor, a la par con el de la familia, es estratégico para desarrollo de la sociedad; si no se cumple bien se eterniza la ignorancia, la pobreza y la marginación, en cambio, si su desempeño es comprometido, ético y profesional, transforma vidas y, al mismo tiempo, trasciende su época.

Para el profesional de la educación, es imprescindible tomar conciencia que se debe abandonar la práctica en el aula, de sólo transmitir información, en su lugar se deben aplicar estrategias didácticas que configuren un marco lúdico, alienten la reflexión, el debate, la comprensión, la búsqueda, que despierten el interés de los alumnos para que comprueben que los conceptos, principios y valores, tienen una aplicación en la vida diaria.

Con la educación, se preparan a las nuevas generaciones que nos habrán de suceder. Si queremos mejores ciudadanos, se tienen que desarrollar sus facultades, imbuirlos de ética para que la sociedad alcance estadios de desarrollo superiores. Esta monumental tarea no es para improvisados, es indispensable tener vocación, innata o adquirida, un gran compromiso y capacitación constante, que tengan presente que todo el quehacer educativo, y éste incluye a la familia, debe tener como sustento fundamental el amor, ese sentimiento sublime que humaniza y permite experimentar un hondo placer por entregarle a los estudiantes lo mejor de si mismos. El dilema es claro, seguir enseñando para cumplir un horario o inspirar a los alumnos para que en su interior se encienda una antorcha intensa e inagotable.

Los cimientos sólidos de un futuro promisorio se construyen con una buena educación y mejores prácticas, procurando aprendizajes útiles y significativos, desarrollando habilidades metacognitivas que promuevan el aprendizaje continuo en la vida.

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