Por José Sebastián Nieves
En Octubre de 1975 cuando iniciaba lo que es ahora el Instituto Tecnológico de Acapulco, en opinión de uno de los testigos presenciales, que es vecino de este lugar, me compartió algunos de sus recuerdos, como toda travesía novedosa y hasta inhóspita, no existían huellas, ni senderos, si formidables roqueríos, abundante vegetación, saturada de flores silvestres y rumor de arroyos con aguas limpias. Era un paraíso donde anidaban las aves, correteaban las ardillas, los conejos, los armadillos, las iguanas, entre otras especies. Este maravilloso escenario al aire libre, era el fragante telón de fondo de un acontecimiento trascendente para nuestra entidad federativa, por la noche se disfrutó de un fuerte aguacero, que conforme al pensamiento de los agricultores, era el preludio de una excelente cosecha… ¡Había nacido la cuna de la educación tecnológica en Acapulco y en Guerrero!
Debo puntualizar que las condiciones sociales que imperaban en Acapulco en 1975, amenazaban con desbordarse debido a que el crecimiento de la población era cada vez más rápido, lo que ocasionaba que la demanda de vivienda, de empleo y de una educación tecnológica se colocaran entre las más notables. Esta institución educativa se establece en el momento más apropiado para atender las necesidades de educación tecnológica de los acapulqueños y de los guerrerenses.
Entre las ventajas que siempre ha mostrado este nivel educativo es abogar por la inclusión y el respeto a la diversidad de todos los estratos sociales. Desde su origen ha brindado oportunidades de estudio a todos sin distinción alguna, en un afán de evitar los contrastes ofensivos y eliminar o, al menos disminuir, los causales de oprobio, resentimiento y violencia, que tanto daño le causan a la sociedad.
Esta institución educativa, hoy consolidada y con hondo prestigio, se ha hecho acreedora de respeto y afecto de toda la comunidad guerrerense, porque predomina el trabajo productivo y continuo, alejados de actos reprobables y tentaciones de violencia y eso nos obliga a todos sin excepción a preservar, y lo que es mejor, proteger y acrecentar el renombre alcanzado. Optemos por propuestas, estrategias y acciones edificantes y ennoblecedoras. Se cumplen, en esta fecha, 40 años de trabajo tenaz y perseverante, cuatro décadas de servir espléndidamente a innumerables generaciones que hoy son profesionistas respetables y exitosos. Los resultados alcanzados, y de eso hay muchas evidencias, son muy superiores a los que imaginaron los pioneros.
Vamos con júbilo a compartir todos los eventos contemplados en la agenda de los festejos, esto es la música, el enorme pastel, los reconocimientos, los globos y una multitud de diseños y arreglos; no obstante, los convoco a hacer un serio compromiso, en el inicio de una nueva etapa que debe ser más ambiciosa, más entusiasta y de mayor alcance, hagamos propicia la ocasión para realizar de forma conjunta una profunda reflexión, que permita valorar con objetividad lo que estamos haciendo, cómo lo estamos haciendo y ver si se ajusta a las transformaciones sociales, económicas, tecnológicas y culturales del mundo en que vivimos. Estamos obligados a ofrecer a nuestros alumnos, con nuestra cátedra cotidiana, profunda motivación, mayor fascinación y alarde de persuasión, para que busquen y construyan su propio conocimiento y alcancen niveles de competencia mundial.
Necesitamos formar profesionistas profundamente humanos, íntegros y éticos, innovadores, competitivos internacionalmente y comprometidos con la sociedad que les dio todo, porque “educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto.” Aristóteles, filosofo griego.
¡Enhorabuena! ¡Muchas felicidades a todos en este 40 aniversario!
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