
MEMORIA DE LA COSTA GRANDE
(Parte II)
“La Bola” fue un verdadero caos ideológico, pues por lo que respecta a los revolucionarios costeños pronto quedaron en entredicho, ya que la mayoría aceptó reconocer el gobierno de Huerta y sólo quedaba la opción popular que simpatizaba con Emiliano Zapata para buscar la reivindicación de los campesinos mexicanos.
Es de comprenderse el contexto del tiempo y del espacio de esos momentos en que las comunicaciones, tanto de teléfonos como de telégrafos, tenían sus limitaciones y alcances en comparación con la actualidad, por lo que las noticias eran inexactas, inciertas, incompletas e imprecisas o, si llevaban una carga correcta de verdad, tardaban tiempo en llegar para tomar decisiones de esta índole, por lo que los cambios de estafeta revolucionaria estuvieron a la orden del día y, más, en los reconocimientos y desconocimientos de los gobiernos en turno, de los líderes de uno y otro bando y de las circunstanciales formas de vivir.
En los saltimbanquis revolucionarios y queriendo congraciarse con los personajes que ostentaban el poder, que en este caso recaía en Huerta, éste le pide a Mariscal su toma de decisión, por lo que Silvestre Mariscal, Laureano Astudillo, Darío Ventura, Lorenzo Valenzo y Juan Ojeda se dispusieron a combatir a los zapatistas con la seguridad de que recibirían pertrechos, armas, y sobre todo, posiciones políticas y sueldos del gobierno huertista.
Mientras tanto, los anti-mariscalistas como Custodio Valverde, Alberto González y Tomás Gómez se unían y defendían a los españoles radicados en Acapulco, quienes con sobrado agrado financiaban también a Julián Blanco para combatir a las huestes de Mariscal, con sus más de mil hombres, bajo su pensamiento de “sólo un alacrán huertista, nos falta por aplastar”.
Pero no pasó mucho tiempo para que Victoriano cayera del poder y de la gracia norteamericana, y una vez que Venustiano Carranza sube al poder, se reconocía que en este estado de las situaciones ideológicas y comunitarias, no había un orden constitucional ni las garantías necesarias para desarrollar un ambiente de paz y seguridad; Carranza llama a cuentas a Silvestre, que fungía como el gobernador en turno reconocido por los revolucionarios, para que explicara la situación caótica que se vivía en Guerrero y de lo que a la vez lo culpaba, pero que en el fondo político era para forzar su adhesión a las causas carrancistas.
Silvestre Mariscal se apura para reconocer su investidura presidencial, con lo que nuevamente viene un golpe de timón, pues Julián Blanco se viste de constitucionalista y hace migas con Mariscal para tratar de tumbar al zapatismo galopante en el estado, que en todo su trayecto ideológico pugnó por arrebatarle a los hacendados las tierras que correspondían a las comunidades indígenas y campesinas.
Para el 8 de noviembre de 1916, Venustiano Carranza lo nombra gobernador provisional del estado de Guerrero, pero continúa como jefe de operaciones militares combatiendo a nombre del carrancismo, para que el 2 de junio de 1917 entregue la gubernatura interina a Julio Adame, con los planes de competir y presentarse como candidato a gobernador constitucional, cuya elección lo favorece y el 21 de julio toma posesión en Acapulco y traslada los poderes a Chilpancingo.
En otra vuelta de hoja, Mariscal se enemista y combate a los terratenientes y a los inversionistas españoles, siendo una lucha cada vez más encarnizada, donde sólo esperaban la consolidación de la lucha armada para legalizar las tierras de su región, como lo venía haciendo la corriente zapatista en Morelos.
Y como una forma de presión, en un abrir y cerrar de ojos, Mariscal fue detenido y hecho prisionero en 1917, para crear las condiciones “anárquicas” y poder desaparecer los poderes del estado con el fin de establecer un gobierno interino que garantizara su fidelidad a Carranza.
Los jefes zapatistas en cónclave, nombran a Jesús H. Salgado como gobernador de Guerrero, que inmediatamente determina como medidas extraordinarias el salario mínimo de jornada, la prohibición de las tiendas de raya, la promoción de la instrucción pública, y sobre todo, proyectó las medidas agraristas para que a todos los pueblos guerrerenses se les restituyeran, sin discusión alguna, sus tierras comunales, adquirieran un fundo legal y se legalizaran las nuevas adjudicaciones de terrenos.
Pero no fue fácil, pues nuevamente Carranza se reagrupa con los jefes regionales que defendieron al huertismo, entre los que estaban Silvestre Mariscal, Tomás Gómez y Julián Blanco, para llenarlos de nuevos cargos y oficialidades, por lo que la revuelta contra los zapatistas abre un nuevo capítulo que seguiría llenando de tierra, sudor y sangre el suelo suriano.
Nuevamente llega la anarquía y cada cacique podía apropiarse de las tierras, ya fuera con el favor del carrancismo y sus jueces de árbitros, o por medio de la represión con sus guardias blancas, por lo que el campesinado guerrerense empuñaba con más rabia las armas y se remontaba desde las sierra a asaltar los pueblos de la costa.
El ambiente social era ríspido, friccionado y permanentemente tenso, la muerte de Emiliano Zapata vino a precipitar sucesos inesperados, a la que siguió la huida y el asesinato de Jesús H. Salgado, propietario de la hacienda de San Agustín Tepozonalco, y que había sido fiel al programa zapatista, sosteniendo esta lucha bajo los principios campesinos, hasta que fue muerto a mansalva en el filo mayor de las regiones de Tierra Caliente y de la costa, el 14 de febrero de 1920, en el paraje conocido como “La Barranca de los Encuerados”, sobre la población de San José, en la sierra de Petatlán.
De forma inmediata, Carranza manda a Silvestre Mariscal a apaciguar la costa hasta lograrlo, y los mariscalistas se abalanzan sobre Acapulco, que se encontraba defendido por los generales Fortunato Maicotte, Rómulo y Ambrosio Figueroa Mata y Rafael Mendoza, y entre ataque y defensa de las oponencias, se van persiguiendo hasta los límites de Coyuca de Benítez y San Jerónimo, para poder asentar que en estas acciones de armas fueron las que aniquilaron a las fuerzas de Mariscal.
Ya con el ánimo en un bajo nivel y “sin dar ni pedir cuartel”, en un viaje camino a Morelia se cumplió el viejo adagio… “el que a hierro mata, a hierro muere”, pues el 29 de mayo de 1920 le tienden la emboscada adonde queda prisionero para después asesinarlo en el camino hacia Ario de Rosales, pues los voluntarios de Arteaga al mando de Juan Millán, lo ajustician arteramente y acaban con uno de los luchadores más connotados de la costa, cerrando un capítulo más de sangre en el destino manifiesto del Estado de Guerrero. (Desde el hermoso “lugar de mujeres”. Raúl Román Román. El Indio de Iguala).
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