CARTA A UN ALUMNO

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CARTA A UN ALUMNO

 alumno

En la edad veraniega de mi vida

siento profundamente tu cercanía,

plena de confianza, ciega de amor

y salpicada por un poco de admiración.

 

Hoy lo sé, bien lo sé

que lo que empezó

como una llamarada vacilante

en la mente juvenil de mi existencia,

ha desarrollado un fuego

envolvente y abrasante,

que me aprisiona el alma,

por la convivencia que procura esta labor,

entre tú y yo,

en el serpenteante paso del tiempo.

Te confieso chiquitín

que es muy difícil aceptar

que  me llames profesor

porque es una obra grandiosa,

titánica y majestuosa,

intentar la formación y el engrandecimiento

de tu mente, de tu cuerpo y de tu espíritu.

 

Tú, que has sido siempre,

desde la historia de la humanidad

la alegría de la casa,

el alma de la escuela,

ternura infinita de la raza humana,

fuente inagotable de amor y cariño,

de inquietud inocente

y voluntad indomable.

 

Como he temblado al pensar

que puedo fallar,

en la confianza que tienes en mí,

porque en mi hogar,

algún ser querido se encuentre atribulado

y altera el ánimo,

que me pone en riesgo de reaccionar

impulsivamente, ante tu presencia.

 

Como he temido por la limpieza de la vestimenta,

por el lustre del calzado

y más, mucho más,

por el vocabulario aseado,

el comportamiento, dentro y fuera,

de nuestro templo del saber;

porque sé que estoy en el mostrador público

de la sociedad a la que me debo

y ante tu profunda mirada llena de bondad,

de tu sonrisa franca y espontánea,

de tu amor infinito y pleno.

 

Ante mis problemas:

surge motivadora tu hermosa sonrisa

ante mis dudas:

aflora siempre tu inocente calma

y ante mis sueños:

surges altivo como héroe invencible

en el trayecto de mi vida.

 

Señor… Dios mío,

que nunca falte

la presencia de un alumno

en la maratónica estancia de mi vida

 

(Raúl Román Román)

El Indio de Iguala

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