Mari Trini Ponce, entre periodismo y poesía, cultiva amistades

Compartir
Carlos Ortiz Moreno
Nacida en Acapulco un 25 de febrero y traída por una de las pocas parteras del barrio de La Fábrica de aquel Acapulco de 1946, María Trinidad Ponce Rosas guarda muchas razones de vida en su memoria. En sus venas corren dos tipos de sangre: la declamación de poesías y el periodismo transparente que le ha costado golpes y ha sobrevivido.
La historia de vida de Maritrini es increíble y llena de muchas sorpresas. Es una mujer atrabancada, de carácter recio con quien debe mostrarlo y de un corazón que se le derrite con una amistad verdadera. La valentía pintada de locura transita en su cuerpo y cómo no si es una herencia de su abuelo y su padre.
Contra las historias inventadas del Acapulco antiguo y de familias que nada tuvieron que ver con los hechos, su abuelo Rodolfo Ponce Jiménez y su papá Alberto Ponce Hernández fueron los únicos que se atrevieron a rescatar los cuerpos de los hermanos Escudero que habían sido secuestrados por hombres armados y sus cuerpos, balaceados, fueron arrojados allá en Aguacatillo.
“A pesar de que trabajaba fielmente para los españoles Fernández (los dueños del histórico edificio Oviedo en Acapulco), don Rodolfo tenía parentesco con uno de ellos puesto que era su concuño. Pese a que en esa época se corrió la versión de que nadie fuera a levantarlos, mi abuelo y mi padre, de 13 años, fueron hasta la carretera hacia Costa Chica, para traerse a Juan Ranulfo, Francisco (al que encontraron todavía vivo) y Felipe Escudero”.
Era la única de sus hermanos que acompañaba a su mamá María del Carmen Rosas Navarrete en aquellas largas horas que esperaba a su papá. Ese tiempo lo aprovechó en aprender el difícil arte de la declamación, uno de sus primeros amores de vida, que a su progenitora le salía muy bien también.
—¿Cómo entraste al periodismo?
Entre seria y sonriendo, Maritrini explica:
—Todo nació cuando iba en la escuela secundaria Ignacio Manuel Altamirano donde hacía una volanta llamada El Chisme que se repartía en la biblioteca municipal 22, la nevería de la familia Juárez y una fuente de sodas frente al Café Wadi. Los tres eran centros de reunión de estudiantes de preparatoria, secundaria federal, el colegio Guajardo y el América de esa época.
—Hacía apenas 50 hojas, Martel Alvarado Medina me prestaba el mimeógrafo, yo picaba el esténcil. A mis 17 años, acudí con don Juan Caballero Aburto, en su Diario del Pacífico, para que me ayudara a imprimir mil hojas. Leyó lo que hacía, me regresó a ver; me dijo que hiciera la columna en el periódico para tener más difusión. El que barría, hacia el aseo y fundía el plomo en el taller del periódico era amigo de mi papá. Y él fue a mitotearle a mi papá que yo estaba escribiendo una columna en el periódico.
Lo que vino después en su casa fue un soberano regaño de su padre quien la amenazó con sacarla de la escuela para ponerla a trabajar. Odiaba a los periodistas por una simple razón: tuvo una novia que lo traía bien enamorado y que, cuando trabajaba con Jorge Joseph Piedra, un día la jitomatearon. La nota causó revuelo y burla. Por eso odiaba que su hija estuviera inmiscuida en el periodismo.
—Escribí con Don Juan por un corto tiempo. Me fui con Avance de Acapulco, con Manuel Salvador Leyva Martínez, Guillermo Téllez Albores y luego Gaudencio Valente Campos. Cuando iban a cerrar el periódico, le confié a Homero Wissiel Morales, reportero de Novedades, que iban a cerrar mi centro de trabajo y no tenía para mantener a mis hijos.
Maritrini recuerda perfectamente que Homero le dijo que platicara con don Rafael Castrejón Pérez, quien la citó. Encontró a don Filemón Carmona y la acompañó a Novedades.
—Don Filemón me dijo que entrando al periódico me pavoneara bonito. Cuando llegamos él gritó, porque hablaba fuerte, y le dijo que me traía para que le dieran chamba o se la llevaba a Proceso cuya corresponsalía la cubría para Acapulco. Castrejón me dijo que me había leído, pero solamente había una plaza para escribir los horóscopos a lo que me negué.
Al ver su determinación, Rafael Castrejón le dijo que había un espacio en el periódico porque una compañera había decidido alejarse de la empresa por cuestiones personales. Pero solo era para la fuente informativa “para los castigados” y esa era la del aeropuerto. Le dijo que hiciera la columna Aeropuerto y fuera a ver a Niño de Rivera para que en las camionetas de Transportaciones Aeropuerto, propiedad del empresario, viajara gratis hasta la terminal aérea. Nunca imaginó que cubrir esa fuente le propinara tremendo golpe que casi le cuesta la vida.
A Maritrini le tocó cubrir la paralización de las empresas American Airlines, Western Airlines y Braniff International, las líneas que operaban en el puerto de Acapulco. Amenazaron con cerrar porque subirían el costo del pisaje y porque quitaban las salas móviles, los famosos “gusanos”, para meter los aerocars de la empresa Figuermex.
—Solamente escribí algunas líneas de eso. Madre mía. Por la noche, acudí con varios reporteros a un show que se haría en el Mil Luces del Hyatt Regency (aquel hotelazo de lujo de Acapulco). Un hombre se acercó a la mesa de los reporteros y repetidamente pidió bailar conmigo, a lo que siempre me negaba. Les comenté que me daba mala espina y, todo por el desmadre, me dijeron que no hiciera caso.
—Fui al baño de mujeres, pero cuando salí, ahí estaba el tipo enfrente. Me jaló hacia la salida, como pude intenté zafarme. El bullicio y las luces que se prendían y apagaban impidió que los compañeros vieran lo que me pasaba. Una pareja de norteamericanos quiso ayudarme, pero mi atacante en inglés les dijo que yo era su esposa y arreglaban un problema personal. Por más que les dije que era mentira, se alejaron y quedé a merced.
A rastras, el sujeto que nunca conoció la sacó del centro nocturno y la comenzó a golpear en los jardines del hotel. La azotó contra la pared y quiso ahorcarla. Sintió que moría. Vio a la piscina como su salida, pero no sabía nadar. No le importó y se tiró y como pudo iba hacia la otra orilla, pero el atacante la esperaba. Dos o tres ocasiones hizo lo mismo y el atacante igual seguía ahí. Sus gritos nadie los escuchó.
—El hombre me tiró al pasto, me pisoteó las manos. Me atacó sexualmente y alcancé a ver a otros dos tipos que lo acompañaban y que solamente reían. Y ahí me dejaron tirada. No me desmayé y, como pude, entré al Mil Luces. Los compañeros se espantaron, me vieron mojada y en mal estado. El que encabezó la trifulca contra la gerencia del hotel fue tu papá. Exigía la presencia del gerente o de los guardias. Ellos sabían a quién le habían permitido todo ese tiempo estar en el lugar.
—Recibí el apoyo de los directivos de aquel viejo Novedades de Acapulco desde la Ciudad de México. El agente del MP, un pariente mío, no me creyó y casi me pidió que me desnudara para exhibir los golpes recibidos. Fue terrible ese episodio, todo por escribir algo que no debí en la columna, pero también otras circunstancias personales, me generaron más dudas de lo que pudo haber sucedido.
Eso marcó su salida de la reporteada y entró a otros lares. Natividad Villegas Alcocer, aquella hermosa maestra funcionaria, le dijo que había una plaza y se fue a la Ciudad de México a recibir un curso de Biblioteconomía y retornó al puerto a reorganizar bibliotecas como en Ciudad Renacimiento y hacer círculos de lectura. Sus excompañeros como Odilón Espino le decían que regresara, pero el miedo pudo más.
Durante el centenario de la ciudad de Tijuana, en Baja California, fue invitada por Manuel Salvador Leyva Martínez, el poeta, amigo y exjefe. El vate le movió nuevamente las alas del periodismo en aquella ciudad del norte del país. Ernesto Ruffo Appel le había ganado al PRI la gubernatura. La entrevista con un dirigente priista, quién narró por qué perdió el tricolor el poder y lo que pasaría después a nivel nacional, le abrió las puertas de El Heraldo de Baja California.
—Me dí cuenta que yo era reportera de a pie. Me llevé muchas ocho columnas y siempre me acordaba de tu papá que me sorrajaba el periódico en el escritorio cuando él me presumía que se había llevado la principal. Pude obtener doble visa, gracias a una página de cultura que hice, y trabajé en La Prensa San Diego donde entrevisté a Jesús Blancornelas, fui la única que lo hice, y obtuve reconocimientos. Blancornelas y Héctor “El Gato” Félix Miranda habían sido mis compañeros en el ABC de Tijuana. Ambos fueron asesinados por descubrir los hilos del narcotráfico con los gobiernos civiles establecidos.
—En una cobertura, conocí a un reportero gringo del San Diego Union. No quería compromisos y mi jefe me dijo: mire, compañerita, le daré un consejo. Mi madre vive con un hombre que la viene solo a visitar, pero nunca en quince años le dice que la va a pasar ni a mí me ha invitado a llenar papeles y tener la visa. No perdí la oportunidad y me casé. Años después enviudé y regresé a Acapulco cuando mi mamá no tenía quién la cuidara.
En el 99, encontró otro Acapulco y halló un gremio diferente. Ya había generaciones de estudiantes salidos de las universidades Loyola, Hipócrates y Americana. Mauro Jiménez Mora le abrió las puertas en Diario 17 con reportajes y notas, pero había que conseguir recursos y volvió, como cuando era más joven, a coser a máquina y hacer trabajos que remuneraran para poder comer bien.
—Encontré puertas cerradas. Puse papelería, tienda de regalos, ambas fracasaron. No quería tocar la máquina de coser, pero gracias a ella levanté a mis hijos en el pasado. Ya había tomado el curso de Reiki, eso fue producto del libro que escribí Somos energía, reiki, fuerza vital universal aprenda a curarse. Me metí a estudiar medicina alternativa en la universidad Chapingo. No pude seguir porque mi mamá cayó enferma. Y finalmente me dejó aquí en este mundo terrenal.
Y epiloga su vida:
—No envidio a nadie, he sido una mujer muy segura de mí misma, todas las metas las he alcanzado por mí misma y con ayuda de las personas que me han ayudado como Rafael Castrejón. Por eso digo que soy hechura de todos los viejos reporteros y de los periódicos donde trabajé. Uno es el arquitecto de su propio destino. Me siento muy satisfecha conmigo.
—Nosotros andábamos bien presentables cuando reporteábamos, le dimos un cambio al periodismo de esa época en la presentación personal de los periodistas, éramos la tarjeta del periódico. El periódico no hace al periodista sino al contrario. Hicimos un periodismo veraz, transparente, del que me siento orgullosa. Muchos se adelantaron y otros más quedan por ahí.
El pasado jueves, el Club de Periodistas del Estado de Guerrero le hizo un merecido reconocimiento de trayectoria a Maritrini Ponce Rosas, considerada como una de las pioneras en el periodismo femenino de Acapulco.
Al evento acudieron periodistas de la vieja guardia que, amén de celebrar la decisión del Club de Miguel Ángel Mata Mata, degustaron el relleno de cuche, famoso de Tecpan de Galeana, tierra de Elsa Zamora y su esposo Ramón Sierra López.

Comentarios

comentarios