Índice político. Un Presidente con mente pobre hace un pueblo de mente pobre

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Cualquier día tendrá que salir a flote que el miedo al éxito y la mentira monda y lironda han sido las dos tenazas de la pinza que han llevado en sólo dos años al fracaso absoluto de este sexenio fallido. Como en las grandes tragedias de eso que se llama la condición humana, las cosas insignificantes son las que las definen y las marcan para siempre.
André Malraux, en la literatura, y Akira Kurosawa, en la cinta de plata, definieron estas condiciones que llevan al hombre a la negación de sí mismo. Por si esto fuera insuficiente, durante una conferencia en el paraninfo de la Universidad de Guadalajara salió a relucir la primera condición.
Jürgen Klaric, un profesional de las neurociencias, reseñó el asunto. La pobreza, dijo, no es un problema antropológico, sino un asunto mental que puede resolverse si se cambia el enfoque que se tenga con el asunto del dinero, dejar de temerle, y considerarlo una herramienta para transformar la vida.

Sordera del Ejecutivo: no escucha los reclamos de la sociedad

Argumentó Klaric que «es un peligro tener un Presidente con mente pobre, porque al final hace un pueblo de mente pobre, un país con mente pobre». En México subyace una frase cultural que pesa como una lápida sobre el sistema: el que no transa, no avanza.
En estos tiempos de crisis de ideas, de arrebatos y confrontaciones, de sordera militante del Ejecutivo que no escucha los reclamos de la sociedad frente a las condiciones deprimentes de la economía y de la política, el asunto adquiere una seriedad que pone en juego la supervivencia. ‎El platito de frijoles, el vochito y el pantalón raído se desprenden de esa peregrina farsa.
Lo que se requiere del gobernante es más que la actitud hipócrita de no robar, no mentir y no traicionar. Lo que se requiere es una visión política certera, capacidad de conciliar los intereses y concepción superior del Estado como servidor de una Nación. Cuando esto no existe, todo lo demás sale sobrando por vacuo e intrascendente.

Torcer la realidad siempre llevará a la 4T a la derrota y al fracaso

Asimismo, por el lado de la mentira, lo comprobamos todos los días, ‎los pueblos las pagan muy caras, cuando escuchar las verdades saldría gratis y sería mejor. En la aldea digital en que está convertido el mundo, el poder ya no se puede sostener torturando a la verdad. Todo se sabe al instante en que se produce.
Las mentiras, aún las piadosas, tienen las patas cortas y una vida muy pequeña. La verdad siempre reluce al menor descuido, a la mínima insinuación. Hasta los fieles chairos de la Cuarta Corrupción se han visto obligados a impugnar las mentiras que les ordenan decir, pues en ello va su permanencia y su utilidad.
Están de más todos los esfuerzos. Las mentiras jamás alcanzan una edad adulta. Torcer la realidad siempre lleva a la derrota y al fracaso, pues nada se puede sostener contra la realidad terca de la vida cotidiana, y eso es precisamente lo que ha intentado hacer desde el poder una caterva de atrevidos.

Y así, hoy, son basura los bonos de la deuda soberana del país

Las mentiras fantasiosas, llamadas promesas del modito Tepetitan de gobernar, han operado. De nada sirvió que desde las “mañaneras” se menospreciaran los logros del crecimiento neoliberal. La respuesta de la terca realidad fue que cayéramos, desde el año antepasado, el primero del sexenio letal, en el no crecimiento de menos veinte puntos porcentuales del producto interno bruto.
De nada sirvió que se despreciaran las calificaciones financieras, cuando todo mundo veía en sus bolsillos la terca realidad provocada por el desprecio al progreso y el ataque artero a los inversionistas que sólo trataban de crear algunos empleos. El día de hoy, los bonos de la deuda soberana, la petrolera y la del país, son solo basura en los mercados de valores.
Hasta los inversionistas especulativos, los fondos golondrinos que esperaban algún interés mayor sobre el capital invertido en nuestros bonos tuvieron que huir despavoridos, como una respuesta sensata a la incertidumbre que generó un dictadorzuelo de pacotilla en Palacio Nacional.

Desde hace dos años México ya no ofrece ni confiabilidad ni estabilidad

Ningún país que no invierte en el desarrollo de sus actividades primarias, en la cuestión agropecuaria, puede ofrecer confianza sobre sus propósitos. El resultado de desastrar los presupuestos productivos para engordar las maletas de los ratones electorales, ha llevado al país a un sinvivir.
México, para los inversionistas externos e internos, ya no ofrece desde hace dos años de este infeliz mandato ni confiabilidad, ni estabilidad razonada, ni mucho menos gobernabilidad. El regimencito nacional del platito de frijoles arrasó con casi todo lo que nos caracterizaba ante el mundo de las finanzas y de la productividad.

¿Cómo ve usted la solución milagrosa: que el FMI perdone la deuda?

Algún listo se sacó de la manga otra mentira piadosa para acabar de regar el tepache: dijo que todavía la esperanza mayor es que el Fondo Monetario Internacional tome la decisión, ante la pandemia, de perdonarnos, igual que a todos los países del área, los cobros de los intereses de la deuda externa.
Diversos chespiritos se sumaron a esa algarabía, para colmo de los colmos, argumentando que era una idea del “caudillo”, y no una gracia financiera de ésas que se acostumbran en tiempos revueltos. A punto de que el verdugo descargue la guillotina, todavía son capaces de balbucear sandeces.
Una mentira tan grande como un esparadrapo. Se atrevieron a decir que esa era la solución para el desarrollo mexicano. Veamos: cualquier estudiante de secundaria sabe que dejar de pagar los intereses de una deuda no soluciona ningún problema, toda vez que se necesita dinero fresco para reconstruir lo demolido, para apoyar las empresas que generen empleo.
Y si nadie está ofreciendo dinero fresco, porque el regimencito Tepetitán se acabó la capacidad de contratar créditos favorables en el extranjero, éste fue un engaño esquizoide. Los que creyeron que era cierto, pronto fueron por la respuesta y acabaron más desilusionados que como inicialmente estaban.

Santa Lucía, Dos Bocas y Tren Maya, los más grandes venenos del territorio

En el estado actual de la economía mexicana, abandonada por el gobierno que no apoya a inversionistas ni empleadores, que amenaza hasta el cansancio con las retahílas ñoñas de las “mañaneras”, esta opción está vedada de antemano. Si acaso, en el exterior pueden conseguirse autorizaciones para emitir billetes, claro, siempre y cuando esos billetes no se destinen a Santa Lucía, Dos Bocas y Tren Maya, los más grandes venenos del territorio apache.
Las autorizaciones que se conseguirían para poder matarnos solos, sólo servirían para refinanciar la deuda y adquirir compromisos con mesura, un concepto desconocido en la Cuarta Corrupción. El vochito, el plato de frijoles y el pantalón radio, es lo que hay.
Y así, entre miedos al progreso y mentiras de cajoncito, no se puede hacer absolutamente nada. El sexenio está perdido, y ya no tiene para dónde hacerse, a menos que recurra al financiamiento del narcotráfico, los mejores y únicos aliados.
¿No cree usted?

Índice Flamígero: En contrapartida, escribió Ricardo Perret: “… hay una frase que condena a todo un país: ‘Un político pobre es un pobre político’. La cita, atribuida a Carlos Hank González, ex-jefe del Departamento del Distrito Federal (1976-1982) y ex gobernador del Estado de México (1969-1975), vive en el ADN de la clase política mexicana, tristemente y para desgracia de toda una nación. Estas palabras derivan en tres situaciones hipotéticas: Sólo deberían de llegar a ser políticos aquellos que ya son ricos económicamente, lo cual no sucede, puesto que llegan a ser políticos tanto personas humildes, como clasemedieros y ricos. Todo aquel que llegue a la política sin ser rico, tendría que buscar serlo para no ser un ‘pobre político’. Esto sí se aplica en gran medida, dado que muchos políticos que llegan sin tener aún una posición económica elevada se enriquecen bajo el beneficio de sus nuevas posiciones. Sus sueldos no los enriquecen, sino los negocios y corruptelas que arman como funcionarios. Aquel que se mantenga pobre en la posición política ha de sentirse, entonces, un ‘pobre político’. Esto no tiene por qué ser así, puesto que la riqueza no debería ser la fuente de bienestar de un individuo, ni otorgarle las capacidades de operación necesarias para hacer política.”

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