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El retropróximo domingo 14 de los corrientes, el gobernador del Estado, acompañado por su esposa, por nuestra presidente municipal, e invitados, inauguró, con bombo y platillo, la remodelación del Paseo del Pescador y de la playa Manzanillo, con una inversión de 80 millones de pesos.

Consciente de la importancia que reviste dicha obra, al lunes siguiente decidí ir, ex – profeso, a visitarla y disfrutarla sin los tumultos que implican este tipo de eventos y confieso que la obra es totalmente sensacional.

Caminé desde donde están los restaurantes de mariscos, en la renovada playa de Manzanillo, hasta la curva de Tlacopanocha, observando todos los elementos constitutivos de tan magna obra y regodeándome por todo lo que ofrece, básicamente la inigualable belleza visual desde uno de los tantos fantásticos ángulos de la Bahía de Acapulco (cuyo solo nombre es, desde antaño, una marca mundial).

Pude observar, en consecuencia, además de las instalaciones físicas, el comportamiento de alguna gente que se encontraba en el lugar, pescadores, marineros de lanchas y yates de recreo, turistas, empleados de los comercios fijos que están en funciones, entre otros.

Sin embargo, como reza el título de esta entrega, caí en la cuenta, dentro de las observaciones, que en los restaurantes de la entrada por la playa, se escuchaba “música” a un alto volumen, solo para un tipo de gusto y no precisamente música tropical que es la que se espera en una playa; que la ciclo pista, excelentemente señalada, era transitada por eventuales motociclistas, cuyas máquinas estaban estacionadas (probablemente de los trabajadores de los negocios fijos y que podrían estacionar en la parte de arriba, sobre la Costera); un lanchero lavando un pedazo de plástico como de 3×3 m. con agua y jabón sobre el malecón y a pesar de tener a un metro de distancia una coladera de desagüe, estaba arrojando el jabón, con el agua de la manguera, al mar, si fuera válido, se le aconsejaría usar, en su caso, detergente biodegradable; ahí mismo, en el hueco con escalones que se usa para abordar, estaba una panga obstruyendo totalmente el lugar; en el canal para botar las embarcaciones del astillero al mar, estaba lleno de vasos, bolsas y otros execrables elementos de plástico flotando; en la zona de playa estaban varios “pabelloneros” expendiendo su mercancía, que también podrían deambular por la Costera.

Es plausible, en consecuencia, que la dirección de Vía Pública y la Coordinación de Servicios Públicos estén tomando cartas en el asunto y ya tenga preparado personal para evitar la proliferación de la plaga de vendedores ambulantes, que si bien tienen derecho a una actividad lícita, bien pueden ocupar locales en los tianguis, creados ex –profeso, que actualmente están abandonados, en lugar de invadir lugares públicos, con las consabidas molestias causadas a visitantes y a gente local. Debe evitarse el desorden.

O usted, ordenado lector,¿ Qué opina?

Por: Rodrigo Juárez Ortiz.

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