El miércoles antepasado la extraordinaria Maestra de ballet Margarita Raquel Palazuelos Rosenzweig, para todos nosotros Margot, cesó en sus funciones vitales.
Después de la muerte de una persona, en sus funerales es habitual que sus deudos y amistades mas cercanas hagan verdaderos panegíricos sobre su vida. Se les llena de los elogios mas valiosos en la percepción de su tiempo y de su entorno, soslayando todas aquellas actitudes que contrastan notablemente (cuando las haya habido) con tales alabanzas.
El dolor que engendra la muerte física de un ser querido, con quien se compartieron alegrías y tristezas, alegrías y tristezas que forman parte del libro de oro de nuestros recuerdos, cada quien lo siente atento a su cercanía y a la calidad y cantidad de tiempo compartidos con quien solo se nos haya adelantado en el camino hacia la vida eterna (en la concepción de muchos).
Ya hay quienes hablarán de sus datos biográficos, del día, hora y lugar de su nacimiento, de sus diversos niveles de estudios obligatorios y de los escogidos libremente, de su vida en el seno de la familia paterna, así como de su vida en la familia que ella misma formó, así como de sus gustos, aficiones, sueños y propósitos, y también de sus fobias, sus disgustos, y de todo aquello que para ella era tajantemente inaceptable.
Nadie es perfecto, todos lo sabemos, habida cuenta de que tenemos nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras ventajas y nuestras desventajas, nuestros éxitos y nuestros fracasos, nuestros sueños y nuestras pesadillas, en fin toda una gama de pensamientos, sentimientos y voliciones que nos dan felicidad, placer o utilidad, según se pretenda dirigir nuestros empeños en la vida, sin embargo, a pesar de todas estas antípodas, también sabemos que existe un denominador común que nos caracteriza, en lo individual, de una manera tangible y obvia, evidente y en el caso de Margot, el denominador común que la caracterizó en la vida fue su gran, enorme generosidad y bondad inigualables.
Sin pecar de contradictorio y toda vez que Margot era una persona excepcional, sí podemos afirmar, sin temor a equivocarnos que era una persona muy especial y dueña de un espíritu superior.
Desde niña siempre hizo gala de tener un espíritu muy generoso, de carácter suave y amoroso para con los demás, especialmente si eran personas de orígenes modestos; siempre amó a los animales y fue caritativa en extremo, hipersensible ante las penas de los demás, apoyando en todo a todos cuando se requería, curando a los enfermos, en la medida de sus posibilidades y defensora a ultranza del honor y de la dignidad de las personas, en especial de aquellas mas vulnerables ante la estulticia y prepotencia de algunos bípedos implumes.
Su sueño era el arte, era increíblemente hipersensible a las manifestaciones artísticas así, recuerdo que desde adolescente se enseñoreaba en la poesía que degustaba en sus lecturas y ella misma escribía poemas muy sentidos; en la plástica incursionó en la pintura siendo sus trabajos llenos de emotividad dentro del área del llamado realismo mágico, gran admiradora de Frida Kahlo, pero lo que enraizó fuerte y vehementemente y que la llevó en la médula de sus huesos fue el baile, el ballet cásico, esa forma viva y dinámica de expresar sentimientos, en donde se conjuga la música y la actuación, entre otros, y se da ritmo en la forma, de una manera vivencial en los movimientos estéticos y posibles, elegantes y, en su caso, maravillosos, logrados a plenitud con el cuerpo humano en movimiento.
Ella no fue bailarina, pero sí fue una maestra extraordinaria de ballet clásico. Forjó y formó muchísimas generaciones de alumna(o)s a través de su Academia de Ballet de Acapulco, correspondiente de la Royal Academy of Ballet of London. Hizo, por ello, una gran labor educativa en el arte de nuestra comunidad. Todos la recordaremos con agradecimiento y nostalgia. O usted, dolido lector, ¿Qué opina?
Por: Rodrigo Juárez Ortiz.