De la pena de muerte…

Rodrigo Juárez Ortiz
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En razón de los graves problemas que tenemos, tomando en cuenta la situación de violencia, delincuencia, corrupción e impunidad, crimen organizado o no, ha resurgido como una aparente panacea, y como una solución eficaz para acabar con este caos delictivo que nos abruma, caos que, evidentemente, ha rebasado a nuestros órganos de los tres órdenes de gobierno para ponerle fin.

Tema éste muy polémico, todavía en la actualidad, a pesar de todas las evidencias de sus limitaciones e ineficiencia como una medida ejemplar.
En efecto, resulta inconcuso que no existe la menor duda de que la vida es el don y valor mas caro y preciado que tenemos los seres humanos, al margen de otros no menos valiosos, pero sí trascendental, obvio, por ser de vital relevancia

Respecto a la vida siempre se ha luchado por conservarla, por mantenerla, por crearla, así como los múltiples intentos por prolongarla incluso hasta el extremo de pretender el hacerla eterna.
Desde siempre y en contraposición, el ser humano ha concebido a la muerte, pero no como el fin final de su existencia (en múltiples convicciones religiosas), sino como el fin en su paso terrenal, de ahí que cuando se trata de infligir un castigo a quien o quienes han infringido las normas jurídicas de la convivencia tempo-espacialmente determinada, se recurre, como máxima sanción, a la pena de muerte.

Sin embargo los seres humanos sabemos que en nuestros tiempos ya superamos la etapa de la venganza privada, de la Ley del Talión, del “ ojo por ojo, diente por diente, vida por vida”; que nadie puede hacerse justicia por propia mano, que para eso está la creación humana: el Derecho. Que los tribunales son creados para impartir justicia pronta, expedita y gratuita ( al margen de su cumplimiento o no según el avance cultural de los pueblos). De lo contrario cada quien se haría “justicia” a modo, lo que significaría un caos peor.
Veamos. Una sociedad civilizada y moderna tiene la responsabilidad de educar y formar a sus ciudadanos. Pero cuando esta sociedad fracasa en esos objetivos, por su ineficacia e ineficiencia, sus miembros delinquen y entonces el estado tiene la obligación de sancionarlos con penas privativas de la libertad ( entre otras), pero con la consigna de reeducarlos para su reintegración a la vida social y productiva. Sin embargo hay países, todavía elementales en ese concepto, que tienen instaurada la pena de muerte, lo que convierte la antigua venganza privada en venganza pública.

Históricamente se ha demostrado, ad nauseam, que los países que la aplican siguen teniendo crímenes espeluznantes como en EUA, lo que demuestra, entre otras cosas que la aplicación de la pena de muerte:
No es ejemplar. b) No es disuasiva. c) No revive a las víctimas asesinadas. d) No repara los traumas infligidos a las víctimas. e) No resarce los daños causados a las víctimas. f) No vuelve, jamás, las cosas al estado que guardaban antes de la comisión delictiva, entre otras.
En suma, la instauración de la pena de muerte no sirve de ejemplo a los delincuentes, ni los inhibe o disuade de cometer las acciones mas deleznables. Con esta medida es obvio que se trata, mas de que se imparta justicia, de que se canalice el deseo de venganza, que ahora sería ya no privada sino pública. ¡ Qué retroceso !
Esto en función de que el PVEM en la vorágine de los partidos políticos enarbolando promesas, las mas de ellas irrealizables e incumplidas, pretende reinstaurar en la Constitución dicha pena, que existía en su Art. 22 para delitos graves, pero ahora se prohibió. Insisto, mientras no se depuren las actuaciones de la procuración e impartición de justicia, y la educación general, la imposición de sanciones extremas no resolverá lo delincuencial. O usted, consciente lector, ¿ Qué opina?

Por: Rodrigo Juárez Ortiz.

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