Una ejecución en La Soledad del Zócalo de Acapulco

Plaza Álvarez
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Por: Miguel Ángel Mata Mata

Ella alcanzó a ver cuando sacó una pistola de entre la cintura y el pantalón. Tomó del brazo a su marido y a su pequeñita hija. Los abrazó y empujó a la pared. Voltearon a otro lado para no ver la cara del sicario.

— “¡Ese, ese! ¿Por qué te le quedas viendo a mi mujer?”, escuchó que dijo el jovenzuelo no mayor a 17 años de edad.

— Pum, pum, fueron los primeros tiros que hicieron caer a otro muchacho de cuando mucho 18 años de edad. Lo tomó por sorpresa y por la espalda. Quedó ahí, en el piso, muerto. Pum, pum, otos dos para dejar heridas a otras personas. Y pum, pum, pum, al aire para regresar por la misma senda de Benito Juárez.

— “Mami, dijo la pequeña. ¡Fueron muchos cohetes y muy fuertes! Me dio miedo”, lloró la nena.

Muchachos matando a muchachos frente a la catedral de Nuestra Señora de La Soledad.

Aquí, en la Plaza Álvarez de Acapulco, los cientos de vendedores callejeros domingueros comentaron: “él llegó desde la calle Benito Juárez. Le metió dos tiros por la espalda. Quedaron heridos dos turistas. Quién sabe por qué lo mató. Antes de morir, el muerto esperaba a su esposa, que también es vendedora, y con quien se casó apenas hace dos semanas”.

— ¿Y los soldados, policía federal, estatales y municipales que siempre hacen guardia en la esquina del Bancomer y el Zócalo?

— Se fueron a cenar diez minutos antes del crimen.

Acapulco. Seis de mayo. Plaza Álvarez o Zócalo. Cerca de la catedral de Nuestra Señora de la Soledad.

— ¿Es nuestra La Catedral o nuestra La Soledad?

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