Mi historia alcohólica empieza a los dieciséis años, donde todo era libertad (¿libertinaje?)… mi madre se dedicaba a trabajar para mantenernos, a mis hermanos y a mí, con una hija con diabetes infantil… mientras mi padre ya no estaba con nosotros… y después lo supe, la personalidad del ser humano la integran la herencia genética y el ambiente social en que vive uno.
Mi carga físico-emocional apuntaba a ser una persona promedio, normal y común… los ejemplos de casa eran hermosos, gratificantes y me causaban orgullo… desde las seis de la mañana, los miembros de la familia estaban en acción, con actividades domésticas todos, más tarde, a tomar el desayuno de café con leche o chocolate con pan, invariablemente, y ya venía la preparación para asistir a la escuela por parte de los niños, o al trabajo para las personas adultas…
Pero había un pero… la población en que nací sólo tenía tres influencias para niños, adolescentes y adultos… ir al cine, jugar futbol y/o beber alcohol, junto a la creencia machista de los varones mayores, que un adolescente era más hombre, en cuanto más temprano tuviera una relación sexual.
Así que la mayoría de los jóvenes hacían bien esta “herencia social”, que cada vez se multiplicaba más, por lo que muchísimos jóvenes cumplíamos cabalmente esta asignación comunitaria, íbamos al cine dos, tres y hasta cuatro veces a la semana, casi todos los días se jugaba futbol, y a temprana edad iniciaba el consumo del alcohol.
Así empezó mi carrera de alcoholismo, en la creencia de que si ingería más alcohol, buscaba sexo y retaba a diestra y siniestra, sería el más bravucón del barrio.
Mientras, alrededor, decenas de muchachos tenían el mismo propósito e igual asignatura social; lo que se agravó al asociarnos para juntar la coopera para comprar brandy, ron o mezcal, imagínense, cuatro, cinco y hasta diez energúmenos alcoholizados, sintiendo orgullo por aguantar y estar hablando estupideces de gloria y poder, de riqueza y fanfarronería… ahí quedó mi juventud dedicada al dios Baco… sin sueños cumplidos, ni plazos logrados para el estudio o el trabajo.
Días y semanas perdidas, tiempos muertos eternamente, sueños fallidos, realidades crudas y cobardes, ante el azoro de mi madre, la desilusión de mis hermanos y el desastre emocional de un borracho común y corriente, como yo.
Hasta que un día, doce años después, después de recordar que Chava, un compañero de la escuela, al realizar una tarea-investigación pedida en la escuela, había visitado un grupo de Alcohólicos Anónimos, narraba en su escrito su experiencia espiritual, sin haber bebido jamás alcohol… y allá voy bien cambiado, sonriente, pero con el alma deshecha, la autoestima destrozada, el presente empeñado y una caótica escena familiar diaria.
Aquí, los Alcohólicos Anónimos y mi padrino dijeron que tuviera calma, que estas experiencias de un energúmeno como yo, quedarían atrás… así me conectaron la mente con la boca, está con el corazón y el corazón con mi forma de actuar, lo que agradezco infinitamente, pues hoy trato de que mis pensamientos se reflejen en mis palabras, que éstas revelen mi forma de sentir, y que cada sentimiento sea llevado a la práctica en bien de mí mismo, valorando ser testigo de un nuevo amanecer y participando con mi familia, mi trabajo y mi grupo…. ¡Gracias Alcohólicos Anónimos!