Por: Miguel Ángel Mata Mata.
— “Aspiro a ser recordado como Benito Juárez. Que la historia no me recuerde como a Santa Ana o Porfirio Díaz, o a Carlos Salinas. Pretendo instaurar la Cuarta República”, les respondió a entrevistadores de Milenio Televisión.
— ¿Fue en serio? ¿Recordado como Benito Juárez? ¿La Cuarta República? ¿La Francesa o la Venezolana?
Da miedo la egoteca del primo (por llevar su apellido) de López de Santa Ana. Aquel que impuso un cobro de impuestos por cada puerta, por cada ventana, por cada perro en México.
Aquel López pretendía que la historia le recordase como Su Alteza Serenísima. A final de cuentas, se le recuerda como un estúpido que no supo lo que tuvo en la boca.
Quiso vender, en Estados Unidos, la goma del chicle para poner herraduras de hule a los caballos. Un compañero de la barra de cantina le salvó: le puso azúcar a la goma que mascaba Don López y, a partir de entonces, conocemos los Chiclets Adams. Éste último apellido perteneció al borrachín, no a López. Hasta allá llegó su estupidez.
¿Quién se acuerda de aquel López? ¿Su Alteza Serenísima? ¡Eeeendejo! Le dijo un chaparrito de la costa de Guerrero para plantarle una guerrilla, una revolución y un destierro.
— ¡Claro que recordamos a Juan N. Álvarez, de Ayutla de los Libres! A pesar de que algunos desvergonzados pretendan quitarle la N para borrar así, su memoria.
Una de las frases, que hizo ver enorme a Benito Juárez fue la que dirigió al emperador Maximiliano: “Es dado a los tiranos ver vicios, en nosotros, lo que en ellos son virtudes”.
En Benemérito instauró la República en México. Son famosas sus posturas proclamando la tolerancia, la libertad, la igualdad, la fraternidad. Sobre todo, la primera: Entre los Individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.
¿A ésta tolerancia se parece Don López? Nos parece que no. Sus aplaudidores y empleados que operan sus redes sociales de inmediato, intolerantes, ofendieron, cuestionaron, descalificaron a los entrevistadores de Mileno Televisión, sobre todo a Carlos Marín.
Pero ¿Saben qué? Esos mismos aplaudidores de López le aplaudieron a rabiar a Marín hace algunos meses, cuando fue a Los Pinos a entrevistar al presidente Enrique Peña, y le regañó por haber invitado a Donald Trump a México, antes que aquel ganase la elección en Gringolandia.
Bueno. No todo de Juárez fue bueno. Han escuchado el danzón llamado “¿Y si Juárez no hubiese muerto? Denota que el Benemérito habría sido recordado como el dictador Porfirio Díaz, quien fue primero su aliado y luego lo combatió a balazos.
Una frase mala de Juárez: “A los amigos, Justicia y gracia; a los enemigos, justicia a secas”
¿Éste López se parece a Juárez?
Juárez medía un metro con treinta centímetros de estatura. Concluyó de manera meteórica sus estudios. Fue gobernador, diputado, presidente del Tribunal Superior de Justicia y, presidente de México.
Enorme por echar al imperio que fue llamado a gobernar México, por una asamblea de mexicanos. Eran siete. Juárez fue apoyado por otra asamblea, en Aguascalientes, para recibir apoyo de los gringos y pelear contra el europeo. La asamblea de Juárez fue de cinco notables.
La noche de la entrevista se nos pusieron los pelos de punta: “Instauraré la Cuarta República”.
De inmediato vino a mi mente la arenga de un populista que conquistó Europa aprovechando los rencores, temores e ignorancia de un pueblo que tenía hartazgo de sus gobernantes. Aquel instauró el Tercer Reich. La historia ya la conocemos.
Algunas veces hemos comentado que éste López exige cadalso y la cancelación de la pensión a los expresidentes de México. Lo hace en tono enérgico y parece legítimo. Pero olvida mencionar a uno de ellos, a Luis Echeverría Álvarez.
Luego de la entrevista entendemos el porqué de su amnesia parcial en éste tema. Dijo que su proyecto económico sería el del México que estabilizó un señor de apellido Ortiz Mena, que fue Secretario con Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría. Ortiz repitió con José López Portillo.
Aquel modelo, que se supone dejó a un México próspero, no fue sino el efecto de la posguerra, en la segunda guerra mundial, impulsado por los braseros que mandamos a Gringolandia y hoy ya sabemos cómo son tratados.
Ese modelo fue producto del convenio, no escrito, entre Roosvelt y Ávila Camacho para que, a partir de Sinaloa, y luego todo el Pacifico, los campesinos mexicanos sembrasen, cosechasen y enviasen mota y goma de amapola a Estados Unidos. Jugoso negocio en ambas partes. A la fecha sufrimos las consecuencias.
¿Acaso no fue en aquellos aciagos años cuando reprimieron y mataron a ferrocarrileros, médicos, estudiantes? ¿No fue cuando hubo guerrillas? ¿No fue cuando secuestraban empresarios y culpaban a los guerrilleros? Creo que sí. Creo que sí, si la memoria no nos ha traicionado aún.
En la década de los años 80, obvio, del siglo pasado, cubríamos la fuente del Congreso de La Unión para Diario 17. Uno de nuestros primeros chayotes fue con un personaje que no pudo llegar a ser Presidente, pero fue procurador con José López Portillo.
— “¡Imagínense, cuando quise detener a un gobernador del norte del país porque descubrí que era el jefe de jefes!”
— ¿Qué pasó?, preguntamos mientras el güisqui resbalaba.
— “Pues que apenas me acaban de reintegrar a la vida pública como diputado”.
Reímos. Mucho. Hoy lloramos. Mucho.
Tal vez. Solo tal vez. Tal vez por la amnistía ofrecida. Tal vez porque asegura que, al ganar él, se acabará la guerra contra el crimen.
Tal vez el señor López realmente se parece al otro López: a José López Portillo.
Por cierto. ¿Algún Chairo recuerda a quién escribió que:
— “…cuando quise gritar, ya no había nadie para ayudarme?