De Frente. Acapulco para ¿los acapulqueños?

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Por: Miguel Ángel Mata Mata

Cuando Eduardo VIII, Rey de Reino Unido, quien abdicó por casarse con la celebridad de Hollywood, Wallis Simpson, visitó el puerto de Acapulco en 1934, en una expedición de pesca, se considera que comenzó la historia del puerto como destino turístico.

La carretera que unía al puerto con la Ciudad de México tenía pocos años de inaugurada.  Quedaba fresca en la memoria de los nativos la muerte del mártir Juan R. Escudero, alcalde electo por el Partido Obrero de Acapulco y considerado anarquista, igual que los hermanos Flores Magón.

En aquel entonces pocos ciudadanos querían administrar los impuestos. Se dice que les rogaban para convertirse en presidentes municipales.

De esa fecha a la época moderna, se sucedieron alcaldes nacidos en el puerto. Los apellidos Lobato, Tellechea, Morlet, Joseph, Pizá, Soberanis, De la O, Argudín, por decir tan solo algunos, pertenecieron a familias nativas cuyos hijos se convirtieron en honrados alcaldes.

Algo pasó en el último tercio del siglo pasado, cuando la explosión turística del puerto atrajo a miles de personas del mundo, del país y del interior del estado. Se inventó, por ejemplo, la colonia Progreso, en el ejido del mismo nombre, para vender predios baratos a los migrantes.

Luego, un pícaro asociado con el presidente Adolfo López Mateos, inventó el despojo y la invasión de tierras arrebatadas a inversionistas para fundar cinturones de pobres que rodearon la bahía y cuyo destino sería luego, a garrotazos, las colonias Emiliano Zapata y Ciudad Renacimiento.

Acapulco se convirtió en una ciudad cosmopolita que dio cobijo a gente buena cuyo fin fue ganarse la vida de manera honesta. Llegaron de todo el mundo, de todo México y de todo Guerrero.

Fue tal la migración que en un estudio de lo que hoy es INEGI, en la década de los setenta, se detectó que tan solo el diez por ciento de los habitantes de Acapulco eran nativos del lugar.

Ese hecho modificó las cosas en la administración pública municipal. De administrar la miseria en el nacimiento como destino turístico en 1934, la alcaldía se convirtió en millonario ayuntamiento. De la tragedia de Juan R. Escudero pasó a ser atractivo para políticos de todas las regiones del estado, sobre todo del centro del país, desde donde se impone, aun, a los alcaldes.

Aparecieron, de la mano de la migración, asociaciones de calentanos radicados en Acapulco; fiestas al señor Santiago, de los de Ometepec; a San Miguel Arcángel, de Coyuca de Benítez; el pozole de Chilapa, Tixtla o Chilpancingo e, incluso, existe una asociación de oaxaqueños radicados en Acapulco, cuyos integrantes se reúnen una vez al año en el Centro de Convenciones, para conservar sus tradiciones.

NO existe una asociación de acapulqueños radicados en Acapulco.

Hubo migrantes que no vinieron a buscar trabajo. Llegaron a invertir su dinero y a confiar en la belleza de la bahía. El Suizo Teddy Stauffer y el estadunidense Johny Weismuller, son ejemplos de inversionistas extranjeros que ayudaron a fundar la gran ciudad.

Inversionistas de la Ciudad de México, como Armando Sotres o los hermanos Rullán, arriesgaron su dinero en discotecas del puerto y lograron el sueño acapulqueño.

Habrá que decirlo. Al inversionista Luis Suárez le arrebataron su patrimonio por el capricho del presidente López Mateos, quien desde Los Pinos alentó la invasión de hermosos predios donde se construirían hoteles con la mejor vista de la bahía. Hoy conocemos esa zona como La Laja.

Ésta semana se han registrado decenas de personajes que quieren convertirse en candidatos y luego, si la urna lo permite, administrar los miles de millones de pesos que tocan al ayuntamiento de Acapulco.

Ellos son, en su mayor parte, migrantes que quieren administrar, como se ha hecho en ésta ciudad desde el último tercio del siglo pasado a la fecha, no siendo nativos de la ciudad.

Algunos son de Coahuila, otros de Tlapa, otro de Puebla, otro de Tierra Caliente, otro de Huitzuco, una de la Ciudad de México, pero con familia en Ometepec y así, por el estilo.

A ellos habría que pedirles que no se olviden de Acapulco cuando gobiernen pues, se ha dado el caso, de ediles que cobran aquí, se llenan los bolsillos con el presupuesto de aquí, pero se van a las fiestas patronales de sus lugares de origen y llevan a sus mujeres a parir allá y en el colmo luego traen a sus hijos para que repitan la historia.

Uno de los aspirantes lanzó un mensaje en redes: “Acapulco para los acapulqueños”. Su lema es una mala broma en una ciudad cuya población es, mayormente, de migrantes.

Acapulco es ¿de los acapulqueños?

 

 

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