La Revolución Mexicana en Guerrero

Revolucionarios de Huitzuco
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Revolucionarios de Huitzuco, Guerrero.

El estado de miseria en que se hallaba México, antes del estallido de la Revolución Mexicana del siglo pasado, con trece millones de habitantes y la propiedad de la tierra en cuando mucho cinco mil personas, fue aun mayor en Guerrero en donde, por ejemplo, el salario a los obreros era de diez centavos, cuando en el plano nacional era de quince centavos; existía un hospital en Chilpancingo, pero en el resto de la entidad los contados servicios de sanidad fueron privados. El analfabetismo en Guerrero era del 95 por ciento, mientras en el plano nacional fue del 80%.

Esta situación fue la que llevó a los hermanos Francisco, Ambrosio y Rómulo Figueroa Mata a volverse revolucionarios, fundando en Huitzuco en 1910 –invitados por el enviado de Madero, Octavio Betrand–, junto con Martín Vicario, Fidel Fuentes, Ernesto Castrejón y otros rancheros de la zona mencionada, el único grupo antiporfirista organizado de la entidad al que llamaron Club Antirreeleccionista Juan Álvarez, y en donde se iniciaron pláticas conspirativas contra el dictador y su gobierno.

No obstante, en el resto del estado había otras cabezas regionales que también promovían levantamientos para luchar contra el régimen, pero éstas capitaneaban grupos de campesinos analfabetas, desposeídos, marginados y explotados, que andaban en “la bola” buscando su mejoría social y, por ello, tenían profundas diferencias ideológicas con el grupo figueroísta, hecho que más tarde los llevaría a enfrentarse con ellos; entre éstos se distinguía Jesús H. Salgado, originario de la comunidad de Los Sauces, municipio de Teloloapan, también en la zona norte de Guerrero, quien, inspirado por Zapata, se autonombraba “el defensor incansable de los principios del Plan de Ayala”.

Sin embargo, ambos grupos lucharon inicialmente “hombro con hombro” a favor de Madero y su causa, la que provocó la rápida caída del gobierno porfirista en Guerrero y llevó a Francisco Figueroa Mata a la gubernatura provisional del estado. Después empezaron los enfrentamientos entre ambas facciones, especialmente por las diferencias agrarias que sostenían.

Dentro del contexto revolucionario guerrerense, además de los Figueroa, se distinguieron otros líderes en las acciones militares: Juan Andreu Almazán, en Olinalá, quien tenía nexos con los hermanos Serdán de Puebla; Enrique Añorve, en Ometepec; Jesús H. Salgado, en Tierra Caliente; Laureano Astudillo, en Tixtla, y Silvestre G. Mariscal, en Atoyac. Sin embargo, éstos, antes de los enfrentamientos armados contra las fuerzas porfiristas, nunca estuvieron tan bien organizados como los Figueroa Mata en Huitzuco, ni tampoco se atrevieron a consolidar en forma abierta una agrupación antiporfirista como lo hicieron éstos.

Situación social prerrevolucionaria en el estado de Guerrero.

En Guerrero, la situación social era peor que en el resto de la República. Todos los índices de desarrollo estaban por debajo de la media nacional, que ya de por sí era mala; por ejemplo, el analfabetismo general iba del 95 al 99%, cuando en el país era del 90% en promedio. Con excepción de tres o cuatro poblaciones de la entidad que tenían escuelas básicas privadas, no había planteles educativos oficiales en Guerrero y, por ello, sólo el 2% de los niños en edad escolar tenían oportunidad de aprender a leer y escribir. Igualmente, en 1900, sólo la ciudad de Chilpancingo contaba con un hospital público para atender a la población; algunos lugares de la entidad, como Acapulco, por ejemplo, sólo tenían medios asistenciales sanitarios privados. El 98% de los guerrerenses vivía en el medio rural y moría en el desamparo médico, dando como resultado que la población nacida en esa época tuviese una expectativa de vida de sólo 20 años, cuando la media del país se encontraba entre los 25 y los 27 años.

Por otro lado, Guerrero era una de las entidades con menor desarrollo económico; uno de los estados más incomunicados y con menos fuentes de trabajo en el país; esto último provocaba que el salario del trabajador fuera inferior al de otras regiones: ocho a 10 centavos diarios, cuando en la Ciudad de México y en otras entidades era de 15 a 20 centavos.

Francisco Figueroa Mata

Desde el punto de vista político, a partir del último tercio del Siglo XIX, Guerrero estuvo controlado por mafias de fuereños encabezadas por gobernadores originarios de otras entidades, impuestos por don Porfirio o por su suegro don Manuel Romero Rubio, secretario de Gobernación del régimen quien, entre otras propiedades, poseía unas ricas minas de mercurio en la zona de Huitzuco, hecho que motivó que el Gobierno federal introdujera el ferrocarril hasta Iguala, con la finalidad de acarrear insumos para las minas y llevarse a la Ciudad de México el mineral producido. Esta situación causó, en forma secundaria, progreso para la zona norte del estado. Algunos de esos gobernadores  habían sido antes administradores de las minas de Romero Rubio, y llegaban a la cúspide del Gobierno del estado como fieles servidores de la familia Díaz; por otro lado, llevaban con ellos a múltiples familiares y amigos íntimos como colaboradores, que, además de desplazar a los políticos locales, sólo venían a enriquecerse sin importarles el desarrollo de Guerrero y su gente. Esta situación incomodaba a la burguesía local, que se veía impedida de participar en el gobierno de su entidad.

La lucha armada.

Fue hasta el 28 de febrero de 1911 –poco más de tres meses después de la fecha fijada por Madero para empezar la revolución– cuando, al descubrirse la conspiración en la que estaban metidos los hermanos Figueroa Mata, éstos se levantan en armas en Huitzuco e inician la revolución en Guerrero; al unísono, se produce un levantamiento general en todo el estado que provoca, a corto plazo, la toma de casi todas las plazas distritales de la entidad. El 7 de abril cayó la primera, Coyuca de Catalán, en poder de Álvaro Lagunas; la de Ometepec, el 17 de abril en poder de Enrique Añorve, quien estaba al mando de un contingente de hombres originarios de Huehuetán e Igualapa; el 23 del mismo mes, cayó Huamuxtitlán en manos de Juan Andreu Almazán, y Chilapa, en las de Pedro Ramírez y Juan Ojeda; un día después, la plaza de Taxco es asaltada y conquistada por Jesús Morán y Margarito Giles; el 26 del mes mencionado, cayeron simultáneamente Teloloapan en poder de Jesús H. Salgado, Atoyac, en manos de Silvestre G. Mariscal, y Tixtla, en las de Laureano Astudillo.

En esta lucha revolucionaria también se distinguió Eucaria Apreza, otra ranchera pudiente de la zona de Chilapa, a quien obviamente tampoco interesó nunca el reparto agrario. Doña Eucaria estuvo en contra del gobierno porfirista porque era hostilizada debido a conflictos fiscales, hecho que la llevó a simpatizar con los revolucionarios maderistas, y aunque ella no tomó las armas en sus manos, sí financió y promovió con éxito el levantamiento armado en esa área del estado. La respuesta de los insurrectos guerrerenses fue rápida y masiva en toda la entidad.

El 5 de mayo siguiente cayó Tlapa en manos de Juan Andreu Almazán, y Ayutla, en poder de Manuel Meza; el 10 del mismo mes, Acapulco estaba rodeado por rebeldes de ambas Costas; sin embargo, en las pláticas de Ciudad Juárez se estableció una tregua que suspendió por algún tiempo el intento de tomar el puerto; al romperse éstas, se preparó y consumó el 14 de mayo la toma de Iguala y la de Chilpancingo, y 15 días después, la de Acapulco, para dejar prácticamente a todo el estado de Guerrero en manos de los revolucionarios, a dos meses y medio del primer encuentro entre rebeldes y federales en Huitzuco.

El 14 de mayo de 1911 se firma el armisticio en Ciudad Juárez y el viejo dictador renuncia a la Presidencia. Este hecho provoca, entre todos los jefes maderistas de Guerrero, una tremenda agitación política ante la perspectiva de su ingreso al poder.

Juan Andrew Almazán

 

Es entonces cuando el grupo de Huitzuco decide unilateralmente nombrar gobernador provisional, sin tomar en cuenta a los demás participantes guerrerenses en la revuelta antiporfirista, pues no existió convocatoria ni aviso previo alguno para llevarla a cabo. El 16 de mayo se reunió en una asamblea el “núcleo victorioso de Iguala”, encabezado por los tres Figueroa y la gente que peleó a su lado; por supuesto que, aunque hubo algunos asistentes de otros grupos, como Jesús H. Salgado –quien impugnó la designación de don Francisco, por no apegarse el procedimiento a lo que decía el Plan de San Luis–, la mayoría de los presentes eran incondicionales de los Figueroa. Esto explica porqué se elige a Francisco Figueroa Mata como gobernador provisional con el apoyo de la mayoría.

El mismo día llegó a Chilpancingo la noticia, impresa ya, del nombramiento de Francisco Figueroa Mata como gobernador provisional, causando sorpresa a los jefes de las tropas que se encontraban en la capital guerrerense por haber concurrido a la toma de Chilpancingo: Julián Blanco y Laureano Astudillo, del centro del estado; Juan Andreu Almazán y Pedro Ramírez, de La Montaña , y Tomás Gómez y Manuel Meza, de ambas Costas. No obstante, éstos aceptaron posteriormente la imposición, y don Francisco, quien previa aceptación oficial de Madero y el Senado se hizo cargo de la gubernatura el 24 de mayo de 1911, emitió sus primeros decretos: abolió las abusivas prefecturas políticas y restableció el municipio libre.

Al gobernador provisional le tocó recibir a Madero en Iguala el 13 de junio de 1911, quien asistió a nuestra entidad para agradecer a los guerrerenses su participación en el movimiento armado contra la dictadura. Las palabras de bienvenida oficial las dio el licenciado Eduardo Neri quien, por cierto, en el último párrafo de su discurso lanza a Madero el siguiente comentario casi premonitorio: “Sr. Madero: si en adelante sois, como ahora, fiel a la causa de la libertad, en cada suriano seguiréis teniendo un soldado a vuestras órdenes y cada suriana seguirá el glorioso ejemplo de Antonia Nava de Catalán. Pero si volvéis al pueblo las espaldas, entonces sobre vuestro pecho hoy heroico, volveremos nuestras armas en defensa de nuestros ideales, si hubiera que destrozar nuevos tiranos”.

Ya concluida la revolución armada y con maderistas en el poder, sucedió un fenómeno social imprevisto por los líderes revolucionarios: el pueblo, en forma espontánea, comenzó a perseguir a las antiguas autoridades con la finalidad de cobrarse viejas afrentas o privarlas de la libertad. Los prefectos políticos eran los personajes favoritos para ello, dado el gran abuso de poder cometido por estos funcionarios en el pasado; también se liberaba a los prisioneros de las cárceles y se quemaban archivos públicos; la gente intentaba confiscar los bienes de los terratenientes exigiéndoles, al mismo tiempo, las armas que poseían. Muchos comercios fueron saqueados; se asaltaron fábricas y se expropiaron los bienes encontrados.

Es por eso que durante el gobierno provisional de Francisco Figueroa, se agudizaron las diferencias entre éste y Emiliano Zapata, el líder agrarista morelense, hecho que, además, provocó serios enfrentamientos entre el gobierno figueroista y diversos revolucionarios guerrerenses como Jesús H. Salgado, Heliodoro Castillo, Pedro Pineda, Pablo Barrera, Julio Gómez y “el Tuerto” Morales, que se solidarizaron con los principios del Plan de Ayala y actuaban como “pronunciados” exigiendo tierras para campesinos desposeídos, en contra de las políticas agrarias del Gobierno de Guerrero.

Enrique y Pantaleón Añorve

 

La situación se agravaba porque, en las mismas fechas, otro Figueroa –ahora Ambrosio– había aceptado, en contra del consejo de su hermano Francisco, el inconveniente nombramiento como gobernador y comandante militar de Morelos, en una época en la cual Francisco León de la Barra, presidente provisional de México, había mandado numerosas fuerzas federales al mando del general Victoriano Huerta para intentar exterminar a los zapatistas y provocar, secundariamente, peligrosos conflictos entre el líder agrario de Morelos y Madero.

El nuevo gobernador morelense tuvo que unirse al combate contra Zapata y apuntalar a los grandes hacendados –entre los que estaba un yerno de don Porfirio–, que contaban con el apoyo de las fuerzas federales; de ese modo se consumó su enemistad a muerte con el caudillo del agrarismo, ya distanciado éste de su hermano Francisco, el gobernador del vecino estado de Guerrero. Zapata afirmaba que los Figueroa protegían los intereses de los latifundistas, y los Figueroa tildaban a los zapatistas de bandidos y asaltantes.

En julio de 1911 don Francisco lanza la convocatoria para la elección constitucional de gobernador y diputados locales en el estado. El primero, para terminar el cuatrienio del último gobernador porfirista, Damián Flores, que inició su gestión en abril de 1909; y, los segundos, para integrar la nueva Legislatura del estado.

El pueblo entró en efervescencia política, estimulado por las garantías oficiales que ofreció don Francisco, presentándose dos candidatos en la lucha electoral: el coronel huitzuqueño Martín Vicario y el licenciado José Inocente Lugo, de origen calentano. Vicario era un hombre rudo del campo, con el prestigio de haber iniciado en su tierra, junto con los Figueroa, la lucha armada contra la dictadura, en la que se distinguió por su audacia y valor temerario; Lugo tenía fama como profesionista distinguido, precursor esforzado de la lucha contra la tiranía y, después, maderista connotado.

El proceso electoral fue muy reñido, pero limpio, apegado a la ley e imparcial.  El  triunfo correspondió  al  licenciado  José  Inocente  Lugo  con 25 897 votos contra 22 284 para el coronel Vicario, convirtiéndose, así, en el primer gobernante constitucional del estado de Guerrero.

El Congreso del estado, el primero de la etapa revolucionaria y electo en el mismo proceso, lo formaron: Custodio Valverde, Manuel León, Laureano Astudillo, Manuel Meza, Rodolfo Neri, Leonel López, Luis Vélez, Ángel Muñoz, Nicolás Vázquez, Crisóforo Cárdenas, Francisco Castro y Feliciano Bailón.

Leovigildo, a quien se le ve con espada como comandante, y a su lado Jesús H. Salgado, como su segundo.

En febrero de 1912 vuelve don Ambrosio Figueroa al estado, luego de concluir su gestión en Morelos, y se hace cargo de las fuerzas rurales de Guerrero, con las que combatió al salgadismo, propinándole fuertes golpes que, sin embargo, no pudieron acabar con este movimiento.

Durante la gestión de Lugo hubo otros conflictos armados regionales que ensombrecieron el panorama de Guerrero y frenaron la buena marcha del gobierno: Néstor Adame, en la Costa Chica, y Silvestre G. Mariscal y Julián Radilla, en la Costa Grande, provocaron y encabezaron movimientos armados que fueron verdaderas “piedras en los zapatos” de Lugo y que tuvieron que ser sofocados por el Gral. Julián Blanco

Al ser asesinado Francisco I Madero por Victoriano Huerta,  el licenciado Lugo, quedó en una situación por demás comprometida y difícil, prácticamente a merced de la guarnición militar huertista de Chilpancingo y de varios grupos armados adheridos al gobierno usurpador. Sus antecedentes de maderista convencido lo hicieron sospechoso a los ojos de Huerta desde el primer momento. El general Manuel Zozaya, comandante de la guarnición militar de Chilpancingo, lo sometió a una estrecha vigilancia, haciéndolo virtualmente su prisionero.

Al asumir el poder Huerta, Zozaya –al igual que todos los antiguos militares federales– reconoce públicamente a Victoriano como presidente, y éste, como compensación a su fidelidad, lo ratifica en su cargo. Posteriormente, el mismo Huerta lo nombra gobernador de Guerrero, para suplir a Lugo al terminar éste su mandato.

Don José Inocente –a quien en ese momento le faltaban cinco semanas para concluir su periodo de gobierno– decide, terminar su encargo y entregar pacíficamente el poder, con la finalidad de no propiciar su encarcelamiento, o su muerte, si externaba algún descontento; planeaba incorporarse –después de la conclusión de su mandato– a la lucha contra el huertismo, pero al llegar a la Ciudad de México, Huerta lo manda aprehender y lo mantiene preso varias semanas en la comandancia militar de la plaza, de donde logra huir, y dirigiéndose por Michoacán a la Tierra Caliente de Guerrero, se incorpora a las fuerzas de su amigo el general Gertrudis Sánchez, quien ya estaba en Coyuca de Catalán en actitud rebelde contra el régimen espurio de Huerta. Ahí se le unieron a Sánchez los calentanos Salvador González, Julio Bahena y Cipriano Jaimes, que encabezaban otros grupos de gente armada.

Fue nuevamente en Huitzuco donde se inició la lucha guerrerense contra el usurpador Huerta. En esta ocasión, fue el Gral. Rómulo Figueroa al mando de sus contingentes –“los colorados”– quien comenzó la ofensiva contra las fuerzas huertistas el 6 de abril de 1913. Para entonces ya se conocía en Guerrero el Plan de Guadalupe, bandera del constitucionalismo en la campaña nacional contra Huerta, situación que logra que los grupos zapatistas que luchaban en Tlapa, Zitlala, Huamuxtitlán, Chilapa y Teloloapan también se unieran a la lucha contra las fuerzas militares leales a Victoriano Huerta.

En el primer combate –que se llevó a cabo en Tepecoacuilco– don Rómulo sufre un revés al enfrentar a las fuerzas del general huertista Antonio G. Olea, comandante de la plaza de Iguala, hecho que lo obliga a retirarse hasta Chilapa, en donde unió sus fuerzas con el destacamento local, también en rebeldía, al mando de Eustorgio Vergara. Después, hizo contacto con Julián Blanco  y con Abraham García, quienes comandaban otros contingentes armados, y, unido a ellos, logró éxito en varios encuentros contra fuerzas militares huertistas en las zonas centro, norte y Costa Grande del estado.

No obstante, en ese momento, una gran preocupación embargaba a don Rómulo: su hermano Ambrosio –a quien le habían cortado una pierna, por una herida de bala– continuaba en Chilpancingo a merced de Zozaya, quien lo vigilaba estrechamente, esperando que Rómulo intentara rescatarlo y emboscar a los rebeldes; sin embargo, don Rómulo nunca se atrevió a hacerlo, porque sabía que con ello firmaba la sentencia de muerte para su hermano Ambrosio.

Al no picar don Rómulo “el anzuelo tendido”, Ambrosio es trasladado como rehén a Iguala, con la finalidad –según le había dicho su “amigo” Martín Vicario– de que los tres Figueroa se reunieran en esa ciudad con las autoridades huertistas, para llegar a un arreglo y concluir las hostilidades; obviamente, este burdo plan que tenía como fin la captura y muerte de Rómulo –quien era la persona que más preocupaba al huertismo guerrerense– y sus hermanos, no tuvo éxito, pues tanto Rómulo como Francisco, en vez de acudir al amañado parlamento de Iguala, decidieron abandonar Guerrero y proseguir su lucha contra Huerta en otras entidades, medida que ellos creían favorable para Ambrosio, pues éste, según su opinión, salvaría la vida y sería dejado en paz ante la desaparición de sus hermanos del campo bélico del estado; por otro lado, ellos pensaron que su ausencia en la entidad también sería positiva para las fuerzas maderistas, ya que ante la falta de un mando militar y político único entre las fuerzas revolucionarias de Guerrero, los Figueroa y los zapatistas continuaban con fricciones, que entorpecían su labor.

Sin embargo, el gobierno espurio reaccionó con rabia ante el fracaso de su burda maniobra y mandó de inmediato fusilar a don Ambrosio (orden cumplida el 23 de junio de 1913 por el coronel Juan A. Poloney quien, poco después, sustituiría a Zozaya en el mando político y militar del estado).

Es entonces cuando las fuerzas defensoras de los intereses revolucionarios en Guerrero quedaron a cargo principalmente de tres hombres: Jesús H. Salgado, Encarnación Díaz y Julián Blanco quienes, durante los últimos nueve meses de la cruzada contra Huerta en Guerrero, fueron la columna vertebral del movimiento. Con excepción de la Costa Grande, en donde Silvestre G. Mariscal permanecía como un firme reducto de Huerta, el estado se hallaba filtrado por el zapatismo que amagaba continuamente a los federales, debilitando al huertismo por todas partes.

Para marzo del año mencionado, sólo en tres plazas ondeaba la bandera de Huerta: Acapulco, Chilpancingo e Iguala, que ante el impulso insurreccional habían sido aisladas lentamente. El principal baluarte era Chilpancingo, donde el gobierno disponía de casi tres mil hombres y numerosos pertrechos de guerra, que incluían cañones y baterías de montaña, razón por la cual, Jesús H. Salgado reunió en Cuetzala del Progreso una junta de jefes revolucionarios zapatistas, para planear el asalto definitivo a la capital del estado, que estaba defendida por los generales Luis G. Cartón, Juan A. Poloney, Paciano Benítez y el coronel Martín Vicario.

La captura de esta plaza, fortificada a conciencia por los militares, fue, sin duda, la operación más importante de la campaña revolucionaria contra Huerta en Guerrero; una verdadera hazaña del pueblo armado, en la que éste exhibió su valentía y su coraje. El plan de ataque se formuló así: Encarnación Díaz y sus fuerzas quedaron en las inmediaciones de Mezcala, para contener el paso de apoyos que pudieran movilizarse de Iguala a Chilpancingo; Jesús H. Salgado y Heliodoro Castillo atacarían por occidente, desde los rumbos de Amojileca y Chichihualco; las fuerzas zapatistas del oriente de Guerrero, unidas a las que llegaron de Puebla y Morelos, lo harían dirigidas por Emiliano Zapata en persona, quien estableció su cuartel general en Tixtla; por su lado, don Julián Blanco llegó de Dos Caminos y se situó al sur de la plaza, en la salida hacia Acapulco.

General Luis G. Cartón

A mediados de marzo, Chilpancingo quedó sitiada, y a partir del 19 se intensificó el ataque, el cual fue incansable, persistente y, cada vez, más sangriento. Los sitiados resistieron con éxito las primeras acometidas, pues las armas de largo alcance mantenían a raya a los atacantes, pero el cerco iba estrechándose. Poco a poco, los víveres fueron escaseando en la ciudad y la situación de los defensores se hizo angustiosa; no obstante, aún así, resistieron.

Después de casi una semana, Encarnación Díaz apareció por Zumpango, y en un rasgo audaz y temerario rompió la defensa facilitando que el resto de los grupos atacantes se precipitara al unísono sobre la ciudad, como un verdadero alud. Fue entonces cuando Cartón, convencido de su derrota, evacuó Chilpancingo con dirección a la Sierra Madre, por el rumbo de Petaquillas, pero las fuerzas de don Julián Blanco lo persiguieron, le dieron un golpe demoledor matando a Poloney en la batalla, capturándolo a él y a su Estado Mayor, y decomisándole sus valiosos pertrechos, que finalmente fueron a parar a manos de la gente de Zapata, pues éste se los pidió a Blanco, quien no tuvo empacho en proporcionárselos.

Los jefes prisioneros –Cartón, Benítez y el coronel Leandro Peza– fueron llevados a Tixtla, en donde el propio Zapata los sometió a un Consejo de Guerra. Cartón y Peza –hijo del poeta Juan de Dios Peza– fueron sentenciados a muerte y Benítez, sólo a prisión. La ejecución se efectuó en Chilpancingo el 6 de abril. De los jefes defensores de la plaza, sólo Vicario logró escapar.

La captura de Chilpancingo facilitó, poco después, la toma de las dos plazas restantes en poder de los federales: Iguala y Acapulco. La primera cayó en manos de Castillo, Salgado y Díaz el 11 de abril de 1914, y Acapulco en las de Julián Blanco el 8 de julio del mismo año. De esta manera se consumó la conquista de todo el territorio del estado por las fuerzas revolucionarias.

 

Fuente: enciclopediagro.org

 

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