¡Ni un paso ataaás!

Armando Chavarría Barrera
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Ignacio Hernández Meneses.
 
Siendo estudiante de la histórica preparatoria 7, “Dr. Salvador Allende Gossens”, conocí a Armando Chavarría Barrera en las marchas convocadas por el Honorable Consejo Universitario de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAG) para defender el principio de autonomía universitaria en 1979.
El entonces gobernador Rubén Figueroa Figueroa pretendió con toda la fuerza del Estado desaparecer a la institución, y pisoteando la Constitución, retuvo el subsidio y mandó desaparecer a al menos 319 estudiantes, entre ellos a la compañera Victoria Hernández Brito (de Iguala) y a Carlos Díaz Frías, y a los hermanos Tlatempa (de prepa 7).
Cuando el doctor Rosalío Wences Reza (el hombre historia de la UAG) nos llamó a impulsar la consulta popular, en Acapulco, Augusto Brun López, consejero técnico de la Escuela de Ciencias Sociales-, se tomó el acuerdo que en la marcha programada para concluir en un mitin en el Zócalo, que al final del discurso de Chavarría, el tendría que gritar “y en la defensa de la autonomía universitaria, no habrá ni un paso atrás”, frase que desde abajo en la plaza Juan Álvarez tendríamos que apoyar y preguntar con un fuerte “¿A dónde?”, para que el presidente de la FEUG concluyera con contundente “¡Atrás!”.
Dicho lo anterior, ya en el mitin, gritó la frase del acuerdo, pero nosotros ya emocionados por la masiva concentración gritamos no solo un “¿A dónde?”, sino un también “¡No se oyeee!…¡Que lo escuche el déspota gobernador!… ¡Qué lo oiga el secretario de Educación!”, y de respuesta escuchábamos un desesperado “¡Ni un paso ataaás… ataás… ataás!”. Molesto, Chavarría bajó del kiosco y le reclamó a Brun, y es que hasta entonces nos acordamos que el ahora occiso era gangoso, tenía una voz afrancesada y con graves dificultades para pronunciar la “r”.
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Chavarría
no es como lo pintan
En algunas luchas estudiantiles coincidimos y en otras no. Siempre a las faldas del poder en turno, el muchacho -que se llevó más de ocho años estudiando la carrera, arrastrando varias materias reprobadas-, supo escalar con su oportunismo político, las diferentes representaciones que le ofrecieron pero nunca ganó un cargo de elección popular.
Quedó obsesionado por ser rector de la UAG. Intentó dos veces y dos veces fue aplastado en las urnas –por eso es un mito su liderazgo estudiantil- y como premio de consolación, su amigo el entonces gobernador Ángel Aguirre Rivero le puso en charola de plata la delegación del INEA, donde Chavarría se fue al exilio y metió y basificó a su gente. En ese entonces, el maestro y ex rector Nelson Valle López, le cargaba la maleta.
En la elección del 87, en la que ganó con fraude en la prepa 17, el gris rector  Ramón Reyes Carreto lo expulsó de la UAG, luego de que incurrió en conductas antiuniversitarias junto con Florentino Cruz Ramírez, pero el STAUAG, sindicato al que tanto golpeó como rompehuelgas, lo defendió.
Como estudiante defendió los derechos laborales de los trabajadores de la otrora “Flecha Roja”, Líneas Unidas del Sur, SA de RL., aglutinados en la coalición “14 de Diciembre”, pero al interior de la UAG con su grupo estudiantil ACNR –autodenominados los “Nuevos cívicos”- y la Izquierda Independiente, rompían la huelgas primero del USCUAG y luego del STAUAG. Era un candil de la calle.
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¡No votes, no votes,
por esos monigotes!
Resulta paradójico que Chavarría y su gente en la UAG se oponían a las elecciones como la vía de tomar el poder y empezar hacer los cambios. Así, combatieron al PCM, PSUM y PMS a los que llamaron “reformistas” y  en los hechos fueron cómplices del PRI, con sus consignas: “¡No votes por esos monigotes!”, “¡Revolución o muerte!”, pero nunca hicieron revolución alguna, y su grupo empezó a vivir de las migajas del poder que fueron negociando en el PRD, de pluri en pluri, ejemplo más reciente son las regidurías heredadas a sus hijos.
En otra marcha en Acapulco, mandó a confiscar el periódico “Tribuna Proletaria”, editado por la Corriente Socialista. Los porros enviados por Chavarría golpearon ferozmente al compañero “El Lacandón”, solo porque CS exigía congruencia en el Consejo Universitario a Chavarría y a su gente que eran mayoría en el máximo órgano de gobierno de la UAG y en la nómina.
En su autobiografía, Chavarría reconoce que vivió en carne propia la pobreza extrema. Pero al final de su historia, cosechó mucha riqueza a la sombra del poder, es decir, fue de los monigotes que amasaron fortuna en nombre de la lucha por la democracia.
 
El último discurso
“No admitiremos que mediante presiones de ninguna naturaleza se atente contra la autonomía del Poder Legislativo. Como poder soberano, el Congreso local sabrá resistir cualquier intento para doblegarlo, venga de donde venga. Admitir chantajes o ceder o amenazas sería traicionar a la ciudadanía y ésta no lo perdonará. Por ello esta Legislatura ha acordado que cualquier tipo de agresión o algún integrante de esta soberanía, se asumirá como signo inequívoco de ataque al Congreso”: Diputado plurinominal Armando Chavarría. En ese entonces el gobernador era el jalisciense Carlos Zeferino Torreblanca Galindo.

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