El agarron de Peña Nieto y López Obrador por el populismo

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Las recientes declaraciones del presidente Enrique Peña Nieto y algunos otros funcionarios de los altos mandos en contra del populismo han reabierto un debate ideológico. El término «populista» en el contexto mexicano a quien más apunta hoy en día es al líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador. Sin embargo, el término resulta ambiguo entre su significado y la interpretación o uso que se le ha dado a lo largo de los años. Entonces, ¿de qué diablos hablan los políticos ahora? ¿Con qué intenciones rescatan el término, que además está en boca del mundo entero por las más recientes elecciones?

Desde hace más de un año, las declaraciones de Peña en contra del populismo han sido una constante en los discursos oficiales. Recordamos una de las primeras, durante su intervención en la máxima tribuna de la Organización de las Naciones Unidas en septiembre de 2015.

Pero es en los últimos meses cuando el discurso antipopulista de Peña Nieto ha sido más recurrente. Sin ir más lejos, insistió en él ante banqueros, durante la Convención Bancaria número 80, luego de que López Obrador ampliara su ventaja en las más recientes encuestas de preferencia electoral rumbo a 2018. En ese evento, de manera inusual, el gobernador del Banco de México, Agustín Carstens, afirmó que la autonomía del banco central permitirá contener el avance del populismo.

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Una postura a la que líderes de Morena respondieron que el reparto de despensas y apoyos sociales en tiempos electorales plantea una contradicción a la crítica presidencial.

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La dicotomía populista

Pero el tabasqueño también ha acuñado el término populista, tanto para criticar al presidente como para defenderse de los señalamientos. «Peña es totalmente demagógico; nunca dijo, por ejemplo en la campaña, que iba aumentar los impuestos o que iba privatizar el petróleo. Engañó a la gente. Ha sido populista y demagogo… Y corrupto», señaló AMLO en julio de 2015.

Por otro lado, en un spot publicado en agosto de 2015, AMLO aseguró: «Si por ser honesto, por actuar con responsabilidad social y por la vía pacífica me acusan de populista, que me apunten en la lista».

Pero el PRI no es el único partido que ha arremetido contra el populismo de López Obrador, ya que también el líder nacional del PAN, Ricardo Anaya, ha tachado al «populismo» de Morena como enemigo del partido blanquiazul.

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LAS MUCHAS CARAS DEL POPULISMO

Sin embargo, la ambigüedad en torno al concepto da cabida a múltiples interpretaciones, entre las cuales, personajes tan disímiles como Donald Trump, Hugo Chávez, Barack Obama, Marine Le Pen, Evo Morales, Rafael Correa y José Mujica han sido etiquetados o se han autodenominado como populistas.

En junio de 2016, el entonces presidente Obama respondió así a los señalamientos de Peña Nieto contra el populismo. Y si bien los reproches de Peña iban dirigidos a López Obrador, la respuesta de Obama tenía como destinatario a Trump.

«Me preocupo por la gente pobre, que está trabajando muy fuerte y no tiene la oportunidad de avanzar. Y me preocupo por los trabajadores (…) y creo que tenemos que tener un sistema de impuestos que sea justo», expresó Obama. «Supongo que eso me hace un populista», agregó.

Por su parte, el expresidente de Uruguay, José Mujica, se asumió como populista durante su más reciente visita a México, en octubre de 2016.

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE POPULISMO?

El diccionario Oxford refiere al término como «apoyo a las preocupaciones de la gente común». En un sentido similar define populista: «un miembro o adherente de un partido político que busca representar los intereses de la gente común. Una persona que apoya o busca apelar a las preocupaciones de la gente común».

Una definición que, irónicamente, defiende los mismos principios de la democracia, pero que en el ámbito de lo político resulta ambigüa, coinciden politólogos, historiadores y filósofos.

Para el politólogo holandés Cass Mude, explica el historiador español Jaime Aznar en un artículo para The Huffington Post, el populismo se trata de «una ideología que considera que la sociedad debería separarse en dos grupos que son a la vez homogéneos y antagónicos: el pueblo, que se define como puro, y las élites, definidas como corruptas».

«Es un término resbaladizo, polisémico, poco claro, confuso, porque se refiere a un fenómeno no bien delimitado ni fácilmente delimitable, enigmático, con muchos elementos convergentes y difíciles de discriminar. Quizá la expresión que resumiría, sintéticamente, estas dificultades sería: ambigüedad. Y es que la ambigüedad constituye característica inherente a los fenómenos y a la retórica populista», señala el filósofo Horacio Cerutti Guldberg en su texto «Populismo».

GARY GRANJA / REUTERS

POPULISMO CONTRA LAS ÉLITES NEOLIBERALES

La ambigüedad del término es también compartida por el historiador Ernesto Laclau, quien en su libro La razón populista reivindica el populismo frente a la lógica neoliberal: «La crítica clásica al populismo está muy ligada a una concepción tecnocrática del poder, según la cual sólo los expertos deben determinar las fórmulas que van a organizar la vida de la comunidad».

En el mismo sentido, el filósofo Enrique Dussel sostiene que la discusión en torno al populismo en lo que va del siglo 21 refleja que «un cierto cansancio ante las fórmulas neoliberales por parte de las élites, y la constatación de las masas populares de los efectos negativos del ‘consenso de Washington‘, han promovido movimientos y decisiones que se juzgan como ‘populistas’ por los grupos o los intereses conservadores, dentro de América Latina o desde fuera, es decir, desde Estados Unidos o Europa».

STEPHANE MAHE / REUTERS

EL CAUDILLISMO CONTRA LAS INSTITUCIONES

«El populismo —que también asume muchas expresiones— no tiene demasiado aprecio por las construcciones liberal-democráticas. Asumiendo que el pueblo tiende a construir una representación personalísima del mismo. Ese pueblo sin fisuras, concebido como un bloque monolítico, no requiere de un complejo sistema de mediaciones para expresarse. Por el contrario, el pueblo y su liderazgo son una y la misma cosa y el laberinto democrático suele ser contemplado como una barrera innecesaria para la manifestación de las aspiraciones populares», señala el politólogo José Woldenberg en su texto «¿Liberalismo o populismo?».

«Al líder populista le atrae y alimenta la relación directa con el pueblo. Le gusta la plaza no el Congreso. Tiende a despreciar o minusvaluar las Cámaras donde se expresa el pluralismo, no soporta que se le contradiga o impugne ante el Poder Judicial, las instituciones que le hacen contrapeso son vistas como enemigas», añade Woldenberg.

De este modo, desde la mirada liberal, el populismo puede concebirse también como «un maniqueísmo intimidatorio, el mundo partido a la mitad, de un lado el bien y, del otro, el abismo. Si no estás conmigo eres un traidor, el antipueblo, la mafia», escribe Jesús Silva-Herzog Márquez, en su columna «Antipopulismos».

«No hay lugar para la vacilación. No hay sitio para la duda. Aquí o allá; estás conmigo o contra el Pueblo. En esa disyuntiva radical habita el corazón del populismo. No se trata de impulsar una serie de reformas, no se buscan enmiendas bienhechoras: se trata de conquistar el poder negado; de recuperar lo que en mala hora se perdió», añade el académico.

POPULISMO A LA MEXICANA

Pero entonces, ¿cómo puede comprenderse este conflicto entre liberalismo y populismo en el contexto mexicano? ¿Cómo entender la polémica de las últimas semanas que tiene como trasfondo una lucha política entre el PRI, PAN y Morena rumbo a 2018?

Y mientras el líder de los Asociación de Bancos de México, Luis Robles, dio el espaldarazo a Peña Nieto a la hora de defender el proyecto liberal frente al populismo, algunos analistas consideran que la ambigüedad del término se presta para beneficiar casi cualquier tipo de intereses en la arena político-electoral rumbo a 2018.

«Lo malo y limitado de la pregunta que presidió la Convención Bancaria es que parece que no existen más que dos sopas. Y ese problema de diagnóstico lo que construye es un callejón con dos salidas falsas, aunque sería mejor decir, dos salidas insatisfactorias. México requiere apuntalar, fortalecer y ampliar muchos de los logros que han edificado una germinal democracia. Pero si a esa agenda no se le agrega la llamada cuestión social, mucho de lo alcanzado se puede reblandecer (de hecho eso ya está sucediendo)», señala Woldenberg.

«Los banqueros mexicanos han querido definir la disyuntiva de nuestro tiempo como la oposición entre el liberalismo y el populismo. Sirve a sus propósitos el identificar populismo con demagogia e ineptitud. Nos engañamos si no nos damos cuenta que es espejo de las democracias fallidas, síntoma de un fracaso inocultable. Puede enfocarse la polémica de nuestros días, en efecto, como un contraste entre los procedimientos y derechos liberales y los arranques populistas. También puede verse como un contraste entre la energía democrática y la sordera liberal», remata Silva-Herzog.

 

Fuente: Huffington Post

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