“La gente habla de las películas con narrativa documental o ideológica pero yo veo el cine como una narrativa espiritual que nos resistimos a ver, se nos cierra la mente”, expresa el cineasta irlandés Jim Sheridan, quien cuenta en su carrera con seis nominaciones al Oscar gracias a su trabajo en filmes como Mi pie izquierdo, en 1989 (una de las primeras películas del reconocido actor Daniel Day-Lewis), En el nombre del padre (1993) y En América (2003).
Con formación teatral, el realizador se acercó al cine casi cuando iba a cumplir 40; en los años 80 decidió cruzar el océano Atlántico de Irlanda a Estados Unidos. “Mi denuncia hacia lo que vemos con Trump es genuina, surge de mi historia personal. Por eso siempre hay una presencia migrante en mis películas. Yo fui migrante en Estados Unidos y hasta pensaba que era ilegal pero nunca lo fui, sin embargo, eso me hace sentir empatía por lo que se vive en la actualidad”, expresó en una conferencia magistral como parte de las actividades principales del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG), realizada en el Teatro Diana.
El puente que derribó muros fue el nombre de la charla magistral, para hablar de cómo a través de su historia y su cine ha encontrado una forma de manifestar su empatía con las causas sociales sobre los migrantes: “son ellos los que más cumplen las leyes de cada nación, porque tienen que irse de su país y esconderse; porque se convierte en una clase esclavizada, son los más cumplidores de la ley porque no pueden ir a los servicios públicos y trabajan por salarios muy bajos, es por eso que no entiendo lo que dice Trump, creo que no se ha puesto a pensar en sus propias políticas económicas”, dijo el cineasta.
“Siempre he pensado que una película debe abrir la mente a otras experiencias pero muchas veces el manejo financiero tiene consecuencias en la vida. Los estudios no manejan películas independientes y nadie lo menciona. En los 90 cuando empecé y preguntaba a Martin Scorsese sobre la industria, me decía que tenía límite de taquilla, lo mismo pasó con Woody Allen, y eso pasaba porque sólo es un cine que se ve en ciertas regiones”, comentó.
“Estados, que le dieron el triunfo a Donald Trump en la Presidencia, son lugares en los que sólo se ven películas de Superman o superhéroes, que veneran el patriotismo y no ven más allá de ese tipo de películas (que no reflexionan). Son lugares en donde no han visto cine europeo ni conocen otras culturas como la mexicana y que además ignoran que sus antepasados son europeos. Todo lo que viene de fuera, sea irlandés o mexicano o de donde sea, les parece invasivo y eso se vuelve un absurdo”, añadió.
Su inconformidad con la situación política y la ideología norteamericana está plasmada en su cine y el creador irlandés se dio a la tarea de presentar en México una de sus manifestaciones artísticas con la proyección del cortometraje 11 horas, una película protagonizada por Salma Hayek y Gabriel Castilho, que aborda la historia de un matrimonio dueño de un bar en Nueva York la noche del 11 de septiembre.
“El Brexit y Donald Trump fueron el motivo para hacer el corto. A la gente se le olvida que hubo ocho años de gobierno demócrata y tampoco están preparados para el cambio. En las películas trato de abordar la política para que sea accesible a la gente. Pero tenemos que lidiar con intermediarios como los exhibidores que, en Estados Unidos, se interesan en mostrar la cinta en lugares como Boston o Nueva York pero yo quería llegar también a otros como Ohio, en donde nunca se exhibió cine europeo y que es el mapa que rige las votaciones”, dijo.
El realizador comparó la situación que vive ahora México y Estados Unidos con la que se vivió en los años 90 entre su natal Irlanda e Inglaterra, y que ha continuado a través del tiempo: “Cuando hice la película de En el nombre del padre, metí en una celda a un padre no conflictivo y a su hijo en la misma para reflexionar sobre muchas cosas, y en Inglaterra me criticaron porque no podían concebirlo, yo les decía que prefería darles al menos en el cine un lugar en el que pudieran verse unidos, no como ocurría con nuestros países”, explicó.
“Creo que lo que pasaba en ese entonces es lo que ahora se vive en Estados Unidos. Inglaterra quería separar al padre y al hijo porque se sentían con poder, mientras el mundo me aplaudía porque se pudieran unir. Es una moraleja como la del violador que al sentirse poderoso cree que tiene el derecho de lastimar, así los países poderosos hacen cosas en nombre de un bien que en realidad es maldad”, enfatizó.
“Si nos ponemos a pensar como Trump, tendríamos que decir que todos somos invasores en Estados Unidos, porque esa era una tierra de indios”, concluyó.