Por: Lupita Jaimes
Cuando estas tensa y sin saber que escribir por los problemas que te agobian y por las injusticias que siempre vivimos, nos da en muchas cosas en que pensar, y retornas aquellos ayeres cuando todo era paz, amor y tranquilidad.
Pues bien, en el año de 1985, nace una generación de productores de servilleta artesanal, típica de la región de Chilapa, la pareja recién casada empieza su ciclo familiar, él joven y sin trabajo, pero con familia empieza a buscar trabajo.
Al no encontrar se enseña a tejer la servilleta, en ese entonces los negocios te daban para comer y para invertir, pero te la llevabas tranquilo, con un salario propio, pero con mucha producción.
El joven Fidel, así lo conoceremos, tenía en esa época sus escasos 17 años y su fiel compañera contaba con 14 años, pero ya eran una familia, con ilusiones y preocupaciones como todas las familias, felices y contentos.
Su primer telar fue regalado por su suegro al cual conoceremos como Juan, quien le enseño a realizar la elaboración de la servilleta artesanal, para elaborarla se tenía que comprar un paquete de hilaza, la cual era procesada para ser pintada y otra blanqueada, posteriormente secarla y almidonarla.
De ahí, se realizaban los cañones (carrillos llenos de hilos), estos se utilizaban en la redina y andadera para su proceso, una vez terminado se urdían en el urdidor para elaborar la tela, esta se colocaba en un telar (aparato de madera grande, donde se tejía la servilleta) una vez hecha la tela, se ataba al liso, para después empezar a tejer las servilletas.
Cuando se empezó con este trabajo, el sr. Juan ya había pasado por una generación similar a la que estaba viviendo Fidel, pues también le enseñaron a tejer, pero empezó con el rebozo y posteriormente con la servilleta.
Fidel se desesperaba, cuando las pisadas en el telar no son las oficiales, los hilos se revientan y hay que atar de nuevo para que no salgan tlancujeas las servilletas (abiertas), sus pies se le hinchaban pues no estaba acostumbrado a tejer, su espalda terminaba muy cansada, puesto que era un trabajo de locos, hay que hacer para deshacer.
En una semana se tenían que hacer hasta 10 docenas de servilletas, se tenían que empuntar, doblar y prepararlas para irlas a vender los fines de semana, en ese entonces había más comparadores por mayoreo y estos a la vez las revendían, era mucha la producción puesto que el famoso tianguis dominical de Chilapa, daba cobijo a más de 15 productores de servilletas.
Los inversionistas compraban a todos los productores de servilletas, y ellos mantenían casi el mismo precio, era poca la diferencia pero si se vendía, la temporada buena de servilleta era en la semana de los fieles difuntos, los señores de campo ofrendan a sus fieles difuntos y todos compraban en esa época nuevo, desde una simple taza hasta una olla de peltre nueva para su ofrenda.
Decía el sr. Juan que era la feria de todos los negocios, porque todo se vendía, pan, chocolate, pastas de mole, chile seco, flores, ajos, trastos, frutas, velas, incienso, carnes, entre infinidad de productos, pero lo más importante que siempre se llevaban las personas de campo, dos a tres docenas de servilletas.
Las servilletas eran utilizadas en sus ofrendas para colocar el pan o las tortillas, que se colocaban en el altar, por eso decía que era la feria de todos los productos que se vendían en esa época.
Como artesanos de la servilleta, comento Fidel, “cuando empecé a tener la servilleta, me cansaba mucho, mis pies y espalda me ardían, pues no estaba a acostumbrado a tejerlas, no tenía ni idea de que era el trabajo, pero por amor uno cambia.
Los primeros días, era de dormirse a las 12 de la madrugada o una de la mañana para levantarse a las 5:00 de la mañana para iniciar la jornada de trabajo, pues como propio patrón tenía que levantarme temprano si quería ganar un poco más y salir a pasear con la familia.
La servilleta se tejía en color blanco y rojo, se hacían figuras de rombito en pequeño, después llego el estilo Oaxaca, donde ya se podían tejer manteles y se les ponía letras, recuerda, (esa parte ya no me la enseño mi suegro), solo aprendí la del tejido normal, cuando ya estas adentrado en el proceso de ella, todas las noches nos sentábamos enfrente del televisor, y apurados haciendo las canillas para tejer a otro día temprano.
Era una época donde te sentabas a tomar tu café con pan o chocolate, bien los fines de semana el box, comentando con la familia, puesto que las familias eran grandes, grandes por el número de hijos que se tenían en cada una de ellas, sonríe y respira profundo , sentado en la cama, observa la calle y ve un cielo inmenso , dice- vez- viene un águila, que raro ver un águila aquí en este lugar- conteste –si –muy raro- sin embargo mi corazón se estremeció y mis ojos se nublaron.
Continuamos con la charla, -sabes-, recuerdo cuando don Chato, (tejedor, en ese entonces se alquilaban para hacer servilletas) así, lo conocí, -dice-, siempre estaba tomadito, nunca se casó, nunca conocimos familiares, y siempre tejió servilletas, fue uno de los que murieron también en la elaboración de ella., fue triste recordar esa parte.
Sonríe y comenta, doña Gabina era la que empuntaba y empuntaba también el rebozo, aunque se seguía haciendo era poco lo que se elaboraba, se tenía que poner en una mesa la servilleta y encima de ella una plancha de carbón, la cual se ocupaba en frio para su empuntando y se llevaba el mismo tiempo y dedicación para empuntar, en esa época muchas mujeres empuntaban servilletas y se ganaban unos cuantos pesos.
Fidel, nos cuenta, no todo era dulce en la elaboración de la servilleta, también había temporadas malas, donde te paseabas y ningún productor te compraba por mayoreo y esa semana en familia se sufría , porque no había para la comida, se tenía que pedir prestado y buscar entre semana algún comprador para poder salir la semana.
Los más bonito que considere de la elaboración de la servilleta, era la descendencia que uno puede dejar, en este caso los conocimientos, pero el tiempo nos alcanza y uno nunca sabe, solo el primero de mis hijos vivió esa parte conmigo, los demás ya no, un error de padre, pero la industria de la servilleta se estaba muriendo y había que buscar nuevas opciones.
Recuerda- un día recuerdo la travesura de los niños, ellos andan jugando y la hilaza se echaba en cajetes de barro, grandes donde se metía uno a pisar la hilaza para aflojar el hilo, se echaba jabón y a los niños les encantaba, pero siempre había un adulto con ellos, en esa ocasión, no nos dimos cuenta y cuando llegamos, los chamacos tenían fiesta, las burbujas salían del cajete por donde quiera, ellos bien mojados, la hilaza llena de tierra y ni modo, tres sinturonazos les dimos, era más la risa que tenía por dentro, pero si dejaba pasar ese momento, lo volverían hacer.
Sonríe y dice,-si amas a tus hijos, hay que jalarles la rienda en el momento indicado, es mejor llorar con ellos de niños a llorar con ellos de grandes- , pero mi suegro no se aguantó, ese si llego y hasta regañada les toco, pues unos de los chiquillos hasta el tanque se cayó, otro poco y se nos ahoga, fue la travesura del día y el susto del día.
Le pregunto- ¿en algún momento amó su trabajo?- me mira y su mirada triste, caída y desolada, voltea a la ventana y repite, ya viene mi amiga el águila, raro verdad- si – conteste-, me dice- Una de las cosas que más ame, fue la enseñanza de mi suegro, gracias a él mantuve a mi familia más de ocho años con la elaboración de la servilleta da para comer y da para invertir.
Cuando los niños son pequeños te alcanza para comprar, con forme va pasando el tiempo, también los gastos van aumentando, mi primer lanzadera la tengo de recuerdo, sonríe y dice- anda por ahí tirada – de reojo ve si esta donde la dejo, su lugar “las escaleras de su casa”.
De pronto se echa una carcajada y dice-. Una vez cuando chupe la lanzadera me andaba ahogan pues jale mucho el aire y el hilo se metió a mi garganta con todo, hasta rojo quede y tose, tose, pero “yo”, por jalar con mucho aire el orificio, por eso no debe uno de enojarse cuando trabaja uno.
Lo que más me desagradaba de mi trabajo, era cuando hacia canillas o cañones, si no los sabias hacer bien se desembocaban y había que volverlos hacer, o cuando te cortaba el hilo, duele demasiado y se tenía que poner uno un papel en el dedo para poder seguir trabajando, fuera de eso, todo normal.
Recuerdo aun en la casa se hacia la tendedera de madejos de hilaza en los carrizos, para que esta se secara, ya se ha blanca o roja, o cuando llegó la temporada de hacerla de color, se tenía que comprar colores y teñirlos para que la servilleta luciera diferente, aunque la más común o de venta era la de rombito, una figura que iba en medio de la franja de rojo.
Se compraban los colores por gramos, el blanqueador y era la famosa golondrina que deja una blancura en la hilaza de lo mejor, el almidón que se compraba por kilo, para este fino tejido de servilleta, un proceso sin duda alguna de mucho trabajo, pero se disfrutaba la convivencia, por esos las casas tenían corredores grandes, un día se cae la piedra que da equilibrio a la tela para tener una tela firme y bueno ahí tienes al abuelo Manuel atando la tela de nuevo al lizo para poder trabajar, todas las personas tenían una función para la servilleta.
Sabes- lo más triste de esto era ver como la industria del rebozo se acabó primero, llegan las servilletas de imitación y terminan con la industria de la servilleta artesanal, y nos deja sin trabajo a mi suegro, a mí, y otros más que no recuerdo su nombre, fue triste, no sabía otro oficio y empieza uno a padecer hambre.
Empiezo a buscar otro trabajo, sin embargo añoro los días donde nos juntamos ante el televisor, la abuela Sofía, su hijo juan y yo, quien estamos juntos pero en una época distinta, donde ahora todo es eterno, me mira y dice – vez el águila volvió- , lo vi y se despidió, murió a un lado mío contando su vivencia un 23 de octubre de 2014, el cáncer se lo llevo…..