El Filósofo Güémez

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ADMITE UNA COSA…

Por: Ramón Durón Ruiz

Hoy parafraseo al alemán Otto Von Bismarck, “En ninguna parte se miente tanto como: antes de las elecciones y después de la caza”

Casi todos los políticos son buenos para eso de echar mentiras, pero lo cierto es que HOY no me referiré a ellos. Hablaré, sí, de los más colosales mentirosos, que sobre el mundo han sido y son: los cazadores y los pescadores.
Solía decir Churchill, que entre todas las clases de mentiras las más tremendas son las de estadísticas. Estadísticamente eso es mentira: las mentiras más monumentales son las que contadas y cantadas por los cazadores y los pescadores.

En el prólogo de uno de mis textos dedicado a los hombres del rifle y del anzuelo, mi querido amigo y formidable maestro Armando Fuentes Aguirre “Catón” dice: “Los cazadores y los pescadores nunca se miden, yo no doy mucho crédito al dicho de San Huberto, celestial patrono de los cazadores, según el cual se le pareció un venado con una cruz luminosa entre la cornamenta de 18 puntas.

No dudo de los milagros, pero dudo de San Huberto por la sencilla razón de que era cazador. De lo que cuen¬tan los cazadores la mitad no es cierto y la otra mitad es mentira. A lo mejor ese venado ni tenía 18 puntas ni mostraba cruz alguna entre los cuernos”

Los cazadores y los pescadores forman parte del selecto grupo de personajes populares que tienen a flor de piel una inigualable imaginería con la que atrapan los sentidos.

Dice un refrán: “Para decir mentiras y para comer pescado, hay que tener mucho cuidado” Ignorante en los quehaceres de una de las artes más antiguas, no sé si los pescadores tengan cuidado cuando se comen lo que pescan, pero ciertamente no lo tienen cuando hablan acerca de lo que pescaron o de lo que cazaron.

Me escribe el Ing. Armando Lara, desde Anáhuac, Nuevo León, dice que es la región de los mejores venados cola blanca texanos del país, me cuenta que “el Juan «NITO» Rendón, es un cazador y pescador del pueblo ¡De los buenos! y lógicamente excepcional pa’ la mentira, cuenta que: “En una ocasión degustando con los amigos una carne asada platicó como había cazado un venado de 21 puntas, contó que iba por la brecha cuando pardeaba la tarde y al dar vuelta por el camino, que va viendo de espaldas a un vena’o cacaixtlón […Muy grande, en lenguaje de cazadores] que le apuntó y que le tiró, ¡po’s no me la han de creer, pero le pegué en la mera frente!

— ¡Ha chinga, chinga, chinga! –exclamó la raza llena de incredulidad– ¿Cómo que en la frente ‘abrón? Po’s no que el venado estaba de espaldas.

— Es que antes de tirarle… ¡Le pegué un chiflido… y volteó a verme!”
La cacería y la pesca son una forma de vida de los hombres de la región nores¬te de nuestro país. Pescar y cazar es tan antiguo como el hombre mismo; representa una actividad para la que se requiere habilidad, genio, sutil ingenio, graciosa picardía y hasta fina ironía de aquellos que hacen de éste oficio una vocación de vida.

Apropósito de cazadores: “Simpliano se fue de cacería de osos, después de armar el campamento salió y se encuentra con un pequeño oso de color marrón, lo centra en la mira y le dispara espantando al animal, pues falla el tiro. Entonces siente un golpecito sobre su hombro y al darse vuelta, ve un gran oso negro que le dice:
— Tienes dos opciones: O te muerdo hasta la muerte o nos entendemos con sexo.

Simpliano opta por la segunda opción decide agacharse. Aunque se sintió dolido por 2 semanas, rápidamente se recupera y juró venganza. Por lo que hizo otro viaje para encontrar al oso negro, al poco tiempo lo divisa y le dispara, fallando de nuevo el tiro.

Entonces sintió otro golpecito en el hombro. Esta vez un enorme oso grisáceo estaba atrás. Era más grande que el oso negro y le dice:

— Esto te va a doler pero tienes dos opciones; o te golpeo hasta la muerte o nos entendemos con sexo.

Otra vez piensa que era mejor perder su dignidad que su vida. Aunque sobrevive, pasan muchos meses hasta que logra recuperarse… Ultrajado, se dirigió de nuevo al bosque con una sola meta: ¡Matar al oso!
Logró encontrar la pista del oso grisáceo, lo ubica y le dispara, fallando nuevamente. Vuelve a sentir un golpecito en el hombro, giró y ve un descomunal oso polar que mirándolo fijamente le dice:
— Admite una cosa ‘abrón… ¡TÚ NO VIENES DE CACERÍA!”

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