Madre, mi adorable ensueño, mi adeudo impagable

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Por José Nieves Sebastián Pérez

Madre tuve un maravilloso sueño. No obstante que no te veía, si escuchaba tu voz e intuía tu presencia. Nadaba en un mar antiguo, muy primitivo, que generosamente me proporcionaba todo lo que necesitaba para vivir. Créeme madre, era un espectáculo impresionante, frente a mi se mostraba el origen de la vida. En ese festival evolutivo aprecié el proceso de milenios en un tiempo extremadamente corto. Nada me faltaba, contaba con protección para preservar mi integridad física, el clima era ideal, oxígeno y nutrientes suficientes, en realidad era un paraíso inigualable, pero tuve que despertar y al hacerlo, ¡había nacido!

Mi primer contacto fuiste tu madre, pronto pude conocerte, apreciar tu bello rostro y a través de tus ojos expresivos conocí tu alma transparente, noble y generosa. Madre, mi primer amor profundo, sutil y eterno, ha sido y seguirá siendo el tuyo.

Desde el momento de mi nacimiento, sin importar las circunstancias y las dificultades que pudieras enfrentar, haz estado a mi lado.

Haz estado a mi lado para enseñarme a ser honrado, a respetar, a ser generoso, a compartir y a ser inmensamente feliz.

Haz estado a mi lado para enfrentar mis dudas, mis miedos y más duras pesadillas.

Haz estado a mi lado para mitigar mis penas, curar mis heridas, para darme atención médica y estar siempre alerta para protegerme de cualquier riesgo.

Haz estado a mi lado para entregarme tu sincero afecto, tu ternura, tus caricias, tus besos, tus abrazos, tus palabras oportunas y tus formidables historias que alientan y regocijan y que son más importantes que cualquier bien material. Al observar todo lo que haces por tus hijos, das la impresión que Dios te ha dado el don de la omnipresencia.

Madre mía, eres una extraordinaria heroína con una incansable y misteriosa misión, para proteger a tus hijos, que tal vez contenga instrucciones divinas, que sólo tu presientes y desempeñas eficazmente. Tu función como madre es una faena gloriosa y fascinante y sobre todo profundamente humana.

Como desdeño las ataduras, no acumulo riquezas y te adeudo tanto madre mía, que nunca podré pagarte en términos económicos, sólo te ofrezco mi eterna gratitud y el exquisito e inmenso cariño de mi corazón.
¡Bendita seas mamá donde estés y benditas sean todas las madres del mundo!

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