Por: Cristina García Florentino
Una vez que el descubrimiento de un “nuevo mundo” se realizó en 1492 y las huestes europeas fueron penetrando en un continente desconocido para “el viejo mundo”, se fueron reconociendo nuevas tierras de promisión y progreso que ofrecían paisajes extraordinarios y contrastantes entre sierras, bosques, selvas, costeras, valles y llanuras, que contenían una enorme riqueza natural; y ante el dominio totalitario y autoritario de la presencia de gobiernos españoles, ya fuera a través de sus estructuras virreinales, su ejército y sus legiones congregacionales de sacerdotes, frailes y órdenes religiosas, que fueron conquistando la señorial Tenochtitlan y gran parte del territorio de Mesoamérica, por lo que se dio de forma inminente el llamado “encuentro de dos mundos”, primero por el encontronazo frontal de orden socio-cultural de dos visiones cosmogónicas diferentes y extremas, por sus conceptos teo-céntricos y divinos, con creencias, costumbres, tradiciones y formas de vida disímbolas e inentendibles, tanto para europeos como indígenas, al cruzarse las coordenadas de sus culturas.
Más tarde, por el intercambio social que se va proponiendo, desarrollando e impactando
debido a los variados conocimientos sobre las sociedades propias y, posteriormente, en un ritmo vertiginoso de constante nutrición e intercambio de valores espirituales, concepciones y visiones del mundo y sus avatares, así como un permanente predominio coercitivo de las organizaciones europeas a través de autoridades virreinales, los jurados del santo oficio y las instituciones políticas, económicas y religiosas, que se fueron instaurando paulatinamente, especialmente de España para con los nativos del Caribe, Mesoamérica y Suramérica, a través de audiencias, corregimientos, encomiendas y procesos de castellanización, cristianización y culturización española.
Una vez que se desarrollaron las acciones, Cortés se fue enterando de las riquezas naturales que se guardaban en cada región y, siendo que la mayor parte de su interés se inclinaba por los metales más valiosos, como lo pudieron haber sido el oro y la plata que anteriormente se tributaba a los Mexicas, bajo el entendido que parte de estos recursos provenían del sur; siendo fiel a su ambiciosa costumbre ordenó de inmediato una exploración minuciosa e inaplazable y un reconocimiento geográfico detallado por estos lugares surianos.
Con la precisión y la información de sus aliados y posiblemente algunas visiones subjetivas y circunstanciales al regreso de los exploradores españoles, éstos le fueron informando que efectivamente la región suriana contaba con incalculables riquezas que podrían aprovecharse debidamente a favor de la corona española.
Por un lado, la España semi-feudal que accidentalmente se topa con el descubrimiento de América y que se parapeta y se fortalece en la autoridad papal para posesionarse de las nuevas tierras, a la vez que se encuentra rodeada y atosigada por las potencias en proceso de industrialización como Francia, Inglaterra y Portugal, con sus preceptos incipientes y relativas de un capitalismo inicial y de las ideas de la Ilustración y el Enciclopedismo, que dieron luz a una nueva visión humana y tiene como propósito mayor la explotación de los recursos naturales americanos hasta la saciedad.
Bajo estas observaciones se puede afirmar que a la mayor parte de América la conquista el país más atrasado culturalmente de Europa, el más desprotegido y de lento aprendizaje, con sus monarcas aletargados y dinásticos, junto a sus clericales miembros conservaduristas que extendieron sus influencias a las regiones de Aridoamérica, Mesoamérica y la parte central y sur del mismo “nuevo” continente. Y que sin idealizar a ningún sistema de producción, entablaron un intercambio de sociedades y culturas que impactaron, para bien y para mal, nuestros entornos comunitarios, los ecosistemas americanos, las producciones primarias de agricultura y sistema forestal, las concepciones y cosmogonías indígenas, las ascendencias y descendencias familiares, las instituciones y comunidades de los pueblos originarios, implementando autoridades y leyes, conquistando y dominando territorios, fundando pueblos y sistemas productivos, sustituyendo pensamientos, religión y lenguas e imponiendo ritmos de vida y espacios materiales que modificaron el entorno americano, por lo que inmediatamente iniciaron y dispusieron la conquista forzada y espiritual bajo una severa y arrasadora explotación de las tierras del sur y de sus moradores.
Bajo estos propósitos preliminares, don Hernán va descubriendo las zonas más prolíficas de minerales y también los terrenos propensos a la producción agrícola, ganadera y forestal, a la vez que realiza los montajes institucionales para fundar pequeños gobiernos locales que le permitieran el control y sometimiento total de los indígenas, de las tierras y los tributos a través de los soldados españoles que poco a poco, pero con energía voraz, lograban dominar a los grupos que habitaban en la región y los obligan a tributar a la corona, sobre todo sobre la extracción, el procesamiento y el aprovechamiento de minerales.
Después de la caída de los aztecas, Hernán Cortés mandó a sus huestes militares a reconocer, conquistar y usufructuar las riquezas naturales, minerales y culturales de la región costera de Guerrero, desde Zacatula hasta Copala y Cuajinicuilapa, por medio del ejército español y de sus recursos materiales traídos de Europa.
Para el año de 1521 fue Gonzalo de Umbría, por órdenes de don Hernán, el que encuentra, conquista y se aposenta en las minas de oro tanto de Zacatula como de Copala, ambos poblados de las actuales costas guerrerenses, para su explotación y aprovechamiento; y entre 1550 y 1580, los españoles explotaron, aprovecharon y se beneficiaron de los mantos auríferos copaltenses principalmente, de los cuales muchos quedaron anegados por las lluvias, lo que ya no permitió su aprovechamiento, pues salía más caro el tratar de desaguarlos que su funcionamiento de explotación.
Con las promesas de Cortés, que va diseñando y aplicando los formatos de encomiendas, y como recompensa inicial reparte el territorio entre sus simpatizantes y soldados con grado militar como una compensación por los servicios prestados al ejército español, para su custodia y organización, recaudando las contribuciones hacendarias de dinero y en especie como trigo, maíz, arroz, frijol, chía, calabaza, caña de azúcar y muchos derivados minerales y forestales de la región, para canalizarlos hacia sus superiores inmediatos y de ahí hasta la corona española, a la vez que introducía los cultivos acostumbrados en los campos españoles con técnicas más efectivas y auxilios más eficaces, como el trazado urbanizado de sus poblaciones, el uso de bestias para carga, semillas seleccionadas y mejoradas, el estudio y reconocimiento de temporales y sequías, entre otras medidas de logística que les redituaba ganancias ostentosas.
Después de establecido el control y dominio español en la provincia de Jalapa, que es a la que quedó adscrita política y administrativamente nuestro pequeño paraíso copalense, en 1524 Hernán Cortés inició un replanteamiento geo-político para una mayor organización tributaria, correspondiéndole a Copala junto a la mayor parte de la Costa Chica guerrerense, pertenecer al Estado de Puebla, que fue mantenida con esta orden hasta la creación del nuevo Estado de Guerrero, trescientos años después.
En el año referido, el general extremeño asigna a Juan Rodrìguez de Villafuerte la encomienda de Cacahuatepec, así como las tierras más fértiles y laborables de la región fueron para sus lugartenientes, de acuerdo a la usanza legaloide del momento.
De forma paralela, la corona española se reservó para sí misma la población de Copala, pues aquí se encontraban los yacimientos de oro más importantes de la época y de la costa. Y una vez que la raza europea requirió de la raza negra para aguantar los trabajos forzados de las minas de oro, los españoles empezaron a trasladar a estas costas guerrerenses a gente de piel obscura en la segunda mitad del siglo XVI, que eran originarios principalmente de Batún y de Guinea o bien eran grupos africanizados escapados de las haciendas del centro del virreinato.
Así fue como la raza negra se multiplicó en toda la región costachiquense y que se fueron extendiendo entre los actuales municipios de Cuajinicuilapa, Azoyú, San Marcos, Huehuetán, San Nicolás Tolentino, Maldonado y Copala. Bajo esta dinámica fueron los negros africanizados los que paulatina pero pacientemente fueron introduciendo nuevas castas humanas al mezclarse con los indígenas de la región, con sus amos blancos y sus propios descendientes.
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