(Cristina García Florentino)
Hermosa es la Costa Chica…
Azoyú, Cruz Grande y Las Vigas,
Ometepec primoroso, que te vistes de colores
con Marquelia y con Copala
donde tengo mis amores.
La región geo-política reconocida como La Costa Chica se encuentra enclavada en la parte sureste del Estado de Guerrero, teniendo como referencia principal al puerto internacional de Acapulco y levantando la mirada rumbo a tierras costachiquenses, entre los municipios históricos y legendarios de San Marcos, Tecoanapa, Ayutla, Cruz Grande, Cuautepec, Copala, San Luis Acatlán, Azoyú, Igualapa, Xochistlahuaca, Ometepec y Cuajinicuilapa, con un fantástico paisaje costeño, entre una innumerable exposición y cadenas de montañas de variadas alturas, disímbolas formas orográficas y de lujuriosa producción natural; dentro de estas elevaciones de majestuosidad incomparable, se encuentra la población más hermosa, bullanguera y productiva que se recuerde en la historia regional, que con el paso del tiempo y desde los pueblos originarios, se ha denominado con el nombre de Copala.
En el tiempo de aquellos tiempos, el hombre, las familias y las culturas pre-cuauhtémicas que cursaban su estadía humana 2 se esforzaban por armonizar sus necesidades con los bondades naturales que les ofrecía esta posición geográfica y, además de encontrar las piezas pequeñas de caza, recolección vegetal y mineral, sus afanes eran por asegurar el abastecimiento de agua dulce que les permitiera convivir en un solo lugar, por tiempos más prolongados y seguros.
Sus primeros refugios habitacionales se encontraban en las cuevas naturales o artificiales adonde pernoctaban y, sobre todo, les servía para cumplir con sus rituales religiosos y/o funerarios. El semi-nomadismo que practicaban se veía complementado con la extracción de minerales que se encontraban en el subsuelo suriano y montañoso y, todavía más, las actividades rústicas de agricultura fueron las ideales para enraizar sus deseos, expectativas, sentimientos y sentido de pertenencia a la tierra de promisión copaltense.
Los conocimientos que se detallaban sobre el medio ambiente en que convivían, se fueron reconociendo hasta llegar al manejo y cálculo de los ciclos naturales y de las condiciones idóneas para sembrar, cultivar y cosechar productos como el maíz, la calabaza, el chile, el frijol, la chía, inicial y primordialmente, por lo que pasaron a ser de hábiles recolectores semi-nómadas a activos productores de alimentos sedentarios, por y con lo cual se fue modificando paulatinamente la relación entre el hombre, su sociedad y la naturaleza; así mismo, todas estas actividades eran complementadas con trabajos de cestería, hilados y tejidos de prendas de vestir, engarce de palma y artesanía de lítica y alfarería, de forma necesaria, permanente y determinante.
Una vez que tuvieron que residir por tiempos más prolongados en los mismos lugares, el medio les condicionó para que buscaran y mejoraran sus formas de vivir, como fue el fortalecimiento, el diseño y la estilización de sus casas-habitación, que influenciados por otras culturas del centro de la región mesoamericana, tomaron formas cuadradas y enjarradas con palma y bajareque, como se observan los ejemplos en el Museo Nacional de Antropología e Historia, y eran cercadas con piedras, maderas y muros rudimentarios, preferentemente sobre lugares altos para poderse defender y proteger de las lluvias, las inundaciones y de los animales silvestres que rodeaban sus casas.
Los techos eran montados sobre caballetes de madera y cubiertos de palma y zacate que eran llamados “xacalli” 3 (de donde se deriva el vocablo jacal) y, en la parte media y superior, se acomodaban estratégicamente los enseres domésticos, de labor, los petates y la cerámica artesanal.
Una vez que la relación hombre-naturaleza se fue modificando, también se diversificaron y jerarquizaron nuevas actividades sociales, culturales y sobre todo religiosas, por lo que surgieron nuevos actores comunitarios como productores de alimentos agrícolas, forestales y de pesca, elaboradores de materiales de uso diario y suntuario, como cerámica y lítica, religiosos sacerdotales y gobernantes.
Con los que se fue amalgamando una nueva visión socio-cultural-religiosa, que promovió y agilizó la creación, fomento y práctica de ceremonias y centros comunitarios, con los que profundizaban sus creencias divinas y teocéntricas.
Hasta la fecha se sigue buscando el registro o su aproximación espacio-temporal de la fundación geográfica y de los diferentes grupos humanos que transitaron por el territorio que hoy ocupa Copala, y sólo a través de la tradición oral y las muestras arqueológicas que se han venido encontrando es como se hacen las aseveraciones y señalamientos, más o menos objetivos, que puedan llevarnos a reconocer este histórico suceso; los centros de arqueología local, como Copala mismo, Atrixco, Campanillas, Chamulapa, Las Comadres, Las Güilas, El Capricho, Ojo de Agua, La Fortuna, Las Peñas, Monte del Gallo, El Salto, Loma de la Tigra, Mira de López, Las Salinas y Playa Ventura, entre otros sitios no menos importantes, siguen siendo motivos de estudio e investigación ante las nuevas técnicas y expectativas comunitarias; aun así, existen opiniones que precisan, según las interpretaciones del códice Chimalpopoca, que los primeros pobladores y habitantes de la región fueron chichimecas, que se asentaron en las tierras del sur por el año 800 d. de C.; de ahí que en oleadas relativamente holgadas penetraron las étnias Yopes y Amuzgas, que se pueden considerar como nuestras raíces autóctonas y pueblos originarios, que visten de orgullo a nuestro tiempo presente en este proceso socio-cultural y que fue tejiendo una sociedad costeña y regional, adonde se fueron fundando las tierras del Señorío de Yopitzingo y Tlapa.
Con las condiciones geográficas, bélicas y socio-culturales, los elementos sociales que aportaban informaciones fidedignas y valiosas, los espionajes efectivos y reveladores y los intensos intercambios culturales, fueron las figuras de los pochtecas, que eran los comerciantes mexicas en los que se depositaba la confianza para intercambiar productos que enriquecieran la cultura indígena, que proveyera de informes de los estados socio-políticos y bélicos de cada comunidad y de la fundación de nuevos centros comunitarios, para proseguir la expansión mexica y su dominio territorial.
Ahora bien, se puede aventurar que los asentamientos humanos más antiguos, estudiados y reconocidos en Copala, son las clásicas figuras humanas y de animales de esta zona y las respetadas y adoradas por los grupos dominantes que se encuentran dentro de la arqueología costeña, en los lugares conocidos popularmente como “Las Comadres” y “El Zapatero” en la parte norte y oriente de nuestra cabecera municipal, que hipotéticamente pertenecieron a la cultura de los Yopis-Amuzgos, que fueron los grupos étnicos que enraizaron en la actual Llanura Costera del Pacífico.
Otros estudios oficiales y dados como planteamientos válidos destacan que en la antigüedad el territorio que hoy pertenece al municipio de Copala formaba parte de la provincia de Ayacaxtla creada dentro del reino de Yopilzingo, la cual fue conquistada por el emperador azteca Moctezuma Ilhuicamina en 1457 y posteriormente se incrustó la presencia Mexica a través de su penúltimo emperador Cuitláhuac, entre 1504 y 1507, los cuales tuvieron que enfrentar una serie de rebeliones étnicas cuyo fenómeno empezaba a repetirse con una frecuencia irreversible, demostrando eficientemente que en el territorio de Ayacaxtla, los Mexicas nunca llegaron a ejercer un dominio total y definitivo, por la bravura y coraje de sus habitantes, que ha sido demostrado a lo largo de toda su historia; aun así, nuestro territorio llegó a formar parte, más adelante, de la provincia tributaria de Igualtepec, dentro de las siete provincias costeñas en que fue dividido por los Mexicas, a la región de Costa Chica.
De la misma forma y en una presentación especial se puede aventurar que la derivación etimológica de Copala proviene de dos voces de origen náhuatl, como capille-copallitech, que entendido en español significa «Lugar de copal» o «donde abunda el copal», que visto y analizado a la distancia, se convierte en un hermoso y romántico nombre que enaltece esta resina de gran tradición indígena en sus ceremonias religiosas y familiares, así como un uso cotidiano, distinguido e inevitable entre las comunidades pre-cuauhtémicas, como lo muestran los anales mesoamericanos.
En suma, la pertenencia de Copala al complejo mesoamericano fue benéfico para las tierras surianas, pues incorporó una serie de valores indígenas a la ya distinguida región costeña, ya que acrecentó sus trabajos naturales y étnicos, desarrolló sus visiones culturales, profundizó sus creencias teocéntricas y promovió un intenso y enriquecido comercio e intercambio filosófico, político, económico, social, cultural y humanístico, de la forma más dignificante y diáfana.
Con este caudal histórico se reseña la grandeza y los avatares de nuestra tierra costachiquense que viene a reafirmar su presencia y connotación de nuestros pueblos originarios que han permanecido incólumes y dignificados a lo largo de la historia nacional.