Tirolimpio
IX
Con dos tazas únicas y un solo vaso de agua con hielo, Pedro Vago de la Calle decidió ir a comer un guisado a los agachados del mercado de San Juan y de lo dicho por la pitonisa, el de cambiar el curso del gobierno o al mismo gobierno, le parecía una descabellada idea o algo así como una cruzada quijotesca.
Como el mercado sólo estaba a unas seis o siete cuadras (sin caballos en ellas) decidió recorrerlas a pie y distraerse con los viandantes que en esta área podían circular sin tener que toparse con puestos de informales y ello permitía a los formales exhibir sus mercancías en bien planeados aparadores. Y en efecto a Pedro le gustaba admirar todo lo exhibido en ellos y de comprar nanay pues no disponía de cambio.
Entre los muchos comercios Pedro se detuvo en el expendio de billetes de lotería y picado por la curiosidad de su hallazgo saco su billete y probó pues era posible, si la suerte lo ayudaba, que tuviera un pequeño reintegro con lo que subsanaría el gasto del café.
Penetró al establecimiento y pidió al dependiente que se lo checara. Este lo examinó en varias hojas en donde aparecían gran cantidad de número de los billetes de esa institución y después de examinar varias sábanas de papel se detuvo y marcó un número específico hecho lo anterior se dirigió a Pedro diciéndole:
“!Uf! Don le pegó nada menos que a cincuenta mil pesotes. Lástima que no compró la serie completa pues se hubiera metido montón de lana, pero bueno lo felicito y no se olvide pasar a dejarme para los chescos” y entregó el billete a Pedro.
Mudo por la sorpresa y en forma autómata estiro la mano para tomar el billete y sin dar las gracias al dependiente salió del local un poco mareado por la noticia. Ya en la acera se detuvo para examinar el ‘cachito’ y no vio en donde decía que se había ganado un premio, así que lo guardó y sin querer tocó el amuleto de Irene el cual sostuvo entre los dedos por unos segundos.
Recordó que la matriz de la lotería estaba a unas cuantas cuadras y ya repuesto de la sorpresa, se dirigió a la institución, aun dudando que el premio fuera una realidad. Llegó a las oficinas y se presentó ente un cajero o algo así y después de darle las buenas tarde le mostró el billete. El empleado lo revisó por unos instantes y le dijo: “Por favor muéstreme su tarjeta electoral”. Pedro sacó su raída cartera y entre varios añejos documentos sacó el solicitado por el dependiente y se lo entregó.
Vio que el recepcionista ingresaba algunos datos en la computadora copió otros de la credencial y se dirigió a Pedro diciendo: “Parece que todo está en regla y le voy a pedir que espere un momento. Si gusta puede tomar asiento no creo que tarde mucho”.
Acabando de decir lo anterior se retiró con billete y credencial en mano hacía el interior de la oficina. Pedro obedeció pero se quedó ‘mosqueado’ temiendo no volver a ver sus papeles ya que no le habían otorgado ni recibo ni resguardo alguno por ellos.
Un poco más de treinta minutos, tiempo que a Pedro se le hicieron una eternidad y aumentaba su nerviosismo. Finalmente vio que el cajero regresaba trayendo varios papeles. Ya en el mostrador le hizo una seña al impaciente afortunado. El empleado le entregó su credencial y le extendió varios papeles que en su atarantado estado sólo a atinó a poner la firmas que le señalaron sin enterarse de su contenido. Terminado este proceso el representante le entrego un cheque.
Pedro lo examinó y la cantidad suscrita era por cuarenta mil pesos, diez mil menos de lo esperado. El empleado al ver la expresión de él, le dijo: “Hay una deducción del Iva de ocho mil pesos y dos mil de gastos y comisión, por lo demás todo está bien y lo puede canjear en cualquier institución bancaría así que buena suerte y espero verlo de nuevo por otro premio”. Dio la vuelta y papeles en mano se alejó hacia el interior de la oficina.
Aún sin dar crédito a su buena suerte Pedro salió del establecimiento sosteniendo con fuerza el cheque y de inmediato se dirigió al banco más cercano que no distaba mucho del expéndio de lotería. Ya en la institución bancaria después de estar formado un buen rato, ya que sólo había una cajera, le presentó el cheque quien lo examinó y preguntó si quería deposítarlo y abrir una cuenta.
Pedro le dijo que sólo quería cambiarlo a lo que la empleada bancaria le contestó: “Por la cantidad no se lo puedo cambiar pues es muy peligroso portar tanto efectivo; ya sabe usted, por lo de la inseguridad y además como no es cuentahabiente no tengo autorización para cambiárselo si no tiene una cuenta con nosotros”. Pedro no insistió. Sí le molestó la actitud, no de la cajera si no las reglas de la institución, pero aceptó lo dicho, ya que a su sesera le llegó una voz de alarma que fue lo que le mencionó acerca de la inseguridad.
Salió del banco no sin antes guardar en su raída cartera su tesoro, el cheque, y ya en la calle caminó con cierta inseguridad cuidándose de que no lo siguieran y no alejarse a zonas poco pobladas y sí en donde la muchedumbre llenaba las banquetas. Fue un viacrucis el llegar a salvo hasta su pent house.
El dilema que ahora se le presentaba era: abrir una cuenta en cualquier banco en donde le cobrarían por el manejo de cuenta y sin preguntarle le endosarían un seguro de vida, sin señalarle el monto ni pedirle beneficiario, además presentarse la ventanilla para hacer retiros cuando las colas para hacerlo eran enormes y siempre existía para dar servicio una solo empleada en las cajas, así que ese camino no le seducía.
Otra solución era: Hacerse acompañar del sobrino de la portera de la vecindad y hacer efectivo el cheque. Sin embargo existía el problema que ante una amenaza con armas de fuego poco podía hacer el sobrino y si esto no sucedía de seguro que éste de inmediato correría la voz entre los vecinos de que se había sacado la lotería y que ahora poseía una ‘fortuna’.
Este dilema le duró toda a tarde sin encontrar una solución que le satisficiera y después de guardar el cheque en su caja de seguridad, una duela suelta del piso, en donde tenía lo que aún quedaba de su accidente con el microbusero y lo que le pagó su amigo por la aventura en el puerto más bello del mundo.
Las tripas dieron la alarma y recordó que se dirigía al mercado al puesto de los agachados para comerse un rico plato de guisado con arroz y frijoles y su vaso de agua de frutas de la temporada, cuando se detuvo en el expendio de la lotería y luego su experiencia en el banco y el temor de ser asaltado y despojado de su tesoro, se le olvido y esto es mucho decir, pero tenía que satisfacer la caja de pambazos. Así que salió dispuesto a manyar pues con el estómago lleno el futuro le daría la solución. < El pasado y el porvenir, esas dos mitades de la vida, una de las cuales dice jamás, y la otra siempre>