POR JOSÉ NIEVES SEBASTIÁN PÉREZ
Derivado de un trabajo de investigación se desprende que la mayoría de los mexicanos, desconocen y, por lo mismo, no critican y menos cuestionan los influjos culturales que reciben a lo largo de su vida, que los envuelven y los someten, convirtiéndolos en reflejo y síndrome de su grupo social. Que para entender sus comportamientos cotidianos, sobre todo contrastados con los de ciudadanos extranjeros, se hace necesario revisar los hilos culturales enraizados en los hechos históricos relevantes: la conquista, la colonia, la independencia, las Leyes de Reforma, el Porfiriato y la Revolución Mexicana. Que el mexicano, conforme a estudios realizados por escritores del siglo pasado, continua reflejando de manera general un profundo sentimiento de inferioridad, una señalada debilidad que la proyecta disfrazada de masculinidad compulsiva, proclive al relajo, en un intento de no tomar nada en serio que lo comprometa, con preferencia por los acuerdos ocultos y que experimenta un hondo placer al cometer actos de corrupción. Este mal generalizado permea las estructuras del poder político, legislativo, judicial, empresarial e incluso al ciudadano común.
Aún en el siglo XXI, el mexicano anda en busca de definir su identidad, que perdió en algún periodo de su historia y eso hace que siga repudiando al europeo y, por otra parte, avergonzándose de su raza de bronce que debiera ser su mayor orgullo; tan sólo como ejemplo, el extranjero califica a los Mayas los griegos de América, en tanto que el mestizo nacional los menosprecia, despertando una sensación de orfandad y soledad abrumadora, que alivia al andar de amasiato en amasiato, buscando recibir pero incapaz de amar y dar lo mejor de sí mismo. De igual forma frecuentemente vive asfixiándose en el alcohol y otros estupefacientes y en el pleito constante, provocando serios problemas familiares y sociales.
Como no cuestiona nada de lo aprendido en su cultura, vive fuertemente esclavizado a una extraña idiosincrasia que no lo ennoblece, específicamente para el caso de un elevado número de docentes, por su carácter intelectual y reflexivo, es motivo de vergüenza porque no sólo no cambian ellos, sino que con sus actos perpetúan un modo de vida predominantemente negativa. Baste señalar el reiterado caso de Corea del Sur que en 1970 compartía con México un alto grado de corrupción, bajos niveles educativos, escaso desarrollo agrícola y ganadero, el país de referencia superó sus rezagos en 20 años, en tanto que México avanza con extrema lentitud. Se requiere con urgencia repensar la cultura que nos envuelve, para ejercer los cambios necesarios a través de una planeación efectiva y de largo alcance. A la hora de construir el carácter de los mexicanos, no olvidemos que como acontece en los animales, la impronta cultural, que es la huella imborrable en los humanos que recibe desde su nacimiento y a lo largo de su vida, debe contener los mejores influjos, en su defecto, debe cuestionarse si queremos mejorar, porque el niño o joven lo que ve, lo que oye, lo que percibe sin palabras y lo que hacen los adultos, le generan la raíz de su carácter y por lo mismo su destino. Tengamos presente que si bien un edificio se construye con cimientos y columnas excelentes, la educación, en la casa y en la escuela, se construye con principios y valores, de ésta forma tendremos mejores médicos, excelentes políticos, brillantes científicos y ciudadanos verdaderamente patriotas