Así somos en Guerrero: Los sones de tabla de Coahuayutla y de la Costa Grande.

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MEMORIA DE LA COSTA GRANDE
UNA CULTURA COSTEÑA… UN CORAZÓN ALEGRE

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Por Raúl Román Román

Los sones de tabla de Coahuayutla y de la Costa Grande.
¡Ahora síiii mi almaaa, vamos a bailar!… las expresiones culturales de una región geo-cultural son el tesoro más vistoso, practicado y disfrutado por cada población en el mundo, y en el tema que nos ocupa, se puede manifestar que la Costa Grande practicaba una efervescente costumbre que respondía a los niveles y manifestaciones propias de los espacios y tiempos, un tanto apartados de los centros urbanizados más importantes de México, sin dejar de tener una singular importancia por sus orígenes, evoluciones y constancia comunitaria, que es lo que distingue a nuestros Sones de Tabla, cuyas variantes son mínimas entre los municipios de Coahuayutla, La Unión, Petatlán, Tecpan, Atoyac y Coyuca, que son los lugares donde se ven las sierras del sur y adonde se mantuvieron en boga tradicional, hasta casi palidecer para los tiempos actuales; a la fecha, estas costumbres sobreviven en Coahuayutla bajo la siguiente y recurrida descripción comunitaria y de la voz popular…
Las costumbres regionales han fortalecido social y económicamente a sus zonas de influencia bajo sus tradiciones comunitarias. De esta forma y en medio de la Sierra Madre del Sur y la Costa Grande guerrerense, se mantuvo una vistosa y gratificante historia que integraba a sus moradores a sus núcleos sociales, pues una vez que llegaba el tiempo de las siembras o las cosechas, el dueño de hacienda, plantación o tierra grande, citaba a los pobladores de los alrededores y a los habitantes de los caseríos, cuadrillas y pueblos periféricos, a levantar el fruto de la tierra bajo el término denominado “combate”… por lo que avisaban en que día (s) se realizaría esta jornada campirana.
Así y con gran prestancia, las familias integradas de campesinos, jornaleros y peones corrían la voz y se daban cita en el lugar y el día señalado.
De madrugada, las mujeres servían el café con pan y preparaban el bastimento para el varón que se iba a las tierras de labor, y mientras los jóvenes, adultos y viejos sembraban y/o pizcaban y amontonaban las mazorcas, el café, el ajonjolí y/o los productos agrícolas de la región, las mujeres, entre niñas, muchachas, señoras y ancianas, preparaban la comida, por lo que se podía encontrar la morisqueta, los frijoles, el mole y el queso, con cestos copeteados de tortillas hechas a mano…
Ya cuando empezaba a pardear el día, los hombres del campo regresaban a la hacienda grande y se iban a bañar al río, mientras las féminas se vestían con sus prendas de algodón, calzaban zapato o huarache y se colgaban algunos moños en su pelo trenzado.
Así se acarreaban todos los alimentos que consumirían en la fiesta bullanguera, a la mitad del patio más amplio, adonde se alumbraban con hachones de ocote, se calentaban en fogatas y salían los músicos portando guitarra, violín, arpa grande y tapa de madera, para ambientar la festividad campirana, con ritmos alegres y coplas poéticas y picarescas, con la mayor parte de su composición musical ligada a los flirteos de los animales silvestres de la región, de donde se desprendían las prácticas de sones, fandangos y variantes rítmicas que componen su letra y su música.
Así mismo, se van diciendo versos entre baile y baile para animar el ambiente festivo y desafiante, mientras las parejas suben a la tabla por intervalos regulares a ejecutar sus zapateados, valseados, coqueteos e insinuaciones amorosas dentro de una algarabía social.
El auxilio de la tabla es una de las distinciones más vistosas dentro de los bailes costeños, pues le da a la pareja la connotación buscada y se convierte en una de las más grandes expresiones artísticas dentro de la tradición de sones mexicanos.
Dentro de las variantes regionales se pueden encontrar una dotación musical que incluye el arpa de 36 cuerdas, guitarra sexta, jarana y violín, cuyo género se encuentra en peligro de extinción cultural.
Las manifestaciones culturales en esta geografía guerrerense respecto al plano de la danza son lucidas y vistosas, ya que van reafirmándose como el camino de las costumbres y las tradiciones que iluminan el sendero de la religiosidad, el paganismo, el civismo, la dignidad en las guerras y las divinidades cosmogónicas… así destacan algunas expresiones artísticas y costumbristas como las que se enlistan y que en el conocimiento popular siempre se han interpretado como nuestras fiestas santorales, patronales e históricas: ¡Ahiii les voy con mi hachaaa! Así, en los poblados costeños y entre su gente alegre se bailaaaaaan…

El Tigre, Los Mapaches, El Toro, Los Panaderos, Los Tlacololeros, La Pluma, El Cortés, El Macho, Los Santiagos, Los Doce Pares

Las manifestaciones dancísticas de la región costa-suriana han sido una grata distinción cultural, pues fiel a los propósitos y prácticas comunitarias han permitido mantener la unidad social en cada población, por muy grande o pequeña que sea, proyectar sus valores artísticos que enorgullecen a sus moradores, y sobre todo, enaltecer a las generaciones que preservan la identidad cultural costeña. Y por eso y por mucho más: ¡Viva La Costa Grande de Guerrero!
P.D. Desde el tiempo de aquellos tiempos, cada población y/o municipio costeño, imprime un selo singular a cada una de sus manifestaciones culturales, que se va desprendiendo del anterior tronco histórico, variando las escenografías, actores, instrumentos musicales y la evolución entendible de sus coreografías y avatares.

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