“Policías” comunitarios le metieron un balazo en la espalda; el MP ni siquiera investiga

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Valeria está postrada en una cama de hospital, incapaz de mover la mitad de su cuerpo ◗ Ella y sus amigos iban camino a Acapulco el pasado fin de semana.

Vale es una estudiante de ingeniería y apasionada de la charrería , tiene 24 años, decidió ir en auto con sus amigos a Acapulco durante el puente largo del 21 de marzo.

No llegó, terminó con una bala disparada desde un retén por los autodenominados “policías comunitarios de Petaquillas”, Guerrero (municipio de Chilpancingo); los jóvenes optaron por no detenerse creyendo que aquellos hombres sin uniformes y armados eran secuestradores.

Estos hechos, ocurridos en la noche del 18 de marzo, fueron protagonizados por los mismos comunitarios que han retenido con anterioridad a Federales exigiendo seguridad o la liberación de alguno de sus integrantes detenido por portar armas.

Hoy Vale está postrada en una cama, en la Ciudad de México, sin que ninguna autoridad ministerial haya ido a consultarla sobre los hechos. Su madre, Rosario Ríos, y la propia chica han decidido alzar la voz en un caso que se perdió en el marasmo que es la seguridad pública del Estado de Guerrero.

El auto en el que viajaban Vale y sus amigos se detuvo tras recibir impactos en la parte posterior. Dos balas lograron atravesar el auto, una hirió a la joven en la parte baja de la espalda; otra le dio al conductor.

Aquella noche hubo flashback de los sucesos en Iguala. Mientras retenían a los muchachos sin heridas y los conducían en un vehículo hacia Petaquillas, un diálogo se hizo presente entre los comunitarios: “se iban peleando entre ellos, uno le recriminaba al otro ‘¿por qué les disparaste? Ahora los vamos a tener que matar a todos”. Justo lo que El Cepillo, aquel gamberro de pueblucho convertido en lugarteniente de plaza, señala que platicaban meses antes los perpetradores de la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa.

Esta vez, los eventos terminaron menos trágicamente… o no, porque nuevamente las víctimas, tanto Vale, como su familia, están afrontando un drama médico en el anonimato. “Al principio teníamos miedo (para hablar), por como pasaron las cosas, por lo que les comentaban; pero ahora viendo el daño a mi hija, con el tiempo sabremos qué tanto fue, y la impotencia y el coraje, ella misma me pide que esto no quede así, que al menos se sepa”, señala la señora Rosario.

A 800 metros de la Autopista del Sol sigue ese retén y, hasta ahora, no hay información en el sentido de que quienes dispararon contra los muchachos hayan sido detenidos o procesados. Petaquillas es la entrada a un camino que enlaza pueblos pequeños (gran parte de la población migra), pero que se encuentra justo frente a una de las caras de la Montaña, justo en el descenso de una de las zonas amapoleras más importantes del país. Esta entrada, punto crítico del narco en Guerrero, hoy en día sigue cedido a un grupo cuya procedencia nadie termina de identificar y que, una noche, dejó a la jovencita Vale postrada en una cama, con insensibilidad de la cintura para abajo.

UNA NOCHE A ACAPULCO. La mala suerte es el origen de los peores males. El GPS activado en el auto de los muchachos marcó una vuelta rara al dejar atrás Chilpancingo y no resolvió la duda sobre si el conductor debía pegarse o no a la derecha. En punto “Y”· de la carretera, el auto circuló equivocadamente sobre la vialidad que lleva a Petaquillas en lugar de seguir en la Autopista del Sol y, unos 800 metros adelante, los jóvenes pudieron ver a hombres armados que les marcaban el paso. Era el retén de los policías comunitarios.

Los jóvenes optaron por huir ante lo que —comentarían después— creyeron que era un asalto o intento de secuestro. Cuando el auto pasó, uno de los comunitarios disparó. Logró penetrar al auto; Vale sintió el impacto en su espalda. El joven que conducía también resultó herido.

Los comunitarios rodearon el automóvil que se había detenido pocos metros después, golpearon a los jóvenes antes de ver que no se trataba siquiera de adultos y que aquellos citadinos difícilmente resultarían peligrosos para ellos.

Llevaron a los heridos a un pequeño consultorio médico del pueblo mientras los muchachos ilesos eran conducidos a lo que parece el cuartel de aquel grupo policiaco informal. Allí los hicieron firmar un (indefendible legalmente) documento en el que se comprometían a no presentar denuncias contra los comunitarios.

Valeria terminó en el Hospital General de Chilpancingo que se declaró sin los recursos para atender el balazo cerca de la columna vertebral. Rosario Ríos, la madre, llegó hasta allá y, sin que ninguna autoridad ministerial averiguara por qué una jovencita traía un balazo, hicieron que la señora Rosario pagara la cuenta y le dieron la salida a su hija para que fuese trasladada a un hospital de la Ciudad de México donde aún hoy los médicos luchan por devolverle el movimiento a la mitad de su cuerpo. Una de las amigas de Vale fue la única que vio a una autoridad ministerial y lo hizo para que soltaran a los dos amigos ilesos que habían sido detenidos.

TIERRA DE LOS ARDILLOS. Tanto Salvador Alanís como Bruno Plácido, dos de los líderes de las policías comunitarias en Guerrero, desconocen a quienes están apostados en Petaquillas. Alanís indica que hasta septiembre de 2016 su organización, el Frente Único de Seguridad y Desarrollo de Guerrero, operaba una policía comunitaria en ese poblado que pertenece a la capital Chilpancingo.

Dejaron el lugar ante la presión de grupos nuevos que él asegura están ligados al narco, específicamente a la banda Los Ardillos que mantienen el control de la lucrativa ruta de la amapola.

Una voz igualmente crítica es Roberto Álvarez Heredia, vocero del Grupo Guerrero que suma los esfuerzos federales y estatales para pacifi car Guerrero: “Muchas veces ni son policías, ni son comunitarios”.

Los comunitarios son un ingrediente que se ha sumado a las preocupaciones en materia de seguridad pública, dice el vocero, en particular por la posibilidad de que estos grupos, ya armados, terminen abiertamente como células de las bandas de narcotráfico cuando en varias regiones de Guerrero están pugnando por que se les reconozca oficialmente.

LA VÍCTIMA. En el hospital de la Ciudad de México, Valeria sigue en consultas constantes. Ninguna autoridad estatal o federal la ha buscado a ella o a su madre. En el hospital se acercó personal de la procuraduría capitalina para conocer del hecho.

Los muchachos ilesos tienen pánico de denunciar. “A ellos dos se los llevaron y fueron los que los oyeron decir, ‘¿por qué disparaste?, ahora los vamos a tener que matar a todos’; a la jovencita la dejaron encerrada en una habitación con siete hombres, les tomaron copia de las credenciales del IFE, les tomaron fotos y les hicieron firmar que no iban a proceder legalmente en contra de los comunitarios”.

Vale continúa en atención constante. Vale no siente las piernas. Los médicos siguen luchando contra los efectos de una bala que no fue motivo de averiguación previa, en donde el tirador —todo indica— está libre y en funciones de policía comunitario. Este hombre cuida la entrada a una de las rutas de la droga más activas del país.

Fuente: Crónica

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