Miguel Ángel Arrieta
Tarde o temprano, pero siempre durante un capítulo de crisis la politización de acciones asistenciales y reconstrucción de servicios públicos, aniquila cualquier expresión de auxilio civil en favor de los más afectados.
Por lo pronto, el incidente observado ayer en Puerto Marqués para reclamar insensibilidad social de quienes operan el comedor comunitario instalado ahí por el ayuntamiento, contiene antecedentes que lo definen más como una estrategia por el control político de ese espacio que como una manifestación de auténtico encono ciudadano.
De por sí, los protagonistas de la discusión viralizada en redes sociales no son una perita en dulce; la personalidad de los marquesanos está clasificada por corporativos internacionales y asesores del gobierno federal y estatal, como uno de los principales elementos desalentadores de inversión en Punta Diamante.
En 1997, durante la entrega de insumos alimenticios y de salud para auxiliar a familias damnificadas del huracán Pauline, los marquesanos agredieron y despojaron de los productos a distribuir, a los responsables de brigadas enviadas desde Ciudad de México.
Trabajadores de la Secretaría de Salud, el DIF federal y la Cruz Roja nacional, informaron a sus superiores sobre el alto riesgo que implicaba para ellos entrar a Puerto Marqués en aquellos días aciagos.
Posteriormente, en septiembre del 2013 durante la contingencia derivada de las tormentas Manuel e Ingrid, los marquesanos dejaron grabadas en imágenes que dieron la vuelta al mundo, la actitud carroñera ineludible cuando saquearon el almacén y tienda de Costco en Acapulco.
Ya en 1995, los representantes del poblado asentado entorno a la bahía vecina de Acapulco, habían reventado las negociaciones encabezadas por el gobernador Rubén Figueroa Alcocer y los propietarios de ICA y Grupo Mexicano de Desarrollo, así como una firma inmobiliaria norteamericana, para reconstruir integralmente Puerto Marqués y convertirlo en un balneario de primer mundo.
Cuando se les mostró la maqueta del proyecto colocada en las oficinas de la Promotora Turística de Guerrero, los marquesanos no aceptaron que en lugar del cinturón de hacinamiento en el que habitaban, se apreciara un conjunto de viviendas con todos los elementos que la urbanización exige. Lo que los corporativos más reconocidos de la arquitectura nacional proponían era construir a los habitantes de Puerto Marqués casas de amplios espacios, con jardines, accesos vehiculares, instalación eléctrica subterránea y protegidas de las fatales inundaciones que sufren en cada temporal de lluvias los marquesanos.
Lo peor fue que no solo se opusieron a cambiar sus viviendas; en caso de que se llegara a un acuerdo exigían una indemnización como pago para permitir que les construyeran nuevas y modernas casas.
De ahí que cuando ayer protestaron porque no se respeta su “dignidad”, los marquesanos no hicieron más que confirmar ser parte de un reacomodo de intereses partidistas desbocados durante la fase Tres de la pandemia.
Independientemente de la vinculación política que tenga el gobierno municipal, los protocolos internacionales y locales de protección civil señalan que corresponde a la autoridad civil coordinar y brindar las tareas de ayuda inmediata, o en caso de insuficiencia operativa ese trabajo recae en el Ejército mexicano, lo que ya se ha registrado en tragedias que han afectado a Acapulco en las últimas décadas.
De hecho, el gobierno federal opera toda su línea asistencial a través del Plan DN-III bajo responsabilidad de las fuerzas militares, por lo que aquí lo conveniente sería que el ayuntamiento se apoyara en los efectivos del ejército para eludir los riesgos de otra politización similar a la vivida en Puerto Marqués.
A ver si los marquesanos asumen ante las fuerzas armadas la misma valentonía anárquica que los distingue.
Al final de cuentas, el primer síntoma del coronavirus no es de carácter fisiológico; el primer reflejo de contagio se localiza en un afán desmedido de protagonismo partidista que no ha todos los políticos les ha favorecido.
A lo largo de estos meses, el senador Félix Salgado Macedonio fue desplazado silenciosamente de la ventaja electoral que ostentaba antes de la contingencia sanitaria, y todo por incurrir en la ridiculez de erigirse como líder durante la epidemia.
En el fondo, la crisis del Covid-19 se percibe como una expresión de ansiedad social cuya prolongación tiende a tensar el contexto sociedad-gobierno, por lo que se hace necesario amortiguar las posiciones de ambas partes o se corre el riesgo de que la confrontación ideológica pase a la pelea física.