Por: Efrén E. García Villalvazo
Uno de esos domingos recientes bajé caminando a buen paso por ahí del mediodía por la transitada calle Niños Héroes de la colonia Progreso, después de haber pecado con un ligero canapé de triglicéridos acompañado de una bebida artesanal con exceso de azúcar y grasa -bolillo con relleno pasado con sorbos de chilate – y la escena que se dibujaba ante mí era la de un perezoso fin de semana. Muchos carros subiendo y bajando por la avenida, todos haciendo gala de colores y modelos que por fuerza atraían la vista. Ruido de motores, de claxon, voces en varios niveles de intensidad.
De repente, una imagen en color sepia o blanco y negro y con un silencio total se instala por unos segundos en los 120 grados de visión que poseo. Montañas de escombros, de basura, de carros apaleados por el agua, lodo y gente brincando los detritos acumulados por un huracán en solo dos horas de pleno poder del aire. Categoria tres, cuatro, cinco, que más da. Es como pensar que era mucho mas que demasiado. Ya no hay nada más que imaginar. Era solo soportar y esperar a que terminara. Y terminó. Vuelven las calles relativamente limpias, carros de colores, el ruido de los motores y no escombros en la calle. ¿Qué fue eso?
Otra: me da por llorar por cualquier cosa. ¿Y que es cualquier cosa? Una comedia romántica americana (¡), un discurso político de que Acapulco se va a levantar de nuevo, saludos sinceros de mis amigos que me hicieron llegar despensa y dinero tratando de apoyarme desde lejos. Llanto involuntario y desviar la mirada para que los demás no se enteren. ¿Qué no se enteren? Sorpresa, sorpresa.
Me encuentro en la calle un par de profesores que gustaron de las capsulas ambientales que hice en RTG hace años y me invitaron a cenar a Sanborns Café. Plática agradable, gente culta, temas actuales. Caemos atraídos entonces por el gran vórtice al cual van a dar muchas conversaciones en el puerto, si duran lo suficiente: el huracán Otis. Y les platiqué de mis últimas afectaciones sicológicas que enfrento, salpicada con alguna que otra descripción de lo pasado. La señora rompió en franco llanto y entre sollozos apenada me confiesa que a ella le ha estado pasando igual, y son recuerdos que duelen. Sí, duelen.
Otro más, después de meses y en mucha confianza, un amigo nos confesó que una ráfaga de viento lo había dejando colgado del segundo piso de su casa, sin posibilidad de que en medio de la tormenta y por su propio esfuerzo pudiera regresar a un lugar salvo. La Providencia le ha de deber algunos buenos comportamientos porque una ráfaga igual de potente lo regresó de donde el huracán lo había arrancado. Desde donde se refugió alcanzó a ver a varias personas salir volando de sus departamentos junto con su mobiliario. Le costó trabajo sobrevivirlo y, además, platicarlo.
Si hay varios así, entonces es un tema a nivel ciudad, y afecta a muchos ciudadanos, hombres, mujeres, niños. Y tiene un nombre. Se llama Trastorno de estrés postraumático
“El trastorno de estrés postraumático (TEPT) es un trastorno de salud mental que puede ocurrir en personas que han experimentado o presenciado un evento traumático. Estos eventos pueden incluir situaciones como guerra, desastres naturales, abuso físico o emocional, accidentes graves o cualquier experiencia que cause un impacto emocional significativo”.
Y continua: “Las personas con TEPT pueden experimentar una variedad de síntomas que pueden interferir con su vida diaria, como flashbacks o recuerdos involuntarios del evento traumático, pesadillas, evitación de situaciones o lugares que les recuerden el trauma, irritabilidad, problemas para dormir y dificultad para concentrarse, entre otros”.
Finalizando con: “El TEPT puede ser tratado con terapia, medicamentos o una combinación de ambos.. El objetivo del tratamiento es ayudar a la persona a procesar el trauma y aprender a manejar los síntomas para que puedan llevar una vida más plena y funcional”.
Así que estamos jodidos todos. ¿Todos con TEPT? Lo que nos faltaba: pandemia, huracán 5, desplome económico del destino y TEPT. ¿Algo falta?
¿Alguien ha advertido de esta nueva plaga oculta bajo las múltiples capas de piel de cebolla de nuestros sentimientos y pensamientos? ¿Será esta la causa oculta por la cual los trabajadores no quieren trabajar? ¿Algún político ha tomado en sus manos la salud mental de los acapulqueños después del Otis? ¿Algo asi como para demostrar que el ciudadano les importa?
Se me antoja que debe haber cualquier cantidad de cuadros de depresión, de congoja y salpicado con largos episodios de insomnio y tristeza. ¿Le parece conocido? Visite a su psicólogo. Todos deberíamos hacerlo. Es parte de la recuperación del potencial de actividad de Acapulco como destino. Es pre requisito para entrarle a la gran tarea de recuperar el puerto
* El autor es Oceanólogo (UABC), ambientalista y asesor pesquero y acuícola. Es promotor de la ANP Isla La Roqueta y el Corredor Marino de Conservación del Pacífico Este Tropical, además de impulsor de la playa ecológica Manzanillo.