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Por: Efrén E. García Villalvazo

Mi nombre es Pedro Espinoza.  Soy -o más bien fui- capitán del Tiger, embarcación de 58 pies de eslora y varios centenares de caballos de fuerza con base en La Marina de Acapulco, y cité a mi marinero a las 9 de la mañana, como siempre.

Circulaba la información del arribo de un huracán llamado “Otis” por la madrugada, así que decidí ir a refugiar la embarcación temprano para encontrar lugar a buen abrigo cerca de la Base Naval.

Aun así, se trataba de capotear una tormenta y eso siempre impone respeto.

Lalo (Joel Eduardo González Candela), como siempre, me acompañaba en esta tarea propia de nuestra profesión y me sentía seguro de haber hecho una buena elección.

Desde el puente de mando lo veía caminar ágilmente por las superficies húmedas del yate sin la más mínima vacilación y llevar a cabo todas sus tareas como marinero sin ningún error.

Volteó sobre su hombro al sentir que lo observaba y sonrió como saludo.  Sí, Había hecho una buena elección.

Llegamos al punto de fondeo cerca de Villa Alejandra y junto con otras 30 o 40 embarcaciones nos distribuimos para no estorbarnos en la maniobra en caso de que hubiera viento fuerte.

Algunos eran amigos de muchos años y los saludamos con la familiaridad de toda la vida.  A lo sumo esperábamos solo un día más de trabajo con oleaje fuerte.  Y sí, quizá algo de viento fuerte, ya nos lo anunciaba el meteorológico.  Algo de viento fuerte.

Cayó la noche después de una tarde perezosa con una superficie del mar tan plana que no parecía hubiera una tormenta próxima.  Hacia las 8 de la noche recibimos una actualización por noticiero de que el huracán apuntaba directamente hacia el corazón del puerto de Acapulco y que iba subiendo de categoría absorbiendo como combustible de alto octanaje la vaporación intensa que provocaba el agua caliente que desde hace meses azota esta región del océano Pacifico.

El huracán tenía un aspecto compacto y muy común; sin embargo, en pocas horas pasó raudo por la categoría 3 y llegó sin dificultad al 5 justo antes de tronar contra el inerme puerto que lo esperaba sin conocer a ciencia cierta de su poder.

Con el ancla tendida y la maquina prendida nos aprestábamos para embestir con lo mejor de nuestra marinería al monstruo líquido que se nos venía encima.

A las 10 de la noche comenzaron a llegar las primeras olas de campo cercano generadas por la fuerza del viento y esa primer ola fue un negro presagio al cubrir por completo al yate Tiger.  Una segunda ola repitió la dosis y el terror se apoderó de mi marinero que volteó a verme y con sequedad le atizo la frase: “ Reza. Ya nos llevo la …..”.

El viento rugía trepando rápidamente varios órdenes de magnitud hasta estabilizarse en un punto que selló con una impronta de silbido supersónico a todos los que habitamos el puerto.  Un silbido acompañado de gritos, de crujido de metales y fibra de vidrio desgarrada, de estampidos por el choque de las embarcaciones, de zumbidos de lo que no se podía ver.  Diez minutos bastaron para que Otis arrasara con esta pequeña flota sin esperanza alguna para sus tripulantes que hacían sonar sus sirenas en solicitud de un auxilio que se sabía era imposible que llegara.   Intuyendo lo que ya era evidente, Lalo alcanzó a hacer una llamada telefónica de despedida a su familia con un mensaje dramático: “Mujer, nos estamos hundiendo, cuida de mis hijos!¡No me dejen de buscar…! 

Lalo me sujetaba con fuerza mientras yo trataba de controlar el timón.

-¡Pedro…no quiero morir…! – me decía mi joven aprendiz del mar.

– Yo tampoco – le contesté, pero no veía como librarla. Sentía que mi suerte marinera se agotaba rápidamente.

Una turbonada intensa sujetó a la embarcación y la volcó violentamente sobre un costado sacándonos de la seguridad relativa del puente.  Alcancé a gritar a Lalo que nadara y que luchara por su vida.  Furiosos micro torbellinos se formaban y se deshacían en minutos en la superficie negrísima del agua.  Uno de ellos me atenazó por una pierna y me jaló hacia abajo, abajo, abajo.   Contuve la respiración lo más que pude y más allá de lo que pude.  Pero el impulso por respirar quemaba mis pulmones y contra lo que dictaba la razón respiré hondo, muy hondo.  El agua fría se precipitó por mi garganta y la desesperación súbitamente cesó como impulso vital.  Una paz espesa y serena me invadió y me llevó fuera de la locura que se arremolinaba con violencia en la superficie; quedo inmóvil, suspendido en una tersa tumba de agua.  Viajo y me dejo llevar.  Mi vida ha sido larga, divertida y fructífera.  He visto mares y olas por miles. Es hora de parar.

Pero, ¿y Lalo?     Mi conciencia en un chispazo se trasladó instantáneamente al lado de mi joven marinero y desde el fondo le veo claramente nadando en la superficie del agua verdosa y agitada iluminada por relámpagos.  Torbellinos se formaban en la superficie y reventaban contra su rostro tratando de arrancarle su chaleco salvavidas que apenas le mantenía en superficie.  Veo un cojín flotador a lo lejos y me estiro de manera inverosímil para acercarlo a sus manos.  Él se aferra con frenética esperanza y lo usa a manera de escudo contra las gotas de agua que como furibundos abejorros escupidos por una Karcher se estrellan contra sus ojos cegándolo por completo.  Palapas, pedazos de plástico, ramas, restos del yate, de otros yates complementan la singular metralla que amenaza con hacerle perder el sentido, asunto probable pues el viento del huracán en este momento con facilidad rebasaba los 300 km por hora provocando que los oídos se taparan por el diferencial de presiones.  Siento en mi mano su dolor al apretar el cojín y toparse con una pija que Lalo aprieta para evitar que el cojín resbale de sus manos.  Quien sabe que tanto le debe a este recurso el no haber perdido su flotador.  Vi claramente como el agua lo alzaba y lo sumergía nuevamente como un muñeco sin esqueleto y él, aferrándose a la vida.  Tiene tanto porqué vivir.   Su joven esposa.  Sus dos hijas pequeñas.  Su seguramente exitosa carrera como capitán de yate.

El viento lo arrastra como un suspiro fuera del área protegida que representaba la Base Naval.  Súbitamente el aire se detiene y a la luz de rayos del mismo huracán alcanza a ver que se ubicaba a la mitad del camino entre Punta Bruja y la Piedra del Elefante. ¡Lejísimos! ¡El viento lo había empujado fuera de la costa! De repente imaginó a sus hijas llorando sobre su cadáver despellejado y empalidecido por el agua de mar y eso le dio una fuerza sobrenatural para nadar hacia el centro de la bahía.  El viento comenzó a aullar de nuevo y vi con alivio que lo arrastraba como a un barquito de papel rumbo al Farallón del Obispo, justo al interior de la bahía.  La tarea de mantenerse a flote se había convertido en una odisea saturada de dolores, pues sus piernas eran perforadas perversamente por calambres provocados por el sobre ejercicio a que las había sometido Lalo.  Y sin embargo, seguía nadando.

-Nada, nada Lalo, no dejes de nadar- le grito muy fuerte al oído.  Estoy convenciendo al mar de que te deje flotar, le he convencido de que te permita respirar.

Me di cuenta de que su cuerpo aun resistía.  Su mente, ya casi no.  Y de repente Lalo me provoca una sonrisa cuando escuché claramente como ponía en práctica una técnica para sobrevivir naufragios que me había platicado había leído en libros de navegación y en Facebook: repetir palabras, números, lemas, muchas y tantas veces hasta que se convertían en mantras de los cuales se colgaba artificialmente la atención para proseguir la lucha contra los elementos, y en este caso hasta contra la locura, engañando a su mente para que pensara en otra cosa que no fuera la muerte.

“Uno, dos, tres, cuatro, cinco, cinco, cuatro, tres dos uno.  El 15 por ciento de 2,200, el 35 por ciento de 1,400,  Padre nuestro que estas en el cielo, ánimo, ánimo lo peor está pasando.  Aguanta cabrón, aguanta…ya esto se acaba, ya casi acaba…”.   Su vida pasaba frente a él -de que otra manera podría ser- y revisaba lo que había hecho y había dejado de hacer.  El balance no lo favorecía.

Haciendo uso de una recién adquirida agudeza bajo el agua daba yo vueltas con facilidad alrededor de Lalo y me sorprendo al notar que ahora cuento con una gran cola ahorquillada de rígidos bordes, como uno de esos atunes que alguna vez pescamos juntos.  Nado maravillado con ella y gracias a ella cuido a mi marinero.  Magnífica pelea.  Magnífico muchacho.

Unos seres azulados con escamas pequeñas y brillantes, chaneques nacidos del agua de mar y vueltos remolino por el fenómeno sureño de El Niño, hicieron un último intento sobre el exhausto muchacho.  Tomándolo con violencia por el pecho intentan llevarlo al fondo de la bahía.  Poco les hubiera costado, ya estaba muy cansado.  Con un par de coletazos furiosos llego cerca de ellos y advierto que mi cola ahora tiene la forma truncada de un pargo dientón de rojas escamas, de esos que pelean con fiereza por su vida.  Sujeto a Lalo por los brazos causándole oscuros moretones y a jalones azotando mi poderosa cola lo acerco a la superficie. Y justo en ese momento me doy cuenta de que he aprendido el lenguaje del agua, del aire y del viento y dialogo con ellos.  Les platico de la vida, de mi vida que termina, de la vida de Lalo que apenas comienza, pero… ¿qué van a saber de este tema esos duendes-remolino que tienen apenas unos minutos de vida por delante? Sin embargo, hay que explicarles, y lo entienden.  Sueltan a Lalo y llegamos a la superficie apenas para que el joven llenara sus pulmones con fresco aire cargado de humedad, diésel marino y plásticos rasgados por el huracán.

Parece mentira, pero esta tormenta está sacando lo mejor de Lalo como persona, como hombre, como marino.  Siento su miedo, pero también veo que su miedo ahora se convierte en su motivo principal para seguir adelante.  Y sigue.  Nada 500 metros más, 100 metros más, 10 metros más.

El viento disminuye y se reduce hasta solo ser un silbido suave que no asusta a nadie.  La lluvia cae a raudales sobre un mar lleno de detritos arrancados de tierra firme y salpicado de vidas humanas y de animales que tienen solo minutos de haberse extinguido.   Al fondo de la bahía obscurecida por un apagón eléctrico, Lalo alcanza a visualizar un remolcador que se había fondeado rumbo a la Base Naval y allá dirige sus cansados miembros.  Los dedos de los pies se vuelven hacia abajo con dolorosos espasmos, pero había que seguir.  Con una mano entumecida sujeta con fuerza el cojín que ha sido su escudo y con la otra sigue nadando, nadando.  Dos horas más tarde sus esfuerzos le hacen llegar al remolcador y se pescó de una llanta que colgaba de él.  Gritaba, pero nadie le hacía caso hasta que alguien se asomó.  Algunos compañeros lo reconocieron y le tiraron una “dona” para rescatarlo del agua.  Y como en las películas, la cuerda no alcanzaba para que llegara al aprendiz de náufrago.  Una corriente lo arrastraba lejos del barco y de la salvación.

-¡Suelta el cojín, Lalo,  suéltalo para que llegues a la dona! .- le gritaba con desesperación la tripulación

Él se resistía, pero…¡le debía tanto  al cojín!  Al final lo soltó, hizo un doloroso sprint final y llegó al salvavidas.   Tuvieron que ayudarlo a subir pues se sentía absurdamente cansado.  Ya a bordo mi aprendiz de capitán agotó su último gramo de resistencia y rompió a llorar de cansancio, de agradecimiento, de tristeza.  ¡Lo logró…!  Nuevamente verá a su familia, es salvo.

Muchas historias, mucho dolor, mucho asombro.  De todo esto mi  valiente aprendiz salió bien librado y ahora dedica su tiempo a tratar de localizar a sus compañeros en desgracia.  A esos que no los busca la autoridad, a esos que quieren ocultar de la lista oficial de fallecidos mediante el desgastado y flaco recurso de declararlos como “desaparecidos”.    Sus amigos de las embarcaciones Niurka, Torbellón, Sereno y Bachu con los que desayunaba todos los días no aparecen o han fallecido.  Dura prueba le queda por delante, pues siendo un genuino sobreviviente los familiares de los desaparecidos acuden a él por consejo, por esperanza, por consuelo.

La última lección consistió en sobrevivir a un huracán categoría cinco y a continuación servir a sus compañeros de la comunidad marina.  Le dedico una última mirada orgullosa y con lentitud me elevo hacia lo que sigue.  Me llevo de aquí la mejor recomendación.

“Con todo respeto escribo esta historia fantástica inspirada en el relato de un sobreviviente como un homenaje a aquellos hombres de mar que por la mañana no pudieron llegar a puerto.  Muchos todavía están por ahí y aún se les espera en casa.”

 

 

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