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Por: Efrén E García Villalvazo

No pude hacerlo.  Simple y sencillamente no fui capaz de hacer ver a mis amigos lo que se nos venía encima.  Un huracán de categoría uno entrando directamente a tierra en el puerto de Acapulco era un asunto difícil de tragar; vientos de hasta 154 km/hr en el puerto representa por cierto un alto grado de peligro.  Además, teníamos el antecedente vivido por nosotros con el Pauline, el  Henriette, el Ingrid y Manuel y por tanto no somos bisoños en el tema de desastres naturales de gran magnitud; sin embargo, en verdad nada nos preparó lo suficiente para lo que ocurriría aquella noche.

 Un misil llamado “Otis”, con una potencia inimaginable, se dirigía con inexorable pero certera lentitud hacia el mismísimo corazón de Acapulco, alimentado por las temperaturas altas registradas en el mar, parte por el Calentamiento Global, parte por un fenómeno de El Niño excepcionalmente intenso y extenso.  Todo apuntaba a que ese espiral inmenso que giraba frente a las costas de Oaxaca cuando traspasara los límites con nuestro estado crecería súbitamente para convertirse en un monstruoso Leviatán listo para machacar con su inmensidad la desprevenida geografía costeña.  En unas pocas horas el registro del huracán subió a dos, a tres y de ahí en línea recta hasta el máximo nivel con el que se puede designar a un meteoro de esta naturaleza: nacía un huracán categoría cinco.  El pronóstico entonces llegó a vientos de más de 250 km/hr y precipitaciones superando los 300 litros por metro cuadrado de territorio.

El día 24 de octubre del año 2023 se inscribía en la historia de la ciudad como el de mayor destrucción registrado en el puerto en la vida moderna.  Todavía por la tarde varios marineros del Paseo del Pescador reportaron una mar en calma, sin el típico oleaje picado que caracteriza la cercanía de una tormenta en la bahía.  Los capitanes de los barcos y yates, obligados a sortear la tormenta a bordo de sus embarcaciones y con su tripulación, se dispusieron a enfrentar mano a mano al monstruo de agua y pasar la noche.  En este momento muchos de ellos todavía se encuentran atrapados en sus embarcaciones hundidas en las aguas tibias de la bahía.

Un pálido anuncio oficial se presentó a mitad de la tarde y durante la tarde noche.    La información era la correcta, pero el grado de emoción con el que se hablaba del asunto era tranquilizador, no suficiente para que la gente entendiera la gravedad del asunto.  Entrada estimada a tierra firme de las 2 a las 4 de la mañana, aproximadamente.  Punto confirmado de ingreso a tierra firme por la zona Diamante, y de ahí brincando el cerro de Las Brisas cayó como castigo bíblico sobre la ciudad que se preparaba para pasar la noche.

Eran la 10 de la noche cuando comenzó una llovizna ligera.  De ahí el viento rápidamente fue incrementando hasta un rugido atronador continuo que liberó por completo la furia demoledora del huracán.  No resultaba difícil imaginar nervudos demonios con cuchillas afiladas y curvas, mezcla de agua y viento, montando sobre ráfagas fortísimas que arremetían contra los aterrorizados acapulqueños que solo atinaban a guarecerse en lo más profundo de sus viviendas, mientras sus casas eran instantáneamente destruidas por fauces invisibles que devoraban lo mismo yeso y madera que metal y concreto.  El patrimonio acumulado durante años de trabajo se evaporó en segundos ante sus propios ojos.   Y llegó entonces el clímax del meteoro: los demonios montados en viento se juntaron con prontitud para conformar un solo dragón de múltiples cabezas  obscuras, con gruesas escamas de agua de tormenta y una cola con nudos de sal marina que azotaba de horizonte a horizonte emitiendo a la vez un terrible bramido sordo y continuo, coronado por un prolongado zumbido agudo que ahora forma parte de nuestros más negros recuerdos, dedicándose entonces a machacar sin misericordia ciudad, árboles, edificios, gente, playa y todo lo que en ellas se encontraba.  Las casas vibraban por el paso del viento al grado de que hubo gente que pensó que también se estaba presentando un sismo.  Así se sentía el viento que volaba a más de 85 metros por segundo.  Casi la mitad de la velocidad de un avión comercial.

Innumerables puertas y portones se abrieron de golpe en las casas como dando una traidora bienvenida al huracán.  Las ventanas implosionaban por el diferencial de presiones provocado por el paso del viento a altísima velocidad, saturando el ambiente de fragmentos de vidrio a manera de singular metralla que cruzaba de lado a lado los departamentos a su paso, arrastrando con su fuerza el mobiliario y, en algunos casos, a sus desafortunados ocupantes.

Elemento especialmente funesto han resultado esas techumbres de lámina que de repente se han puesto de moda en Acapulco, y que con el fuerte viento despegaron de los débiles anclajes con los que las sujetan a las azoteas de innumerables casas y edificios del puerto.  En cuestión de segundos se convierten en afiladas guadañas giratorias en busca de carne que cortar, estrellándose contra casas y edificios provocando daños que ahora vemos fueron abundantes e innecesarios.  Esta tormenta nos enseña que deben ser elementos prohibidos en el futuro equipamiento urbano.

Minutos interminables vivimos acuclillados en el baño de la casa, dentro de los closets y debajo de las camas, sitios que en se momento ofrecían ser los más seguros.   Hombres y mujeres, adultos y niños, amigos y familiares, abrazando a sus mascotas que chillaban de terror con ojos desorbitados; todos oraban y pedían al Creador su protección para prolongar por un día más su miserable existencia, que en esos momentos les parecía el bien más preciado. ¿Cuántas promesas se habrán hecho en esos larguísimos minutos que parecían horas? ¿Cuántos buenos propósitos se habrán apilado a la puerta del averno, que se veía ansiosa de abrir para recibir a las hordas de pecadores que reconocían tardíamente sus numerosas perversiones?  Pronto tendrían la oportunidad de cumplir sus abundantes promesas que al parecer fueron oídas porque el viento comenzó a amainar.  El dragón se volvió a subdividir en demonios y de ahí a ráfagas ligeras de viento que hacia las dos y media de la mañana de mala gana terminaron por volver al infierno del que son liberadas para salir a azotar a la humanidad de cuando en cuando.

Un silencio profundo invadió la obscura madrugada del puerto como clara señal de la capitulación de la ciudad ante la fuerza de los elementos.

Sin embargo, lo peor como sociedad estaba aún por ocurrir. Esa humanidad recién vapuleada por la tragedia y ansiosa de hacer méritos piadosos por haber comprado algunos días más de existencia, en el lapso de horas volvían a la ruta perversa de todos los días.  Un nuevo monstruo se alimentaba de la catástrofe reciente y poco a poco crecía para dar un mordisco más a la carcasa maltrecha de la ciudad.  Los demonios que cabalgaban ráfagas fueron sustituidos por ciudadanos de Acapulco, de esos de todos los días, de los que saludamos al paso con simpatía.  Las ráfagas de aire fueron sustituidas por carros de supermercado y diablitos de carga y los demonios ahora volvieron sus dientes chirriantes hacia las tiendas de abastecimiento.

Oxxo, Netos, Alamano, Walmart Express, Sorianas, Ferreteria Trani, e infinidad de negocios corporativos y de colonia que fueron artera y vergonzosamente rapiñados por el ciudadano de todos los días: el amigo, el alumno, el maestro, el funcionario público, el cliente cotidiano, los vecinos que llevaban a su familia a saquear comercios como si fuera un día de campo.  Todos ellos cobijados en la confusión producida por la tormenta se dedicaron a quebrar los huesos de la ciudad y sorber con fruición su tuétano al estilo más salvaje y primitivo, dejándose llevar por su espíritu de horda caníbal que debiera haber sido dedicado a apoyar al prójimo en desgracia.  Y en esta explosión frenética, mezcla de disposición muy natural a la delincuencia y una especie de alegría liberadora por haber sobrevivido al monstruo devorador de ciudades, no hubo la más mínima presencia de la autoridad -como autoridad- de ningún nivel de gobierno, ni policía, ni Marina, ni Ejercito, ni Guardia Nacional que evitara el saqueo.  El grado de irresponsabilidad y de negligencia es totalmente inaudito.  El grado de impunidad es absolutamente criminal.

Peor todavía: los pocos vehículos oficiales de la Guardia Nacional y de la Fuerza Acapulco presentes fueron vistos – hay fotos- ayudando a gente en la Av. Cuauhtémoc y Niños Héroes a subir el producto del robo en Soriana y Office Depot con rumbo a sus casas.  En sus caras se notaba la sonrisita nerviosa de hacer lo prohibido sabiendo que ninguna autoridad habría de intervenir. ¿Desquite por años de estar deseando sin conseguirlo? ¿O solo la oportunidad del baúl abierto, como se dice por ahí? Refrigeradores, estufas, pantallas LED, motocicletas, carritos de supermercado, todo formando un río continuo de hormiguitas arrieras llevando el producto de su robo a las partes altas de la ciudad y rumbo a las zonas urbanas y suburbana también.  Gran golpe a los sistemas de distribución de alimento y bienes de la ciudad.  En las semanas siguientes habríamos de pagar el precio con la falta de abasto y encarecimiento de lo más esencial.

Dejemos por un momento que la ciudad se dedique a relamer sus abundantes y profundas heridas ahora que vemos que la mayor parte de la infraestructura turística yace por los suelos.  Nos esperan largos meses, años quizá para recuperarnos de lo que acaba de pasar en el puerto más famoso del mundo, y en ese periodo a continuación de este “reset” brutal provocado por “Otis” surgen preguntas que siempre han sido fundamentales para el funcionamiento de la ciudad en condiciones de sostenibilidad

¿Se aprovechará la oportunidad para completar el reordenamiento de la zona federal marítimo terrestre y sus concesionarios y ocupantes? ¿Se conservará y rehabilitará el Parque Nacional El Veladero como escudo protector y termostato -ahora nos quedó muy claro- de las cuencas que conforman la bahía de Acapulco? ¿Se complementará la normatividad en materia de construcción para incluir fenómenos meteorológicos extremos, ahora que sabemos que estamos muy expuestos a ellos y lo sumamente dañinos que son para una ciudad costera como Acapulco? ¿Se podrá proteger y defender la playa de Manzanillo en la que aprovechando la falta de autoridad se ha vuelto a instalar como el astillero muy contaminante que tanto trabajo y dinero costó recuperar como playa turística “incluyente”? ¿Se volverán también las playas de Caleta y Caletilla en astilleros rústicos para construir las lanchas de fondo de cristal que se hundieron en el meteoro?

El renacimiento de Acapulco en condiciones de ciudad y zona marina sostenible es la gran oportunidad que se presenta para renovar al puerto y colocarlo en el ambiente turístico altamente competitivo que predomina en el mundo actualmente.  La alternativa es dejar todo como está y permitir que los que han vulgarizado Acapulco como destino de playa aprovechen la oportunidad para consolidar su reinado de desorden y falta de búsqueda por la excelencia que predominaba en la ciudad antes del huracán.  Ya se ha dicho antes y conviene tenerlo muy en cuenta: es un gran “reseteo” del Acapulco-destino turístico.  ¿Tendremos los arrestos para aprovecharlo? ¿Tendrán las autoridades ambientales la fortaleza para enfrentar el “saqueo” que se viene a continuación -similar en las causas al que se dio en los comercios- pero ahora aplicado a la zona federal y zonas altamente vulnerables a ser invadidas tal como el Parque Nacional El Veladero, la franja de playa de la bahía y la zona de la playa El Revolcadero?  Confiamos plenamente en la firme actuación de las autoridades ambientales en su labor como dique de contención de lo mencionado.  Será también el dique de contención futuro para fenómenos como el que acabamos de sufrir como ciudad ahora que sabemos lo caro que cuestan.

Finalmente, no olvidemos que de lo que produce Acapulco se mantiene el estado de Guerrero.  Que no se piense que por estar en Chilpancingo el huracán “no les llega”.  Llega y afecta.  Ya se vio.

El mundo entero tiene los ojos puestos sobre su Acapulquito, del cual todos tenemos una entrañable historia personal que platicar.  Es nuestra oportunidad de demostrar lo que somos y lo que tenemos.

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