La autora, Gretel Kahn, se pregunta cómo un continente sin ninguna zona de guerra activa y donde “hay una amplia gama de libertad de expresión e instituciones democráticas” ha llegado a este punto.
El problema, en realidad, es que son esas mismas instituciones las que han dejado de defender la libertad de expresión y la democracia. A dictaduras como las que hay en Nicaragua, Cuba o Venezuela no les gusta que periodistas publiquen lo que sucede en sus países: sus corruptelas, sus violaciones a los derechos humanos, sus crímenes, sus fallos. Tampoco a quienes lideran Estados unipersonales y con medidas autocráticas como México, El Salvador, Guatemala, Costa Rica o, hasta hace un mes, Brasil. Es hora de que los Estados democráticos a nivel global volteen a ver lo que está sucediendo aquí, antes de que la luz se apague por completo.
Hacer periodismo en la región comienza a tener tintes heroicos y parece que el mundo ha normalizado la violencia con la que se realizan las coberturas. “Es mi trabajo, finalmente, aunque nadie nos haya enseñado a reportear la guerra”, dijo en una entrevista el periodista Marcos Vizcarra después de que le robaran su auto y lo encañonaran en el operativo militar de Culiacán.
En 2022, el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por su sigla en inglés) documentó la muerte de 67 comunicadores y trabajadores de los medios a nivel global. Más de la mitad de los casos sucedieron solo en Ucrania (15), México (13) y Haití (siete). El problema no solo es la violencia, sino la impunidad: en su informe 2022, el CPJ señaló que en los últimos 10 años no hubo ninguna condena en 78% de los asesinatos. México tiene 28 asesinatos de periodistas no resueltos en los últimos 15 años y Brasil 13 en 13 años.
Hace unas semanas, el Nieman Lab de la Universidad de Harvard me pidió una predicción sobre el futuro del periodismo en 2023. La mayor parte de estas predicciones normalmente habla sobre tecnología, innovación, apps o mejores formas de gestionar redacciones periodísticas. La mía señala que cada vez será más complicado hacer periodismo en América Latina. Si no se puede reportear, preguntar, investigar, opinar y publicar, de poco servirá la innovación y la tecnología en la región.
Lo dijo Oscar Martínez, jefe de redacción de El Faro, en un artículo en Post Opinión: “Debo decir a los colegas que ahora mismo ejercen bajo estas circunstancias lo que me resulta más honesto: la situación no mejorará pronto. De hecho, estoy convencido de que la situación empeorará. Más acoso, más persecución, más detenciones arbitrarias, más ataques en redes sociales. Más miedo. Menos libertad”.
El periodismo es un pilar fundamental de las democracias. Hoy, en América Latina, ejercerlo implica para muchas y muchos periodistas arriesgar la integridad física y mental. En los casos más terribles, también perder la vida o la libertad. Sin su trabajo, será mucho más fácil para los gobiernos autoritarios instalarse y permanecer. El mundo debe decidir ya si permitirá que eso suceda pronto