Bajo Fuego. Auge criminal

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José Antonio Rivera Rosales

   Ya lo dijimos antes: la supuesta estrategia presidencial de “abrazos, no balazos”, es una completa estupidez.

Los resultados saltan a la vista: a la mitad de su sexenio, el gobierno de López Obrador lleva ya más de 100 mil 300 víctimas de la violencia criminal, muchos más que durante los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña.

La Fiscalía General de la República (FGR), a cargo del senil y amargado Gertz Manero, se dedica a perseguir a científicos y opositores en lugar de confrontar a los delincuentes peligrosos que se pasean a sus anchas por el territorio nacional.

Tal como evolucionan las cosas, algo huele mal en Dinamarca.

En otros países la experiencia ha demostrado que, si no se les combate, los grupos criminales -sean cárteles o simples pandillas armadas- muestran una inequívoca tendencia a expanderse y controlar territorios. Véase si no el caso de Venezuela, donde el estado se ha visto rebasado completamente por las bandas criminales que le han arrebatado poder y soberanía. Exactamente lo mismo está pasando en México.

Durante la administración anterior y con apoyo de las Fuerzas Federales, Héctor Astudillo mantuvo a raya a los grupos criminales que expoliaban a la población económicamente activa. En su gestión, un centenar de criminales peligrosos fue a dar a prisión. Sin embargo, toda esa labor se suspendió tan pronto tomó el poder la nueva administración.

En contraste, la joven gobernadora Evelyn Salgado ya dio muestras de que piensa hacer exactamente lo mismo que López Obrador: atacar las causas de la violencia, entendida esta premisa como el combate a la pobreza y la pobreza extrema, pero sin perseguir a la delincuencia.

Sin duda es loable que la gobernadora se preocupe por atender los graves problemas de rezago histórico de Guerrero, que lo mantienen como uno de los tres estados más pobres del país, junto a Oaxaca y Chiapas.

Pero eso de ninguna manera va a frenar a los grupos delincuenciales que ya comenzaron a aprovechar el hueco que se abrió en la seguridad y la persecución del delito. Si no nos creen estimados lectores y lectoras, sólo consulten las páginas de los diarios, particularmente en los últimas 48 horas.

Con asombro y espanto hemos visto como células delincuenciales incendian impunemente un mercado de semifijos en la periferia, prenden fuego a una discoteca de lujo en la Costera, atacan unidades del transporte público, disparan contra una camioneta de pasajeros matando a una enfermera que ahí viajaba, se enfrentan a tiros en la zona de La Cima y dejan un vehículo con varias personas desmembradas…

Es un horror sin fin, mientras el gobierno del estado y el municipio se dedican a promover un ambiente de fiesta que les permite esconder este tipo de latrocinios.

Está muy bien, sin duda, que se haya retomado el Festival de la Nao un poco con el enfoque original -los gobiernos posteriores ya lo habían convertido en un gran negocio con artistas de Televisa-, pero eso no puede ser, jamás, un pretexto para evitar la responsabilidad de perseguir el delito y combatir la violencia criminal.

El caso es que la nueva administración de la joven Evelyn Salgado ha puesto el acento en lo social, pero pareciera que se ha olvidado por completo de su deber primordial de proteger la vida y patrimonio de los guerrerenses.

Sólo para ejemplificar diremos que la oficina de Comunicación Social del gobierno estatal prioriza el envío de boletines con las declaraciones grandilocuentes de la joven gobernadora -por cierto, algunas notas carentes de contexto-, informan sobre la situación del Covid y transmiten los reportes del tiempo, pero ni una sola palabra sobre la violencia creciente que causa terror entre la población en Acapulco, Chilpancingo e Iguala.

Antes los medios podían contar, por lo menos, con la versión del gobierno sobre los diferentes hechos violentos que se suscitaban en el territorio estatal, acompañadas de la respectiva postura oficial. Pero ahora sólo escuchamos los sonidos del silencio, acompañados por las detonaciones de las armas. ¿Esa será la política de comunicación social de Evelyn? ¿El silencio?

¿Y el Congreso? Los diputados locales se regodean orondos en la disputa por las comisiones, ignorando por completo la agonía de una sociedad que, como en los peores tiempos de las confrontaciones criminales, busca la manera de evitar ser víctima de las atrocidades de los grupos criminales.

Como observaba atinadamente un analista local, en Acapulco nadie está seguro. Nosotros diríamos: en Guerrero nadie está seguro. Es lo que desde hace algunas semanas está haciendo notar el obispo Salvador Rangel Mendoza, quien desde julio pasado advertía: “Vamos a ser gobernados por los narcos”. Lamentablemente parece que vamos en esa ruta.

¿Pero qué es lo que está pasando, que de súbito resurgió la violencia criminal con mayor ímpetu?

Con el riesgo de equivocarnos en un tema tan delicado, nos aventuraremos a ofrecer una hipótesis: con el cambio de administración las fuerzas de seguridad del estado aflojaron su presión contra las bandas delincuenciales, abriendo un enorme hueco que ha sido ocupado de inmediato por un nuevo grupo que arribó a Chilpancingo y a Acapulco.

La fisura en los cuerpos de seguridad se ha mantenido abierta posibilitando los reacomodos de las formaciones que ya existían en el territorio -por ejemplo, los llamados Tlacos, que mantienen una confrontación brutal contra los integrantes de La Bandera, una escisión de Guerreros Unidos, lo que ha afectado principalmente a la población de la zona norte del estado-.

Al mismo tiempo un nuevo grupo criminal, aún no identificado, aprovechó la caída del Cartel Independiente de Acapulco (CIDA), del cual sólo quedan algunas células dispersas que, sin embargo, han tratado de defender su territorio en el principal puerto turístico de Guerrero. Si es acertada esta hipótesis, los enfrentamientos pronto llegarán al centro de la ciudad con consecuencias impredecibles para la vida y la economía de los acapulqueños.

Sería interesante conocer quiénes son los promotores de este nuevo grupo disruptor que parece actual con total libertad en un puerto por el momento distraído con las festividades promovidas desde el gobierno. Pan y circo para el populacho.

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