Ayyy, la salud

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Por Raúl Román

¡Aaah!… ¡Qué hermosa es la vida! Y si se ríe contigo es todavía más preciosa y gratificante. En una noche anterior nos telegrafíanos con Eva, mi prima-hermana del alma que siempre ha sido un monumento a la belleza universal, para comentar que nunca habíamos hecho caso del cercano “Día del padre”, porque esta figura terrenal no había aparecido en nuestro horizonte personal, pero que era de justicia dedicarle un homenaje que connotara este amor eterno, por lo que por sus indicaciones se dispusieron, con diccionario en mano, a enhebrar algunas líneas que sobresaltaran a los papás, y que en su momento se las dedicaremos. Acto seguido, salí a cenar con “El Grillo”, primero planeando comer una pizza hasta la población del Coacoyul, pero al arrancar la carcacha, esta tenía ponchada la llanta trasera izquierda, y por no tener el “gato” de patín y si mucha güevonada decidí no hacer nada, hasta el otro día, por lo que finalmente decidimos conformarnos con unos tacos en el local de “Chayd”, en pleno Infonavit El Hujal, departamentos de desinterés social, a la vez que recordaba que al otro día tenía algunas citas médicas y reaccionando con cierto desgano que luego luego se borró y desapareció al recordar el viejo y sabio refrán que “La Chata” me sorrajaba cada vez que podía:

-¡Si no te parieron en carro! – levantándome una sonrisa discreta pero ya convencido de que, al otro día, me transportaría en una “cumbia” costeña de a nueve pesos la dejada…

Así que hoy tocó ir al Seguro Social, buscando los análisis clínicos, al que amablemente mi zurdito de oro me afilió y que mi Awate también pudiera hacerlo, por ser derechohabientes destacados y cumplidos en tan vasta institución… siendo que no he podido ni he querido darme de alta en el ISSSTE, al que me debo por servir al estado por algunas anualidades, pero que ¡Gracias a Dios! hasta ahorita no he tenido la necesidad de asistir por enfermedad propia, y además, la verdad es que hay que irse a afiliar al bellísimo puerto de Acapulco, o sea a cuatro horas de carretera en carro propio, con alimentos incluidos en Petatlán, con tacos de cabeza o de chivo prieto, o bien, aporreado en Tecpan, o enchiladas rojas  y con queso en San Jerónimo, un pescado asado en Coyuca, o de plano, ir a los mariscos con “El Güero”, en Petaquillas, en el mero corazón del “lugar de carrizos”… o si se prefiere seis horas en autobús “de lujo”, conociendo y reconociendo toda la geografía de la preciosa Costa Grande de Guerrero… pero es cosa de todo el día, y preguntándote a ver si quieren afiliarte nuestros compañeros y paisanos; por estos motivos, cada vez que me acuerdo se me aguadan los calzones y ya no voy.

Así que desperté antes que sonara la alarma del teléfono celular de quinientos pesos, con doscientos de tiempo-aire, que compré hace seis años y que hoy luce en su máximo esplendor.  Luego luego unos estirones corporales, como resortera de las que vendía mi mamá… directo a bañar, tomar muestras y salir volado hacia el objetivo propuesto, llevando los papeles pertinentes en su hora y fecha, y cual bálsamo de ensueño, el libro de “La Familia” (y otras demoliciones) de Germán Dehesa, que me tiene haciendo pipí de la risa, desde hace tres días… ¡Uuuf, qué descanso!

Salgo raudo y veloz… espero pacientemente medio minuto y me trepo a la democrática “Cumbia”, con mis nueve pesotes en la mano, e inmediatamente aventándome a los asientos de atrás… al levantar la cabeza, a la cual no le entra un peine desde hace veintinueve años, por decisión propia y loca… ¡pa´ su madre!… No llevaba el bozal del momento… ¡qué güey, soy!… y que volteo hacia los demás pasajeros tratando de justificar el olvido y de hacer cuentas… cinco personas lo llevaban, más el chofer, y una más no lo portaba… no pus no había justificación, nos ganaban por decisión unánime – pensé – mientras los cumplidos me veían como diciendo – ¡Qué raro “especimén”! – pero, pensé, uuuh, subir por las escaleras hasta el piso 45, que es donde se encuentra mi jacal… ¡No manches!…pero de pronto – ¡Eureka! – casi enfrente de “La cumbia” estaba el poderoso bati-móvil azul-celeste que me heredó la bati-madre de mis hijos, y que me trasporta diariamente a toda la geografía costeña, y en el cual guardo dos cajas de cubre-bocas, que me dio mi Awatito, por si en tal caso se ofrezca… salvado. Muy educadito le pedí a nuestro guía motorizado que esperara un minuto mientras obtenía mi salvación de la pena que sentía… y fue tan amable que no se movió en cinco minutos para servir a este olvidadizo indito.

Ya repuesto de las emociones fuertes matutinas, descendí de la unidad (como dijeran los intelectuales) pasando el ayuntamiento (sin la h.) y de ahí tomé el paso de gacela hasta el IMSS, que se encuentra como a doscientos metros de distancia… ¿Y qué creen? La fila estaba de media cuadra, pero como he decidido a partir de hoy ser demócrata y practicar la justicia social a toda su potencia, me formé obedientemente, sin tratar de imitar a esos grandes y guapos influyentes e influyentas que van abriendo plaza en cada lugar en que se presentan, atropellando a cuanto transeúnte se encuentren y forzando la fila en turno, gracias a su poder nuclear… y ahí la llevamos.

Y pa´ dentro; ya en una nueva fila, no tardé ni cinco minutos cuando entregué el frasquito, ante una mirada dura del servidor en turno… fíjense, eran las siete treinta de la mañana y ya me estaban regañando… mientras otra bella dama de la salud me extendía dos tubos de manera enérgica, mientras aseveraba con energía:

-¡Se forma ahí! – decía, mientras mi corazón reaccionaba con gratitud y obediencia, ante las muestras tan románticas de la administradora.

-¡El que sigue! – llamaron, mientras se escuchaba una voz tierna y amable, que me invitó a entrar. Era mi amiga, la doctora Axinicuilteco la que llamaba, y que al reconocernos se convirtió en un cálido saludo y una sonrisa confiada. Preparó su instrumental médico y rápidamente indujo:

-¡Un piquetito! – y tómala… empezó a fluir la sangre indígena roja-profunda, de la que tan orgulloso me siento, en sendos tubitos.

Y tal como me enseñó “La Chata”, me despedí dando las más encarecidas gracias, mientras que checaba el reloj que marcaba las ocho treinta del nuevo día.

Acto seguido, pasé a preguntar a la ventanilla respectiva para preguntar dónde sacaban los electrocardiogramas y la radiografía del tórax… y un servidor, que supongo que era médico, dijo, sin despegar la vista de su teléfono celular:

-Aquí, a un lado lo van a llamar – con la vista clavada en su “fon”, como se expresa la pipiolada, y como diciendo – ¡No´ stés chingando!

Pero ni me inmuté. El tiempo marcaba las ocho cuarenta y cinco, mientras levantaba la vista buscando un sitio apartadón pero del cual se dominara la puerta del paraíso de la salud, y lleno de algarabía me aposenté a dos nalgas en un rinconcito romanticón y me dispuse a abrir el dichoso librito de Germán Dehesa, que E.P.D, en la página 74, mientras rodaba armoniosamente nuestro padre-tiempo.

Así inició la peregrinación hacia el departamento de electro-encefalogramas, con las personas que nos antecedían, con un médico medio fortachón y bajo de estatura, pero con el rostro y la mirada dura, ausente y cortante, cual navaja Guillette antigua… y eso que apenas eran las nueve de la mañana… y yo risa y risa con Germán… ¡Aaah, que deliciosa esta mañana de verano! Mientras las personas de a lado me veían como un ser extraño y “marciano”, como preguntándose entre sí o así mismos – ¿Y este güey de qué se ríe? Pues estamos en la antesala del dolor – pero bueno, yo en mi locura literaria carcajeándome a todo volumen con las ocurrencias irónicas y sarcásticas que el señor Dehesa nos heredó.

Pero al notar que ya pasaba la penúltima persona de la fila, se me alertó la sesera, y me aposenté frente a la puerta mágica esperando el llamado del médico…salió la persona en turno, el hombre de la salud se asomó por medio segundo, mientras yo me encarreraba cual saeta sideral hacia la puerta soñada y deseada… pero ¿qué creen? Me ganó a cerrar la puerta por medio segundo… acto seguido toqué leve, temerosa y discretamente… ¡puro camote!… ya no abrió mi salvador… me desplacé dos pasos hacia el flanco izquierdo y ahí apareció este servidor de la nación con el rostro más duro que el cuarzo, e inmediatamente ataqué:

-¡Doc… señorita… falté yo!… no me llamaron.

Ambos se miraran furtivamente, entre preguntándose y contestándose uno al otro:

-¡Me vale madre! – adiviné el pensamiento en el rostro del médico…

-¡Híjole! Ya no se puede señor, ya es tarde, y usted acaba de llegar – decía la bella administradora.

-¿Pero, por qué? Estoy aquí desde las seis treinta de la mañana, y no me llamaron.

-¡Es que el doc ya apagó la máquina! – decía esta bella dama, ante la mirada impasible de mi verdugo de la medicina.

Y que se me viene a la mente toda la rabia indígena, mientras el coraje casi se me salía por los ojos, al preguntarme a mí mismo. – Mi mismo… ¿reviento o no reviento? Por lo que casi grité:

-Estoy aquí desde muy temprano, esperando, ya casi leí medio libro durante la espera –  mostrándoles mi joya literaria de a $ 125 pesos, en los puestos de “viejos”,mientras veía que me había divertido hasta la página 128, de esta joya literaria, pero con el alma arto compungida

Al doc le valió queso fresco… se dio la vuelta como diciendo – ¡Hasta luego mi gabán! ¡Ahí te ves! – ante la mirada atónita y apenada de la señorita-administradora – mientras el reloj marcaba puntualmente las diez treinta de la mañana, con el convencimiento de que había  abierto la puerta de su trabajo a las nueve de la mañana… ¡Chiiinnnnn! ¿Y ahora? – adivinaba el cuestionamiento en la cara de la seño… para escuchar el reclamo de este indio en cuestión:

-Y aquí está la orden, que ustedes me dieron, para la radiografía, también.

La mushasha se agachó apenada… cruzó la mirada con su compañero de ventanilla y en total desánimo, asentó:

-Lo que podemos hacer es reprogramarlo para mañana, y ahorita veo cómo le hacemos para la radiografía… a ver si quieren – indicaba la belleza.

Pues que le hago, me pregunté resignadamente a mí mismo… puse ojos como de virgen dolorosa y volví compungido a mi fría y dura banca de espera, en la cual llevaba aposentado tres joras y media, para acompañar el espíritu de Germán Dehesa y su familia…

Pasaron siete minutos, cuando una dulce voz varonil llamó:

-¡Indio de Iguala! – a cual llamado respondí con tremendo salto y apresuramiento:

-¡Para servir a usted, a México y a Dios! – gritaba a los cuatro vientos, mientras mi médico me franqueaban la entrada con una mirada que no supe adivinar, si de servicio o de malestar.

-¡Siga por ahí! – me indicó el doc, con mirada incierta pero ¿relativamente amable?, mientras trascendíamos  puerta tras puerta… y llegamos a su laboratorio bio-físco-humano.

-¡Quítese el cubre-bocas y la playera! – ordenó el médico – Pegue la barbilla al aparato y doble los codos hacia adelante, lo que más pueda… cuando le diga respira hondo retiene la respiración hasta que yo le diga – indicaba con autoridad. – ¡Listo! – reafirmaba mi salvador, mientras me entregaba un disco compacto y remataba:

-¡No lo pierdas, porque ya no hay otro!

Y con el corazón lleno de gratitud y gozo salí de esta aventura de la salud con banderas desplegadas… ora, a ver qué pasa mañana, cuando mi doctora favorita vaya a interpretar los resultados de este redondito y rellenito cuerpecito marinero. Ahí les cuento…

Mientras tanto y por si no pudieran dormir, les comunico que el viernes salgo para el nido más hermoso del muuuunnndoooo, mi Iguala queriiidaaa, la tierra mundial del tamarindo, a echar unos alcoholes y unos tacos al carbón, para festejar al jefe de jefes. Ahí se ven.

(Desde el hermoso “lugar de mujeres”, su seguro servidor: El indio de Iguala).

 

 

 

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