2 de Noviembre, el día de los muertos. La celebración en Copala y en la costa chica afroguerrerense.

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Cristina García Florentino
Sin duda alguna los ritos hacia el bien y el mal, hacia lo natural y sobrenatural, lo conocido y desconocido causa de alguna forma estupor o temor. En Copala y en toda la costa chica de Guerrero uno de los rituales de mayor envergadura y tradición es la celebración del día de muertos, de fieles difuntos y angelitos en celebración víspera donde toda alma del ser humano va tomando su lugar en el umbral de lo sobrenatural, de lo desconocido. Esta tradición endocultural herencia de nuestra cultura africana, indígena y española ha tenido lugar desde hace algunos siglos, desde la etnohistoricidad sin la cual no podríamos hacer estas estimaciones de etnografía y de historia fundamentados principalmente en las investigaciones hechas por grandes historiadores que nos han dejado un valioso legado que han servido de base para todas las futuras investigaciones.
En este sentido, los ritos guerrerenses para la celebración de los días de muertos son vistos y sentidos como aquellas celebraciones que permiten alivio para el alma, la cura que alivia las penas y las hace llevaderas hasta el final de la vida misma. Todo comienza con el funeral del ser querido porque la muerte puede llegar desde distintas facetas de la vida y continúa con los recordatorios y memorias después, de acuerdo a Mendoza Luján los primeros se realizan al perder a una persona con la que se comparten experiencias, luego “a partir de su muerte hasta el momento de llevarlo al lugar destinado para su cuerpo-cadáver”, este ritual en las mortajas son muy ceremoniales, Salvador Singüenza arguye que después de esta etapa suceden los ritos de recordatorio, que se tratan del proceso para recordar el significado y la trascendencia de las personas. Estos ritos comprenden los aniversarios mortuorios y los días de muertos.
Elsa Malvido señala que las ceremonias y rituales del dia de muertos “son netamente españolas, coloniales, cristianas y en algunos casos romanas paganas, enseñadas por frailes, curas y otros europeos a los indios y mestizos”.
En nuestro suelo guerrerense afromexicano adornado por estrellas costeñas las celebraciones se dan en dos partes y durante dos días, el 1º. y 2 de Noviembre, los dos con las características ceremoniales católicas y las formas indígenas que se han vuelto tradicionales, rituales que son triangulados iniciando en la casa, continuando en el panteón frente a la fosa de seres queridos con orientación hacia el oriente, rumbo a la salida del sol y regresar a rememorar en casa, con un altar en ocasiones sencillo y otras vistoso y llamativo, dependiendo del gusto de cada familia.
El día Primero inicia la celebración a “Todos los Santos” que en testimonios orales nuestros ancianos señalan como recordatorio a los niños angelitos y el 2 de noviembre como recordatorio a los Fieles Difuntos. Son celebraciones familiares y el primer día se elaboran los alimentos que se supone pueden ser los favoritos para niños como arroz con leche, atole de alguna fruta de la región como mango, maíz, tamarindo, guayaba, etc., el 2º, día se elaboran los alimentos que degustaba el fiel difunto como arroz con leche, atole de frutas de la región, calabaza con leche o sólo calabaza guisada con panela, pan (recientemente llamado pan de muerto), café, refresco en un vaso o un vaso con agua, guisos de guajolote o gallina en mole o en guiso de pipián, etc., además de hacer el altar en algún lugar de la casa familiar donde se colocan los alimentos y las bebidas, las flores, las velas y el ancestral copal que por cofradía y su natural incienso merece un lugar especial en estas coloniales tradiciones con las respectivas imágenes de los santos y las fotografías de los difuntos.
Al día siguiente de la celebración se espera que los alimentos y las bebidas hayan sido consumidas por los difuntos y no falta quien asegura que efectivamente las tazas con café amanecen vacías y el pan en trozos pequeños, o los guisos con señales de “probete” que concluye con la visita a los cementerios que regularmente se ubican fuera de las poblaciones donde se colocan las ofrendas y se arreglan los sepulcros, no sin antes estar presentes en la misa que oficia el párroco de la población a las 8:00 a.m. en memoria de los “angelitos” en la iglesia o en memoria de los “santos difuntos” en el espacio del panteón asignado para ello.
Después de la misa las familias se dirigen a las tumbas y criptas que han limpiado la tarde anterior, con escobas, machetes, rastrillos, tarecuas, cubetas con agua para regar, limpiar las tumbas olvidadas algunas por un año otras por más tiempo pero que regularmente se tiende la mano para que todas permanezcan limpias de la superficie donde se sostiene la cruz en lugar visible con el epitafio, nombre del difunto, la fecha de nacimiento y de defunción, o bien donde la cruz permanece a ras de suelo y limpiando y adornando con flores, candelabros, alimentos, velas o veladoras, bebidas y coronas mortuorias donde los familiares platican con sus difuntos, se escuchan las voces, los cantos entre mariachi, guitarra o banda, o bien solo risas sonoras o lágrimas calladas que junto todo muestra un panorama triste pero hermoso, artístico y conmovedor hasta tocar las emociones más profundas del alma, de amores eternos, sombríos e inacabables, inalcanzables, tocando con el corazón los redobles de la campana fastuosa, de luto y de pensamientos que acarician las tardes otoñales y estremecen el alma por los siglos de los siglos.
Afuera de los cementerios se instalan los puestos de alimentos, bebidas, veladoras, velas, cerillos, cigarrillos, flores de cempasuchil, gladiolas rojas y flores multicolores, coronas mortuorias hechas de material artesanal o de materiales económicos de la región que sirven como ofrenda floral y adorno al sepulcro, atrios o bóvedas. En el mercado abundan las flores de cempasúchil, gladiolas rojas y claveles, pan de muerto, azúcares y chocolate en forma de calaveras, pollo en mole de pipián, tamales nejos o chocos, arroz con leche, esqueletos y cráneos tallados en madera o en barro rústico.
En el panteón aún podemos encontrar fosas hechas en tierra con determinada profundidad. En la costumbre medioeval los cementerios eran puestos en lugares aislados y cubiertos de vegetales, hoy en día los encontramos rodeados de la civilización con una urbe impresionante, aunque en las poblaciones, no en todas, aún se conserva esta vieja práctica donde no hay tanto crecimiento poblacional y donde lo hay obliga a la construcción de otro, todo de acuerdo con el reglamento de panteones que rige la norma en los Ayuntamientos guerrerenses.
En algunos municipios aún pueden distinguirse entierros de personas en las iglesias que han fungido como héroes célebres que participaron en alguna acción solidaria en la población, en el caso de Copala puede verse la cripta de Don Marcelino Morales (qpd) quien fue promotor voluntario de la construcción de la iglesia.
En el lugar donde se localiza el panteón se encuentra colocada una cruz grande o chica que el párroco del lugar bendijo y se encuentra fija justo en la entrada y la forma de administración le corresponde a cada población y a cada Ayuntamiento, el control de los nombres de las personas fallecidas se encuentra asentado en el libro parroquial.
En el caso del municipio Copalteco en el periodo presidencial del C.P. Luis Javier González Guerrero se mandó plasmar en la insignia de la cruz que se encuentra a la entrada del cementerio-panteón un mensaje que se predica en oración sentimental elevado a la resignación familiar “ Morada de la paz y eterno descanso”.
Así es en Copala y en la costa chica afromexicana de Guerrero el día de los fieles difuntos, día de muertos, todos santos, siendo los días más hermosamente decorados para regocijo del corazón y para el suave alivio del alma.

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