De la nostalgia…

Compartir

                                                       Rodrigo Juárez Ortiz.

El reciente lunes 27 de Enero, mi camino se vio solo disminuido, no detenido, en la avenida Costera por una marcha de niños bien uniformados, en perfecto orden, llevando escudos con la insignia de su escuela, adecuadamente protegidos por las autoridades viales, sus maestros y acompañados por algunos padres de familia. Sin embargo al día siguiente vi en este diario la noticia siguiente: “Conmemora primaria “Manuel Ávila Camacho” su 73 aniversario”.

La nota me impactó favorablemente toda vez que me hizo remontar a mis años infantiles, me llenó de recuerdos -todos agradables- de una de las etapas mas placenteras de mi existencia, mi paso por esa escuela.

Mi familia tenía poco tiempo de haber llegado de la ciudad de México. Nos estábamos ambientando en nuestro nuevo mundo tropical, en donde todo era totalmente distinto, usos, costumbres, lenguaje coloquial, juegos y un largo etcétera. Nos habíamos instalado en un departamento en el entonces hotel “Villa Julieta” (ahora Hotel del Magisterio, me parece) en la calle de Hornitos, esquina con la Costera a dos calles de la Escuela Primaria Urbana Mixta del Estado “Manuel Ávila Camacho” en donde estudié toda mi primaria y en esa escuela tuve infinidad de gratas vivencias. Me gustaba estudiar, y como al entrar yo ya sabía leer y escribir que aprendí en casa, todo se me hacía mas fácil; obviamente jugar con mis amigos, los profesores eran excelentes, practicaba el beis-bol como deporte en los tres últimos años; participaba en todos los desfiles y el del 20 de noviembre lo prefería pues iba con un traje del deporte que practicaba; como me gustaba ir a la escuela, los sábados me permitían ir y en la escuela me daban permiso, usaba los pasillos para patinar; teníamos clases en las mañanas y por la tardes trabajos manuales, en donde se impartían talleres de carpintería ( hice una repisa y un trastero) hojalatería y jardinería ( no las tomé), curtiduría ( hice una cartera), y otros. A la salida de las clases matutinas era un agasajo el comer las jícamas y los mangos verdes con limón y chile piquín que vendía una viejecita, Doña Rosita, que en ocasiones me fiaba cuando no contaba con dinero; nunca me fui de “tíquite”, pero como enfrente de la escuela estaba la playa, y el muelle del hotel Las Hamacas (donde aprendí a nadar y a tirarme de clavados), con los “zancas”  íbamos a nadar y le echábamos “galleta” a los pantalones, lo que les impedía ponérselos e irse a su casa en calzoncillos; mi traje de baño era un “Catalina” color guinda. Había concursos de conocimientos patrocinados por los chiclosos “Toficos” y nuestro competidor permanente  lo fue siempre, en todo, una magnífica escuela que era la Ignacio Manuel Altamirano. Eran las mejores escuelas de entonces y todos los niños de Acapulco – no había colegios particulares- preferían estudiar en ellas, a mí me tocó entrar dos años después de inaugurada –estaba nuevecita- y cuando terminé, mis padres nos enviaron a estudiar a México, primero a mi hermano mayor y luego a mí, pues era entonces una forma segura de entrar a la UNAM. No cuento –por falta de espacio- algunas otras vivencias  sensacionales que tuve, pero la marcha me despertó viejas añoranzas. O usted, nostálgico lector, ¿Qué opina?

 

Comentarios

comentarios