De Frente. Balazos en la plaza central de Acapulco (video de la balacera)

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Por: Miguel Ángel Mata Mata

— “Hay que mandar al carajo a la delincuencia; es como la corrupción. Fuchi. Guácala”, dijo el presidente de México en Tamaulipas.

Entraron en tropel al local del estacionamiento buscando refugio, ocho jovencitos originarios de algún lugar de Puebla. Se dedican al comercio y, según su atropellado lenguaje y el pánico en sus ojos, llegaron de un lugar donde lo más violento ha sido la pelea a puño limpio entre los chamacos de la primaria.

En la Plaza Álvarez de Acapulco, al fondo, junto a la catedral de Nuestra Señora de la Soledad, es soleado domingo con amenazas de tormenta. Por allá, entre los cerros, se reflejan relámpagos y cumulus nimbus grises, grises, grises.

— “Habrá tormenta”, sostuvo el viene-viene.

Cerca de la costera se ha instalado la banda municipal. Son tardes de música para que el pueblo bueno y sabio baje a divertirse. Los religiosos en la misa, llenan la iglesia. Los curiosos miran y compran las chacharas que la merca ambulante ofrece por aquí y por allá. Es un domingo más entre residentes y turistas mirones.

— Pam, pam, pam, pam, sonó por allá, donde está le iglesia

Fueron cuatro tiros. Un gordito quedó con la mirada a cielo. Los andantes de ese pequeño pedazo de plaza central, corrieron. En la iglesia rezaban el Padre nuestro y se daban el saludo fraternal entre hermanos. La banda de música tocaba el mambo número cinco, provocando alegría de quienes les escuchaban.

— “Pam, pam, pam, pam”, se escuchó, relata uno de los jovencitos poblanos. “Nosotros vimos cuando le disparó. Se vino caminando, por donde nosotros veníamos, con la pistola en la mano. Agarró por ésta calle y se fue como para allá (rumbo a Caleta por la calle Benito Juárez)”, relataron.

— “Ya pueden salir, ya llegaron policías y militares al lugar. Ya está segura la zona. Iré a ver para que ustedes tengan confianza”, les dijo el viene-viene para regresar a los cinco minutos:

— “Ahí está tirado un gordito. Creo que es un vendedor ambulante. Sí, le metieron cuatro tiros. Ya están los policías y militares revisando a cuanto joven con mochila anda por ahí. Ya pueden salir”, dijo.

—- “¡Noooo! Nosotros ya nos vamos de regreso a Puebla”, respondieron con el miedo en la piel reflejado en el blanco de sus ojos muy abiertos.

Llamaron a sus compañeros de viaje. Venían en un camioncito negro, donde caben como veinte personas. Detrás de ellos salieron uno, dos, tres, hasta que el estacionamiento público quedó vacío.

Huyeron los turistas. Cerraron los restaurantes, menos los de la plaza central. El estacionamiento y las calles aledañas se quedaron vacías como a las ocho de la noche de un domingo cuando, por la tarde, sí llegaron la lluvia y los relámpagos.

Aunque, los religiosos no se fueron, siguieron sus misas. La banda de música tocó y tocó hasta que la lluvia les negó el disfrute melómano. Los restaurantes reabrieron sus cortinas. Llegaron otros autos al estacionamiento y las calles aledañas.

— Fue un instante que duro pam, pam, pam, pam, cuatro segundos.

Alguien le ha colocado un hule al gordito que miraba al cielo. Ha llegado el forense. Los policías regresan a sus rutinas. El restaurantero a sus comensales. El músico a su música. El señor cura a su misa. Y los turistas, esos, esos se han ido.

¿Cómo le decimos al pánico de los jovencitos poblanos que el presidente de México le ha dicho fuchi, guácala a la delincuencia?

¿Cómo les decimos que él dijo que hay que mandar al carajo a la delincuencia? ¿Cómo, pues, les negamos la realidad?

Ésta fue la tarde del domingo ocho de septiembre del 2019 en la plaza central del puerto más hermoso del mundo.

 

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