Salvar a México

BAJO FUEGO

De la trágica experiencia del sismo del 19 de septiembre, como del que lo antecedió, los mexicanos hemos aprendido a entendernos, aún sin cruzar palabra, uniendo esfuerzos como un solo ente que buscar salvar a los suyos ante una catástrofe que nos enluta y nos pone a prueba.

Este sentimiento de solidaridad que hizo salir a decenas de miles a las calles en la Ciudad de México, de Morelos, de Oaxaca, de Puebla, de Guerrero, parece haber surgido de las ruinas del terremoto del 19 de septiembre de 1985, más de 30 años atrás.

Hasta ese momento, la gran ciudad era un conglomerado de personas carente de empatía por sus hermanos, que vivían -hasta la vez lo hacen- el uno sin saber de los otros, de los demás, a los que veía como enemigos a pesar de cohabitar en la misma comunidad.

Surgió entonces la cultura de la Protección Civil que ha comenzado a echar raíces en la sociedad mexicana, aunque contaminada por las sucias manos de los políticos.

Este 19S parece ser la apoteosis de un sentimiento que creíamos olvidado en el que, como una marabunta humana, se imponen los bríos de los jóvenes que sacaron lo mejor de México: el México compasivo, humano, que se olvida de sí mismo para dar todo lo que tiene a todos los demás, a todos los suyos.

Es verdaderamente admirable la conducta de miles de jóvenes, algunos inclusive adolescentes que, mano con mano, comenzaron a prestar ayuda a los caídos bajo los escombros, sin importar sexo, edad ni condición social.

Por contraparte, resulta aberrante hasta la náusea la forma en que se ha comportado el gobierno mexicano y el gobierno estatal de Morelos, que comenzaron a secuestrar víveres y medicinas para imponerles una etiqueta, como si fueran recursos oficiales los invertidos para llevar auxilio a quienes lo necesitaban entonces y lo necesitan ahora.

Por doquier han menudeado las quejas sobre los abusos de los diferentes gobiernos, municipales inclusive, que buscan lucrar con la tragedia.

Todavía está fresca en la memoria aquellos días aciagos de 2013 cuando cargamentos completos de víveres fueron secuestrados por figuras políticas -léase Manuel Añorve- que empaquetaban la ayuda y la hacían llegar a los necesitados como si fueran recursos propios.

Ahora vemos la inmundicia de gobernantes y políticos -que al final son lo mismo- que utilizando inclusive a la fuerza pública buscan la manera de concentrar la ayuda humanitaria en sendas bodegas del DIF nacional, estatal o municipales, a veces despojando a los donantes a la fuerza. Eso, aquí y en China, se le conoce como robo a mano armada.

Son ya incontables las denuncias de donantes, gentes desprendidas que sólo buscan ayudar, que fueron interceptados por la fuerza pública en comunidades rurales hasta donde debían llegar al amparo de la noche, como si fueran convictos fugados de una cárcel.

Enrique Peña Nieto, inclusive, aparece en un video jugando a repartir cajas de víveres vacías con una amplia sonrisa en la boca, como si de un juego se tratara. La estulticia de Televisa, copartícipe del circo, tocó fondo con el show mediático que concentró el rating en un caso que jamás existió, lo que generó una expectativa cargada de morbo y abyección de la que hizo comparsa a la ciudadanía. Televisa es una maldición para los mexicanos.

Es por eso que en diferentes lugares los ciudadanos empoderados le dieron una probadita de desprecio a algunos políticos como Miguel Angel Osorio Chong, secretario de Gobernación, quien de esa manera ingrata se enteró de que mucha gente con seguridad jamás votará por él.

Igual situación con el delegado de Xochimilco, quien tuvo que emprender la huida ante sus vecinos que le lanzaban adjetivos de odio.

Aunque con menos drama, lo mismo le pasó al infame Graco Ramírez que fue rechazado de un lugar de rescates por los habitantes que le dijeron, palabras más palabras menos, que ellos estaban ayudando desde las seis de la mañana, sin almorzar siquiera, mientras el mandatario estaba arribando por ahí del mediodía, bien almorzado, bien bañado y vestido con ropas elegantes. Bueno, por lo menos no tuvo que salir corriendo.

A esas escenas de ruindad política, en la que algunos diputados y senadores llegaron a ofenderse ante la pregunta de si habían donado, habrá que agregar la grotesca danza de los millones protagonizada por los partidos políticos, que sólo hasta que el clamor generalizado de los mexicanos se hizo incontenible, fue que decidieron donar a la reconstrucción -como si el dinero fuera suyo- parte de su presupuesto para campañas, así como para asistir a los damnificados.

Habrá que observar que ese presupuesto -más de 11 mil millones de pesos para el ejercicio de 2018- no es de los partidos, ni tampoco del Instituto Nacional Electoral (INE), sino de todos los mexicanos. Justo es que se asigne a la reconstrucción en lugar de tirarlos a la basura con las campañas que ya a nadie convencen.

Eso por todo esto -el egoísmo total frente al desprendimiento total- que necesitamos preguntarnos: ¿Necesitamos de los políticos? ¿Necesitamos de los partidos políticos?

Otras preguntas: ¿Dónde están los expresidentes de México, en momentos como éste? ¿Dónde está el bocón de Vicente Fox, Calderón, Zedillo? ¿Dónde está la élite política que se ha enriquecido a costa de los mexicanos? ¿Dónde están los bancos y las grandes empresas comerciales –aunque algunas honrosas excepciones han hecho aportes sustanciosos para paliar la tragedia, pero y las demás? ¿Dónde está Carlos Slim, el hombre más rico del mundo? ¿Dónde está la elite económica que se ha potenciado con el sistema neoliberal?

Hay personalidades dentro y fuera del país que han hecho sustanciales aportaciones. A ellos y ellas, el país se los agradecerá.

A los demás habrá que vaticinarles que, en lo sucesivo, deberán enfrentar el juicio de la historia y la rabia de los ciudadanos empoderados. Eso es todo.

Fuente: José Antonio Rivera Rosales/Bajo Fuego

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