BAJO FUEGO. Motín

 

 

 

 

   José Antonio Rivera Rosales

 

Lo que ocurrió en el penal de Acapulco el pasado jueves 6 amerita una lectura minuciosa de la que no se pueden escapar otras versiones, distintas de la oficial, que menudearon sobre el grave incidente.

En principio, la información según la cual una madrugada todos los internos se levantaron con ganas de trenzarse a golpes y cuchilladas -que es lo que plantea la versión oficial- es simplemente absurda.

Que tras la brutal trifulca hubo 28 muertos según el conteo oficial, es también una versión que se tambalea ante datos que han ido surgiendo paulatinamente de fuentes diversas, pero relacionadas todas con el submundo del crimen organizado.

Versiones que difieren diametralmente de la narrativa oficial apuntan a que en realidad se trató de un asalto armado desde el exterior, que ya era esperado por decenas de delincuentes acostumbrados a participar en choques violentos.

Más detenidamente, habrá que precisar que uno de los grupos delincuenciales dentro del penal tuvo conocimiento con antelación de que un comando foráneo tomaría por asalto la instalación para hacerse del control de ese inmueble, en el que el personal directivo y los custodios sólo son figuras de ornato.

Desde su fundación en 2010, el Cártel Independiente de Acapulco (Cida) ha tenido el control de las actividades al interior del Centro de Reinserción Social de Acapulco (Cereso). Pero el autogobierno es un fenómeno que existe en los penales desde muchos años antes, cuando todos los criminales actuaban bajo el mando del extinto capo Arturo Beltrán Leyva.

Después de la caída del capo vino la ruptura que separó a los narcos locales del mando foráneo que ostentaba Edgar Valdez Villarreal La Barbie, tras lo cual los traficantes de origen guerrerense se agruparon en lo que hoy conocemos como Cida y, después de cruentos choques, procedieron a expulsar a los partidarios tanto del grupo de Valdez Villarreal como, posteriormente, de Héctor Beltrán, quien en más de una ocasión trató de recuperar la plaza de Guerrero, que consideraba su territorio.

Esa brutal confrontación se vio reflejada en las calles de Acapulco a lo largo de todo el  2011, cuando los dos grupos cometieron crímenes atroces que generaron una suerte de repliegue de la comunidad, que se refugió en sus casas ante la zozobra que causaba caminar por las calles del puerto. Recuerde el lector que por esos días nadie deambulaba por la Costera arriba de las ocho de la noche.

Así, desde hace tiempo, la situación al interior de éste y otros penales de Guerrero comenzó a tensarse con el ingreso de nuevos detenidos, partidarios de lo que ahora da en llamarse La Empresa, el nuevo nombre adoptado por el clan Beltrán Leyva.

Con el tiempo la situación entre las dos formaciones criminales -el Cida y La Empresa-  se hizo insostenible al interior del penal de Acapulco, de modo que resultaba inevitable el choque entre los dos grupos criminales (llamarles grupo es un mero eufemismo, dado que son cientos los delincuentes peligrosos encerrados en ese penal).

En fecha reciente, según la información, los agrupados en el Cida se enteraron de que sus enemigos del clan BL preparaban un asalto al penal, para el cual habían hecho un trato con el director y algunos custodios con el fin de que les facilitaran las cosas. Del mismo modo habrían hecho algún trato con mandos de la Policía del Estado para hacerse de la vista gorda mientras operaban al interior.

¿Hasta qué niveles llegó el trato hecho con el o los mandos de la corporación? Es imposible saberlo. Pero habrá que recordar que un policía estatal apareció muerto el pasado 30 de junio en Chilpancingo luego de revelar en un video la existencia de casas de seguridad y tratos con criminales por parte de mandos de la SSP.

Así pues, a estas alturas no resulta extraño que las formaciones delincuenciales, de uno u otro bando, hayan infiltrado el aparato de estado.

Ese día del choque violento, a las 03:45 de la mañana un comando de los llamados beltranes ingresaron al penal para tomar por sorpresa a sus enemigos, pero los sorprendidos fueron ellos porque los cidosos ya estaban preparados: de inmediato se atrincheraron y tomaron como rehenes a los que tuvieron a mano. Hubo disparos de arma larga por parte de los asaltantes, quienes finalmente optaron por escapar al encontrarse con semejante resistencia.

De acuerdo con esta versión, estos sucesos ocurrieron entre las 04:00 y las 07:00, el mismo horario en que los custodios y los policías estatales acantonados justo a un lado de la prisión reportaban que todo estaba “pasivo”.

En el curso de la mañana las autoridades del estado, sorprendidas por los acontecimientos, estuvieron dosificando la información a los medios mientras aplicaban un control de daños y recuperaban los diferentes espacios de la prisión, especialmente el área de Alta Seguridad (MS), donde la contienda entre ambos bandos se desahogaba de una manera bestial. Años de furia contenida es lo que convirtió los patios de la prisión en  un campo de batalla.

Todo este escenario, que ya había sido previsto por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), es el que estalló como una granada en el Cereso de Acapulco con los resultados ya conocidos. Si hubo muertes no reportadas, causadas por arma larga (fusiles AK-47 y AR-15), entonces las autoridades federales tendrán la última palabra.

Es claro que el procedimiento de investigación debe abarcar tanto a los directivos y custodios del penal, como a los policías y mandos que se coludieron para permitir estos hechos atroces. En todo caso, esta situación parece encuadrarse en el contexto de las amenazas que La Empresa lanzó en fecha reciente contra el gobernador Héctor Astudillo, de la cual se dio cuenta en este espacio (Bajo Fuego 224).

Las decisiones que tomen las autoridades en lo sucesivo determinarán el rumbo, el talante y la composición del sistema carcelario, especialmente en los casos de reos del orden federal que ya tienen saturadas las prisiones de todo el país. Pero una cosa parece ser muy clara: esta nueva escalada violenta apenas comienza.

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