De Frente. Destino Manifiesto, Doctrina Monroe, El Gran Garrote y el traidor Videgaray

 

John O Sullivan

 

Por Miguel Ángel Mata Mata

 

¿De qué nos espantamos? Los gringos han sido gringos desde hace doscientos años. Sin cultura propia se han negado a aceptar lo multiétnico y multicultural que existe en un continente al que llegaron y han considerado suyo por un concepto fundacional divino. En su origen son extranjeros en una tierra que se apropiaron porque Dios así lo dispuso.

Recordemos que el sustantivo “gringo” corresponde a una deformación del lenguaje con que los conquistados por los griegos llamaban a los extranjeros: greek, les decían. Al deformarse ésta palabra al español nos llegó como gringo, para referirnos a quien llegó de afuera a apropiarse de lo nuestro.

Donald Trump es un gringo fiel al destino que Dios les ha conferido a los estadunidenses por encima del resto del mundo.

EL DESTINO MANIFIESTO

Vamos por partes. Cuando protestantes y puritanos escoceses e ingleses fundaron las trece colonias en una parte de lo que hoy es Estados Unidos, creyeron que Dios les otorgó una misión divina: apoderarse del continente americano. Esa idea expresó la creencia de que Estados Unidos de América es una nación destinada a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico y de Alaska a la Patagonia. Con esa idea los estadunidenses se llaman por ello americanos, por encima de los originales de cada territorio del continente.

John L. O’Sullivan fue un influyente columnista quien hoy día es recordado por el dicho “El Destino manifiesto” para defender la anexión de Texas y Oregón, arrebatados a México mediante un pago de quince millones de pesos a un corrupto, frívolo y ebrio presidente llamado Antonio López de Santa Ana. El primer golpe anexionista del mito fundacional de Estados Unidos lo recibió México. Lo que hoy haga Donald Trump con sus berrinches y tormentas en contra de nuestro país no es ninguna ocurrencia. Es la ratificación de la ignorancia fundacional gringa.

El término Destino manifiesto aparece por primera vez en el artículo “Anexión” del periodista John L. O’Sullivan, publicado en la revista Democratic Review de Nueva York, en el número de julio-agosto de 1845. En él se decía: El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno.

La segunda interpretación de O’Sullivan de la frase se dio en una columna aparecida en el New York Morning News, el 27 de diciembre de 1845, donde O’Sullivan, refiriéndose a la disputa con Gran Bretaña por Oregón, sostuvo que: Y esta demanda está basada en el derecho de nuestro destino manifiesto a poseer todo el continente que nos ha dado la Providencia para desarrollar nuestro gran cometido de libertad y autogobierno.

Otro punto de discusión fue el empleo de la fuerza. Algunos líderes políticos, cuyo máximo exponente fue James K. Polk, quien le pagó a Santa Ana los quince millones por la mitad del territorio mexicano, no dudaban en intentar anexionarse el mayor territorio posible aun a riesgo de desencadenar guerras, como fue el caso de la invasión a México.

En este sentido, el historiador y escritor Martín Moreno escribió un recuerdo: cuando el presidente estadunidense, James Polk, ordenó la invasión de México y el general Scott ocupaba el Castillo de Chapultepec, una delegación mexicana viajó a Washington a negociar con el presidente gringo. La invasión estaba consumada y los brillantes negociadores mexicanos propusieron a Polk quedarse de una buena vez con todo el territorio.  La respuesta les dejó helados: No, les dijo Polk, porque ese territorio que les queda a ustedes está lleno de indios.

¿Alguna semejanza con la actitud del Luis Videgaray quien insiste en negociar con quienes se creen enviados de Dios? ¿Sería coincidencia la semejanza entre Vidgaray y los traidores que querían entregar el resto del territorio a los gringos, o a alguien se le ha olvidado releer nuestra historia?

 

LA DOCTRINA MONROE

Fue el mismo presidente James Polk quien despertó por primera vez el discurso de Monroe en su alocución del 2 de diciembre de 1845 con la finalidad de apoyar las pretensiones norteamericanas sobre Texas y el territorio de Oregón, así como para oponerse a supuestas maquinaciones británicas con relación a California, que en aquel entonces era una provincia mexicana.

La Doctrina Monroe, sintetizada en la frase “América para los americanos”, fue elaborada por John Quincy Adams y atribuida al presidente James Monroe en el año 1823. Establecía que cualquier intervención de los Estados europeos en América sería vista como un acto de agresión que requeriría la intervención de Estados Unidos. La doctrina fue presentada por el presidente James Monroe durante su sexto discurso al Congreso sobre el Estado de la Unión. Fue tomado inicialmente con dudas y posteriormente con entusiasmo. Fue un momento decisivo en la política exterior de los Estados Unidos.

La doctrina fue concebida por sus autores, especialmente John Quincy Adams, como una proclamación de los Estados Unidos de su oposición al colonialismo en respuesta a la amenaza que suponía la restauración monárquica en Europa y la Santa Alianza tras las guerras napoleónicas.

Mucho ojo. ¿Hemos preguntado por qué los estadunidenses se dicen americanos cuando en el continente hay una intensa gama de pueblos multiétnicos? La ambigüedad de esa doctrina en Latino América se entiende que cuando los Estados Unidos se usan el “América para los americanos” entienden por “América” todo el continente, pero por “americanos” sólo a los estadounidenses.

En 1880, de conformidad con la idea de que el Caribe y Centroamérica formaban parte de la “esfera de influencia exclusiva” de los Estados Unidos, el presidente Rutherford Hayes enunció un corolario a la Doctrina Monroe: “Para evitar la injerencia de imperialismos extra continentales en América, los Estados Unidos debían ejercer el control exclusivo sobre cualquier canal interoceánico que se construyese”. Dejaban así las bases de la posterior apropiación del Canal de Panamá cuya construcción había sido abandonada por el francés Ferdinand de Lesseps en 1888, y excluían a poderes europeos que pudieran competir por los mercados del Caribe y Centroamérica, aprovechando la cercanía de Estados Unidos a la zona.

A raíz del bloqueo naval de Venezuela por potencias europeas a comienzos del siglo XX, Estados Unidos afirmó su doctrina Monroe y el presidente Theodore Roosevelt emitió el Corolario de 1904 estableciendo que si un país europeo amenazaba o ponía en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno estadounidense estaba obligado a intervenir en los asuntos de ese país para “reordenarlo”, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas. Este corolario supuso, en realidad, una carta blanca para la intervención de Estados Unidos en América Latina y el Caribe.

 

EL GRAN GARROTE

Esta nueva era trajo un impulso colonialista por parte de los Estados Unidos, quienes reafirmaron la doctrina Monroe, con el Corolario Roosevelt de 1904 para la interpretación de la doctrina Monroe. Es decir, la política del Gran Garrote o Big Stick. La expresión es del presidente de Estados Unidos, tomada de un proverbio africano: “habla suavemente y lleva un gran garrote, así llegarás lejos”.

En el corolario se afirma que si un país latinoamericano y del Caribe situado bajo la influencia de EE. UU amenazaba o ponía en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el Gobierno de EE. UU estaba obligado a intervenir en los asuntos internos del país “desquiciado” para reordenarlo, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas. Bajo la política del Gran Garrote se legitimó el uso de la fuerza como medio para defender los intereses en el sentido más amplio de los EE. UU, lo que ha resultado en numerosas intervenciones políticas y militares en todo el continente.

En tal sentido, Roosevelt postulaba que los desórdenes internos de las repúblicas latinoamericanas constituían un problema para el funcionamiento de las compañías comerciales estadounidenses establecidas en dichos países, y que en consecuencia los Estados Unidos debían atribuirse la potestad de “restablecer el orden”, primero presionando a los caudillos locales con las ventajas que representaba gozar del apoyo político y económico de Washington (hablar de manera suave), y finalmente recurriendo a la intervención armada (el Gran Garrote), en caso de no obtener resultados favorables a sus intereses militares.

La política del gran garrote causó indignación, sobre todo en América latina ya que se consideraba una violación a la soberanía de cada estado. Varios políticos se pronunciaron en contra, el más importante fue el presidente de México, Porfirio Díaz, quien defendió los principios de libertad y autodeterminación de los pueblos con su propia doctrina, la doctrina Díaz, que pregonaba que todos los pueblos son libres de auto determinar su futuro y de auto gobernarse, y que una nación no tenía por qué intervenir en el autogobierno de otra, ni por qué desconocer o reconocer su gobierno.

 

LA COYUNTURA

Durante los siete primeros días del mandato de Donald Trump, éste ha reiterado que América es para los americanos (estadunidenses) y que Dios les ha dado el derecho de componer lo que ellos consideran es un desastre en todo el continente a donde, es evidente, no permitirán que ningún otro país tenga influencia. Por ello el presidente gringo se ha peleado con casi todo el mundo. Porque cree que Dios les da la razón, cree que el continente les pertenece y se sabe portador del gran garrote. El viernes por la tarde la nueva embajadora de Estados Unidos ante la Organización de las Naciones Unidas sacó del armario y mostró al mundo el Gran Garrote gringo.

Los mexicanos, por nuestra cercanía con el país cuyo mito fundacional involucra a Dios, tenemos dos opciones: avergonzarnos con las posturas traidoras e indignas de Luis Videgaray, quien insiste en creer en la bondad de un gringo que se cree enviado de Dios, o desempolvar de la historia la Doctrina de Porfirio Díaz, quien defendió hasta su muerte el principio de la autodeterminación de los pueblos.

 

*Con datos tomados de Wiki.org

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