Miradas de reportero. Busco historias de Meléndez, el periodista más peculiar

 

Por Rogelio Hernández López

Esa noche del jueves 15 de diciembre Jorge Meléndez Preciado volvió a sorprender. Era el orador principal y ocupó escasos diez minutos para presentar al periódico Unión de Periodistas. De inmediato, invitó a continuar el brindis que había comenzado… hora y media antes del acto formal… Así es él.

Sí, Jorge ha tenido comportamientos bien peculiares toda su vida. Seguro que son más que muchas las personas, vinculadas al periodismo y la comunicación, que tienen pequeñas historias de esta singularidad de Meléndez y que todavía no las cuentan. Van algunas:

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En febrero, Meléndez cumplió 71 años; edad en la que naturalmente se piensa en la jubilación; pero él, semanas después aceptó el reto de ser el primer director de ese primer periódico para periodistas en el México de este siglo.

El impreso ya va en su número ocho, en cada edición agrega más colaboradores de primer nivel, casi todos sin paga; ya obtiene ingresos por donaciones e inserciones pagadas; su sitio web se llama unionperiodistas.com;  su muro en Facebook Unión de Periodistas; su twitter, @uniondeperiodistasmx. Y para 2017 –presumió Jorge aquella noche– vamos a desplegar su presencia en redes sociales.  No habrá otro igual, ofreció. Y lo cumplirá. Seguro.

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En sus años veinte Meléndez decidió que no tendría un solo sendero de vida y así lo hizo. Estudió Economía en la UNAM; se preparó para ser comunista en la Universidad Patricio Lumumba, de Moscú (69-70); comenzó a dar clases en la UNAM sin estar titulado; decidió también ser periodista pero además cultural, porque cultura es lo que el ser humano agrega a la naturaleza –dice cada que puede— así puedes tocar cualquier tema, como en botica.

Y Jorge ha transitado por todos esos caminos, haciendo lo que le gusta, aunque le cueste. Ejemplo:

Sus clases, con poca variación han sido a las 7:00 horas en CU y pocas veces ha fallado desde 1972; en mayo de 2012 la UNAM le entregó un diploma en reconocimiento por 40 años de labor académica, pero lo más que le han pagado por su docencia son 1,300 pesos al mes. Seguirá subsidiando virtualmente a la UNAM.

Igual desde 1972 fue uno de los desarrolladores del extinto Partido Comunista Mexicano para lograr su legalización, fue diputado federal suplente de Gilberto Rincón Gallardo en 1977, responsable de la sección cultural de su semanario Oposición y promotor de las células de periodistas. Cuando desapareció el PCM decidió ya no militar en otros partidos. Desaprovecharon sus habilidades. Es de los pocos periodistas que puede criticarlos desde la izquierda por conocer sus profundidades.

Y como periodista también ya cumplió más de 40 años en medios impresos y electrónicos. Ha sido de los pocos que no se ató a una marca cuando la mayoría pedían exclusividad. Ha sido colaborador, en ocasiones simultáneamente, en El Nacional, Sucesos para Todos, Ovaciones, México Hoy, Telegrama Político, Caballero, El Financiero, El Fígaro, Casa de las Américas, Zócalo, Revista Mexicana de la Comunicación. En Excélsior fue Jefe de Redacción del suplemento cultural el Búho. Es ampliamente conocida su columna escrita Botica (de cultura, libros, cine, política y más).

Por su bonhomía y forma clara de hablar se le facilitó la radio y Televisión: en ABC, Radio Educación, IMER y Radio Fórmula, Canal 11, canal 22, canal 21.

En todo este tiempo, seguro que recibió varias y tentadoras ofertas de cooptación, pero optó por más libertad; vive modestamente en un departamento de Coyoacán y tiene un auto pequeño. Sigue en varios de estos medios “para completar ingresos”.

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La imagen estética de Meléndez tampoco entra en la lógica formal de entendimiento de varias personas. Desde sus tiempos de estudiante usa cabello semicorto y una barba bien cuidada. Quizá una o dos personas le han visto usar saco o corbata. Vaya donde vaya, siempre se le mirará con playeras de letreros que van de la ironía a las consignas políticas (debe tener unas 300); con pantalones de mezclilla una talla de cintura más grande que no siempre se estacionan a media cadera y encima, sus famosas chamarras deportivas con escudos o leyendas de universidades, de equipos deportivos y de telas y colores de brillosos a chillantes. Ese look podría llamarse estrafalario de no ser que siempre se completa con uno o varios libros, cada vez de títulos diferentes, que Jorge carga y cuida como tesoro. Los libreros atiborrados están por completar la invasión de todas las paredes de su departamento. Alguien, por curiosidad, algún día contará qué acumuló más: si playeras, chamarras, libros, columnas escritas, alumnos, pretensas o amistades.

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–Oye Hernández mándame tu colaboración para cada número del periódico. Necesitamos más firmas. Estamos pensando ampliar páginas y moverlo mucho más en internet. Hay que construir más redes para que los periodistas más conscientes se protejan mejor  —me dijo Jorge en la tertulia que se armó aquel jueves de la presentación de Unión de Periodistas.

–Si compadrito –así le digo sin serlo desde que comencé a tratarlo en 1976 cuando activamos brigadas por la candidatura presidencial sin registro de Valentín Campa—Tu dime el tema y me hago el tiempo—Nos sentamos diez minutos a planear e involuntariamente me invadieron los recuerdos de las decenas de historias que he compartido con él:

Por ejemplo de cuando me reclutó a una de las células de periodistas del PCM; de las encerronas etílicas de hasta 15 días con la banda de Dolores; de cómo ayudamos a que la Unión de Periodistas Democráticos creciera de unos 35 miembros a más de 3 mil 500 cuando él terminó como presidente (1988); de cuando formamos y dirigimos tres equipos (de políticos, periodistas y policías) para investigar el asesinato de Manuel Buendía; de las riñas y reconciliaciones, que testifiqué, con sus más grandes amigos como Humberto Musacchio, René Avilés, Enrique Condés, Joel Ortega Juárez y por eso lo motejan de Jorge Melindres; de las veces que encontré oídos atentos y apoyo en mis depresiones; de cuando se nos moría por una piedra en los riñones; de las treintaytantas veces que nos hemos manifestado en la Plaza Zarco todos los 30 de mayo desde 1984;  de cómo reparte besos a quien sea y donde caigan cuando pasa al estado pajarito según Baco; de la vez que lo enfundé con camisa de cuello duro, corbata y un saco de paño para irnos a una boda que no fue ese día… de cómo se incorporó a los asociados de la Casa de los Derechos de Periodistas y fue electo para dirigir su periódico por Sara Lovera, Judith Calderón, Miguel Badillo, Manuel Fuentes, José Reveles, Rogaciano Méndez, Amado Avendaño y este reportero; o de las veces que hemos soñado como construir un colegio de periodistas, aunque nosotros no seamos titulados…

Jorge Meléndez, es un personaje excepcional por sus tantas singularidades, por ser periodista tesonero,  por sus convicciones, por su activismo, por hiperamiguero, pero más por las lecciones de vida que prodiga sin proponérselo.

Esa noche me despedí con otro abrazo de mi compadrito y neodirector, dispuesto a pedir a nuestros pares que me aporten historias similares de quien, quizá, sea el más peculiar de nosotros: también me llevé las dos frases con las que Jorge casi siempre cierra las charlas conmigo:

–Hernández, el verbo es hacer… cuida mucho a Martha.

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